Sobre la Oración

El Señor mismo nos enseñará la oración

El hombre pide al cielo la felicidad y la alegría. Pide la eternidad, fuera de todo y de todos, y busca la alegría en Dios. Dios es misterio, es silencio, es infinito, es todo. Todo el mundo tiene en su alma una inclinación hacia el cielo, todos piden algo celestial. Todo lo que existe se vuelve hacia El, aun inconscientemente. Dirige continuamente tu intelecto hacia El. Ama la oración, la conversación con el Señor, Cristo, el Novio. Vuélvete digno del amor de Cristo. A fin de no vivir en las tinieblas, ponte en oración, para que la luz divina inunde tu alma. Cristo aparecerá en el fondo de tu alma. El Reino de Dios está aquí, en las profundidades. “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc. 17, 21).

Podemos rezar sólo con la ayuda del Espíritu Santo. El es quien enseña al alma cómo rezar. “También el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables” (Rom. 8, 28). No hay ninguna necesidad para nosotros de hacer ningún esfuerzo. Diríjamonos a Dios con la disposición de un humilde servidor, con una voz orante y suplicante. Entonces nuestra oración será agradable a Dios. Situémonos con piedad frente al Crucificado y digamos: “Señor Jesucristo ten piedad de mí”. Eso dice todo. Cuando el intelecto del hombre se pone en disposición para orar, en ese momento preciso, la gracia divina lo visita. Entonces, la gracia actúa en el hombre y él ve todo con otros ojos. Lo esencial es que amemos a Cristo, a la oración y a la lectura espiritual.

Antes de rezar, el alma debe prepararse para la oración. Rezamos para la oración. Escuchamos lo que dice el sacerdote mientras se lee en la Divina Liturgia la carta de los apóstoles: “haz que resplandezca  en nuestros corazones, oh Soberano que amas a la humanidad, la inextinguible luz de tu divina inteligencia y abre los ojos de nuestra mente a la comprensión de Tus predicaciones evangélicas. Infúndenos el temor de Tus bienaventurados mandamientos, para que, venciendo todos los deseos carnales, llevemos una vida espiritual, pensando y obrando todo lo que sea de Tu agrado. Pues Tú eres la iluminación de nuestras almas y de nuestros cuerpos, oh Cristo Dios”.

Entramos en la oración sin entenderla. Necesitamos un ambiente favorable también para la oración. El tiempo que pasamos con Cristo, las lecturas, el canto, el incienso, la vigilia, el diálogo con Él, forman un ambiente favorable (propicio), a fin de que todo transcurra de manera simple, “en la simplicidad del corazón” (Sabiduría 1, 13). Cantando y leyendo el oficio con amor, sin darnos cuenta, devenimos santos. Esa alegría y esa felicidad son nuestra contribución consentida, a fin de que entremos fácilmente en el ambiente de la oración. Podemos reproducir también en nuestro intelecto imágenes bellas que habíamos visto. Ese esfuerzo es suave, sin esfuerzo. Pero no nos olvidemos lo que dice el Señor “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Juan 15, 5).

El Señor mismo nos enseñará la oración. No la aprenderemos nosotros mismos, tampoco ningún otro nos la enseñará. No hay que decir: “he hecho tantas postraciones que estoy seguro que atraigo la gracia”. Al contrario hay que pedir que seamos iluminados por la luz pura del conocimiento divino (cf. La oración antes de la lectura del Evangelio), y que abramos nuestros ojos espirituales a fin de entender su palabra sagrada.

De esa manera, sin darnos cuenta, amamos a Dios sin crispación, ni esfuerzo, sin ninguna lucha. Lo que es difícil para el hombre es fácil para Dios. Cuando la gracia nos cubra, de repente amaremos a Dios. Si amamos profundamente a Cristo, la oración surgirá por sí misma. Cristo estará permanentemente en nuestra cabeza y nuestro corazón.

Para conservar este estado y no perderlo, necesitamos un amor divino (Eros), un amor arduo (ágape) divino para Cristo. El amor (Eros) se dirige hacia un ser superior. El amante, Dios, desea al amado y el amado quiere alcanzar al amante. El amante ama al amado con un amor sagrado y perfecto. Dios, que ama al hombre, lo ama de manera desinteresada.

El amor (ágape) para Dios es superior, cuando se expresa como gratitud. Necesitamos amor, no como deber, pero sí de la misma manera que necesitamos comer. Muchas veces nos acercamos a Dios por necesidad de sentirnos apoyados en algo, porque nada de lo que nos rodea nos da el descanso, y nos sentimos solos y abandonados.

Para que Cristo venga a nosotros, hay que tener un corazón puro

La gracia divina nos enseña nuestro propio deber. Esa gracia no viene si no la atraemos por nuestro amor y nuestro deseo de ella. La gracia de Dios requiere un amor divino. El amor es suficiente para ponernos en “forma” para la oración. Cristo vendrá por sí mismo y se inclinará sobre nuestra alma. Le es suficiente para eso el encontrar pequeñas cosas que le agradezcan: la buena voluntad, la humildad y el amor. Sin eso, no podemos decir: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. Tenemos, por ejemplo, una radio; Cuando situamos el receptor en la posición 1 donde se encuentran más emisoras, entonces la recepción es mejor. En la posición 2, no hay tantas emisoras y la cualidad de escuchar es menos buena. En la posición 3, la emisión no es audible nunca. Lo mismo pasa en la comunicación con lo divino. Cuando el alma está dirigida hacia la posición 1, la comunicación es buena. Esto es debido, seguramente, por dos condiciones: el amor y la humildad. En esas condiciones, el alma se comunica con Dios, escucha su voz, recibe su palabra, tiene fuerza, recibe la gracia divina, se transforma. Se dirige hacia Dios suavemente y alcanza la compunción. Cuando existe menos amor y humildad –posición 2- nos comunicamos no tan bien con lo divino. Cuando el alma está en la posición 3, no hay ninguna comunicación, porque está llena de pasiones, de enemistad, de odio, y no puede elevarse.

Para que Cristo venga a nosotros, cuando lo invocamos por “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”, el corazón tiene que ser puro, no tener ningún obstáculo, que esté libre de todo egoísmo, maldad y odio. Tenemos que amarlo y que nos ame. Si, mientras tanto, nuestra conciencia nos condena en algo, hay un “secreto” para salir. Este “secreto” es pedir perdón o hablar con su padre espiritual. Pero eso necesita humildad, como habíamos dicho. Si te conformas practicando las palabras de Dios, si no tienes una mala conciencia y si estás tranquilo y haces buenas obras, entras pues en la oración suavemente, sin darte cuenta. Luego, esperas simplemente, con paciencia, hasta que la gracia venga.

Pase lo que pase, echase la culpa a uno mismo. Es importante que reces con humildad y sin justificarte. Por ejemplo: ¿Observas que tu prójimo te mira con rivalidad? Rezas entonces con amor, para poner amor en la rivalidad. ¿Escuchas calumnias contra ti? Rezas. Rezas porque “el rumor de las murmuraciones no quedará oculto” (Sabiduría 1, 10). El menor murmullo contra tu prójimo influye en tu alma y como consecuencia ya no puedes rezar. Cuando el espíritu encuentra el alma en tal disposición, no osa acercarse. 

Hay que pedir a Dios que su voluntad se cumpla en nuestra vida.

Nuestras oraciones no son oídas porque no somos dignos. Hay que devenir digno para poder rezar. No somos dignos porque no amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Cristo le dice: “Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt. 5, 23-24). Primero, ve a reconciliarte con tu hermano, que te perdone, pues así te vuelves digno. Sino, no puedes rezar. Si no estás digno, no puedes hacer nada. Cuando arregles todo lo que tienes que hacer y estés listo, entonces ve y presenta tu ofrenda. Se vuelven dignos los que desean y languidecen pertenecer a Cristo, los que se dan totalmente a la voluntad de Dios. Que no tengas ninguna voluntad es algo de gran valor, todo está aquí. El esclavo no tiene ninguna voluntad. No tener ninguna voluntad puede ser de la siguiente manera: con el amor a Cristo y la guardia de sus mandamientos: “el que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él” (Juan 14, 21). La lucha es necesaria. Tenemos que luchar contra “los dominadores de este mundo tenebroso” (Ef. 6, 12). Tenemos que luchar contra “el león rugiente” (I Pedro 5, 8). No está permitido en esa lucha que el diablo gane.

Eso supone lágrimas, arrepentimiento, oración, limosna, petición con confianza, en Cristo y no con poca fe. Sólo Cristo puede sacarnos del abandono. Oración, arrepentimiento y limosna. O sea dar un vaso de agua, si no tienes dinero. Que lo sepas: en tanto te santifiques, ello implicará que tus oraciones serán oídas.

No hay que chantajear a Dios por medio de nuestras oraciones. No debemos pedir a Dios que nos quite penurias, nuestras enfermedades, por ejemplo, o que resuelva nuestros problemas, sino pidámosle fuerza y apoyo para poder soportarlos. Como Él toca con delicadeza la puerta de nuestra alma, así debemos pedir lo que deseamos, con delicadeza, y si el Señor no nos contesta, dejemos de pedírselo.

Cuando Dios no nos da lo que pedimos con insistencia, tiene sus razones. Dios tiene sus “secretos”. Como creemos en su buena providencia, como creemos que Él conoce todo de nuestra vida y quiere siempre el bien ¿Por qué no le mostramos confianza? Recemos pues simplemente, suavemente, sin que nos esforcemos y sin pasión. Sabemos que el pasado, el presente y el futuro son conocidos, “desnudos y descubiertos ante Dios”. Como lo dice el apóstol Pablo: “no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia, antes son todas desnudas y manifiestas a los ojos de aquel a quien hemos de dar cuenta” (Hb. 4, 13). En cuanto a nosotros, no insistamos; el esfuerzo hace más mal que bien. No corramos para obtener lo que queremos, sino confiemos todo eso entre las manos de Dios. Porque, si más codiciamos algo, más se alejará. En consecuencia, tenemos que tener paciencia, fe y serenidad. Y, aunque olvidemos nuestro pedido, el Señor no olvida nunca, y si es para nuestro bien, “El nos dará lo que necesitamos en el momento oportuno”.

En la oración, pidamos solamente la salvación de nuestra alma. ¿No dice el Señor: “Buscad primero el Reino de Dios y todo lo demás será dado por añadidura”? (Mt. 6, 33). Fácilmente, muy fácilmente, el Señor puede darnos lo que deseamos. Ahí está el secreto. El secreto es no tener que pedir cosa alguna. El secreto es pedir de manera desinteresada nuestra unión con Cristo, sin decir: “Dame esto o aquello”. Es suficiente decir: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. Dios no tiene necesidad que le informemos de nuestras varias necesidades. Las conoce a todas, incomparablemente mejor que nosotros mismos y nos ofrece su amor. La cuestión es responder a ese amor con la oración y el cumplimiento de sus mandamientos. Pidamos que la voluntad de Dios se haga: eso es lo que tiene más interés, es lo más seguro para nosotros y por quienes rezamos. Cristo nos dará en abundancia. Pero cuando existe aun una sospecha de egoísmo, nada nos será concedido por el Señor.