Recibir al Nacido en Belén

Mensaje Pastoral por la Fiesta de la Natividad del Señor 2007

“Vamos a Belén a ver esto que el Señor nos ha anunciado” (Lucas 2, 15)

Queridos hijos en el Señor: 

Encontrar al Señor en el pesebre de Belén es nuestro viaje interior en esta temporada previa a la Navidad. El creyente se pregunta cómo puede participar de la fiesta. Sin embargo, meditando lo sucedido en la Encarnación del Señor, encontramos los elementos que nos indican el camino a seguir.  

La Encarnación del Señor reveló con esplendor virtudes tales como la obediencia, la humildad, la simplicidad, que se coronan con el amor que las encabeza; todo esto en una atmósfera de alegría y de gratitud, y también de extrema pobreza exterior. 

El Señor obedeció a la voluntad de su Padre en cuanto a la realización del misterio de salvación de la humanidad y de todo hombre. No quiso expresar su amor y su compasión desde su trono, sino compartir con nosotros nuestra misma condición y asumir nuestra responsabilidad en lugar nuestro. Su obediencia lo llevó hasta la muerte en la cruz. Muestra de su obediencia fue que no se quejó de los hombres, sino que intentó siempre de indicarles el camino que lleva a la vida. 

El Señor también mostró una humildad indescriptible. ¡El Creador toma forma de  criatura! Fue humilde por excelencia, y vivió del modo más humilde posible. Y aceptó ser humillado por parte de todos. Sin embargo, lo único que pidió es que aprendamos de Él Su humildad. Era su forma de relacionarse con nosotros y levantarnos hacia Él. Muestra de su humildad fue que quiso tomar la iniciativa de acercarse a los hombres sin esperar que ellos le recibieran como correspondiera.

Toda la Encarnación apuntaba a reestablecer no un contacto sino la relación filial entre Dios y los hombres. Por lo tanto, el nacimiento del Hijo de los hombres en el pesebre de Belén presentó un espacio excepcional por su ingenuidad y simpleza que posibilitó poder acercarse a Dios de manera muy sencilla. Es la simplicidad que caracteriza a Dios que pareció claramente instituida en Belén. La relación con Dios no necesita citas, ni referentes, ni otro tipo de complejidad, sino una voluntad de venir hacia Él, una humildad de presentarle nuestra condición miserable, y afirmarle nuestra voluntad de obedecer a lo que nos quiera mandar hacer. Al Pobre ofrecemos nuestra pobreza, al Humilde presentamos con humildad nuestro deseo de estar con Él, al Siervo de todos prometemos hacer Su voluntad. Es la simplicidad de nuestro acercamiento que nos puede salvar.  

El Señor desea reconstruir la familia del paraíso con toda la humanidad. En el pesebre de Belén está esperando por nuestra respuesta. Su familia está constituida no de los que se consideran ricos por bienes, cultura o virtudes, tampoco de los que se creen sanos de alma y de cuerpo, sino de los pobres de corazón, de conciencia, de comportamiento, de virtudes, etc. para que lleguen a Él con su decisión de ser miembros de Su familia, y vivir según la forma que une a tal familia, el amor, el sacrificio, la compasión, el perdón, la solidaridad, la asiduidad en transmitir esta misma buena noticia, que Dios nos acepta de nuevo y nos está llamando a estar con Él. 

Además del Señor, nos acompaña Su Madre quien presentó las mismas características que Su hijo. Obediencia, humildad y simplicidad forman el contexto que nos ofrece la Virgen María. Es un ejemplo para nosotros que lo que quiso el Señor de parte de los hombres no es imposible de realizar, sino que ya el camino fue inaugurado por Su madre. 

Por todo ello, la fiesta se caracteriza por la alegría en una atmósfera de extrema pobreza exterior. Hay que desprenderse de todos los accesorios mundanos que nos impiden llegar hasta Belén. Vestirse de la alegría que ofrece el Nacido en el pesebre necesita un vaso vacío de preocupaciones y listo para recibirlo. Porque no quiere darnos algo, sino ofrecerse Él mismo a los hombres. Es sencillo esto, porque el Señor cuida la dignidad de sus hijos y no quiere que sus conciencias se queden lastimadas por la memoria de sus pecados, sino que restaura esta dignidad hacia la dignidad que Él quiere ofrecer, la dignidad filial. Por lo tanto, nuestra alegría es indescriptible por este honor y, sobre todo, por vivir esta misericordia y este amor de Dios.  

Ojala prestemos más atención a la llegada de nuestro Señor y le damos la bienvenida que le corresponde, exclamando en nuestros corazones: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz y buena voluntad para los hombres” (Lc 2:14). Amén. 

+ Siluan 

Arzobispo Metropolitano

de Buenos Aires y toda la Argentina

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci