¿Qué podemos ofrecerte, Cristo?

Queridos hijos en el Señor:

Durante el tiempo de preparación para la fiesta de navidad, la Iglesia entona un hermoso himno: “¿Qué podemos ofrecerte, Cristo? Cada criatura… te ofrece acción de gracias: los ángeles, las alabanzas; los cielos, una estrella; los magos, regalos; los pastores, su asombro; la tierra una gruta; el desierto, un pesebre; y nosotros Te ofrecemos una Madre Virgen…”

Así, en el día del nacimiento de Cristo toda la creación se reunió, la visible y la invisible, el cielo, la tierra y los seres humanos. Cada uno de ellos ofreció  algo para la Natividad de Cristo.  La ofrenda más grande fue la presentada por la humanidad: la Virgen María, Madre de Jesús.

Creemos que es natural que todos quieran ofrecer algo a Dios, especialmente para recibirlo, al encarnarse y nacer en un pesebre, pero contemplemos y meditemos en estos ofrecimientos: el ángel se presentó ante la Virgen y anunció que concebiría por obra del Espíritu Santo sin conocer hombre alguno. La Virgen podría haber rechazado este anuncio ya que era algo imposible por naturaleza. Sin embargo ella contesta al ángel: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según su palabra.” Y por aceptar éste anuncio, la Madre de Dios tuvo que soportar muchas fatigas. Necesitó de un hombre para que la proteja en su casa; durante su embarazo tuvo que dejar su casa y dirigirse a Belén a empadronarse. Tuvo que dar a luz en pleno invierno, en una gruta y, finalmente, tuvo que huir a Egipto para proteger al recién nacido.

José, hombre justo, también se entregó totalmente para que se cumpliera la voluntad divina. Llevó a la Virgen a su casa y no reveló nada sobre su embarazo, a pesar de que la Ley judía lo condenaba a muerte. En su vejez sirvió a la Virgen, la llevó a Belén, escuchó siempre las órdenes y las instrucciones del ángel, y así lo vemos huyendo a Egipto y regresando a Nazaret. Se expuso a sí mismo a toda clase de peligro para realizar la Voluntad de Dios.  

¿Qué diremos de los Magos? Eran los científicos de su tiempo. Vieron una estrella anormal, que se movía a la inversa de las demás estrellas, la siguieron para averiguar acerca de la profecía que habían escuchado de los judíos en época de su cautiverio en Babilonia. Soportaron el viaje por días y meses sin saber que les esperaba. Buscaron al Salvador en Jerusalén, preguntaron acerca de Él y así Herodes supo sobre el Rey nacido. Llegaron hasta la gruta donde adoraron a Jesús. Pudieron no haber realizado toda esta aventura, pero hicieron todo lo contrario. El sacrificio de ellos fue mínimo en relación a lo que obtuvieron.

Los pastores no huyeron después de ver ángeles: apenas escucharon el anuncio que decía: “Os ha nacido hoy el Cristo, Quien es el Señor Salvador”, de inmediato se dirigieron a Belén y encontraron a María, a José y al niño acostado en un pesebre; y anunciaron a todos los que encontraron lo que habían escuchado y visto. 

Cualquier pretexto le hubiera servido a cualquiera, a María, a José, a los magos y a los pastores; pero sus posiciones no fueron así, como lo leemos y sabemos del evangelio. Cada uno de ellos entregó lo que pudo y de acuerdo a la manera en que podía. Lo cierto es que, antes que nada, se entregaron totalmente a Dios.  

Hoy celebramos la Fiesta de la Natividad; y esta celebración no es importante solo por la alegría que sentimos en nuestros corazones, ni mucho menos porque nos reunimos en las casas o en la iglesia; nos interesa, profundamente, porque esta celebración nos hace una pregunta crucial a cada uno de nosotros y a la Iglesia toda: ¿Cómo y dónde recibiremos a Cristo?  

Seguramente recibimos a Cristo en la Iglesia, en nuestros corazones y estando juntos. Pero quizás, al intercambiar miradas los unos a los otros, o mirando la realidad que vive hoy la Iglesia, piensan que la Iglesia no está como quieren o anhelan. Ante eso digo que quizás nuestra Iglesia hoy parece la gruta en donde nació Cristo y hasta también parezca un pesebre. Quizás, unos no aceptan esta realidad y se retiran, quizás algunos no quieren participar en mejorar esta realidad y se alejan; y otros se enfadan de este retraso y se autoexcluyen… Distintos pretextos que no nos permiten estar juntos, y en la Iglesia. Sin embargo, mirando a María, a José, a los pastores y a los magos, nos damos cuenta que todos fueron superiores a Herodes en su gran palacio y a los sumos sacerdotes en el Templo. A éste humilde lugar, a la gruta, vino el Rey de todos. ¿Por qué no nos asemejamos a quien hizo la voluntad de Dios, se sacrificó y soportó el cansancio y los peligros para llevarla a cabo? Nuestra recompensa será grande.

La Iglesia no se impone a nadie. El llamado es para todos y la respuesta es libre para quien quiere. Todos pueden responder a éste llamado: los cultos como los magos y los simples como los pastores, aquellos de gran santidad como María y los de vida justa como José. Cada uno puede si así lo desea.

Por esto, el mejor regalo que ofrecemos hoy a Cristo, en nuestra Iglesia, es el abrir una página nueva tanto con nosotros mismos, los unos con otros como con nuestro Señor. Todos somos llamados hoy y, desde ahora, a entregarnos, a entregar nuestros corazones, nuestra  buena intención y la firme voluntad de rezar y trabajar juntos. ¿Existe alguna otra solución? No creo. No podemos cambiar el pasado, pero juntos podemos escribir el futuro. Depende de nosotros. La historia fue muy injusta con nuestra Iglesia, pero hoy podemos hacer cosas mejores. Todos están llamados, pero mejor es que cada uno de nosotros se convoque a sí mismo para después llamar a sus parientes, hijos y amigos.        

La Navidad nos llama a ser realistas y creyentes al mismo tiempo. Nos espera mucho trabajo que supone de sacrificio, de esfuerzo y de amor. Es necesario que respondamos hoy al llamado de la Iglesia, así como lo hicieron María, José, los magos, los pastores y los ángeles. ¡Convóquense los unos a los otros!

La iglesia es nuestro pesebre y nuestra gruta en donde adoramos a Jesús. Vengan siempre, encontrémonos en ella y por ella. La Iglesia es el más bello lugar.

¡Feliz navidad para todos!

+ Siluan

Arzobispo Metropolitano

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci