Precursor de los pródigos y primicia de sus regresos

La Pasión de Cristo –Viernes Santos

“Padre, venga a notros Tu reino”

En este día tan solemne del Viernes Santo, toda la cristiandad se detiene ante la Cruz con contrición, fervor y piedad, y adora a quien está por sobre ella, escuchando tanto su primera palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, como la última: “Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23:34; 46).

Ésta fue la voz de nuestro Señor Jesucristo, el Verbo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Se encarnó de la Virgen María, tomando nuestra naturaleza. Vivió entre nosotros como uno de nosotros, sellando su vida elevada sobre la cruz. Del testimonio de Su vida, sobresale el amor, tanto de un hijo a su Padre, como de Dios a sus hijos.

Nosotros somos testigos de este amor, cuya plenitud se plasmó en la crucifixión, y se desplegó en todo el evangelio. Es el amor de hijo a Padre que Jesús expresaba reiteradamente, manifestando su anhelo de volver a la casa paterna, habiendo cumplido en todo la voluntad de Su Padre. Este amor al Padre Lo condujo a asumir nuestra condición pecadora, a identificarse con nosotros, y a consumir en la cruz todo pecado nuestro. Y más, por este amor, aceptó morir, para que con Su cuerpo enfrentara la corruptibilidad, y con Su alma bajara al infierno este lugar que, desde antaño, es el cautiverio de las almas de todos los difuntos. Así, desde lo más profundo de la tierra, y desde lo más profundo del infierno, Jesús volverá a la casa paterna, como precursor de los hijos pródigos, y como primicia de sus regresos. Porque, a este crucificado, el Padre lo resucitará, le hará vestir a su naturaleza humana la inmortalidad y la incorruptibilidad, y Le hará reinar sobre toda las naciones.

Si este fue el amor de un hijo hacia Su Padre, no menos fue el amor del Padre hacia sus hijos en la persona de Cristo. Miren, la mansedumbre de quien es el Todopoderoso, la humildad de quien es el Soberano de todo, y el amor de quien es el Verbo del Padre, al recibir en la pasión nuestras coronas de ingratitud y de humillación. En nombre de Dios, tomó forma de siervo, se sometió a toda humillación, y aceptó la muerte. Por amor a su criatura, no sólo anduvo sobre la tierra, sino también en el infierno, donde prevalece la muerte, domina el llanto y reina la desesperanza, y donde la memoria de Dios es inexistente en los corazones de sus habitantes. Realizó a través de su sacrifico la voluntad del Padre, que es llenar todo de Sí mismo, sobre la tierra y en el infierno, e hizo resplandecer en las tinieblas la vida, la esperanza y el amor, irrefutablemente vencedores del pecado y de la muerte.

Este amor recíproco, de hijo a Padre y de Padre a hijo, no se enmarca en un momento histórico, que es la vida terrestre del Señor. Es una realidad siempre presente y actual en la Iglesia, cuerpo vivo de Cristo crucificado y resucitado. Como cabeza de este cuerpo, Jesús sigue pidiendo a su Padre el perdón de nuestros pecados, y sigue realizando Su Providencia salvífica a través de su Cuerpo. Él anhela que todo el cuerpo en general, y cada miembro en particular, de testimonio de la vida, la verdad y la esperanza que Él manifestó.

Por ello, ser cristiano no se consume en un acto puntual, tal como la participación de los sacramentos de iniciación cristiana del bautismo, de la crismación y de la santa comunión; tampoco es suficiente exteriorizarlo por una cruz sobre el cuello. Es un movimiento de regreso permanente al Padre, regreso de un hijo pródigo a la casa paterna, confesando su pecado y recibiendo los honores y la dignidad de un hijo. Ser cristiano es este intento de vivir aquella relación entre padre e hijo que vemos en la persona de Jesús, y manifestar, como en un espejo, aquella esperanza, vida y compasión en nuestra propia vida.

Hoy, nuestra credibilidad como cristianos está a prueba ante nuestros pares, por no decir ante nuestra conciencia. Ellos esperan ver en nuestros rostros una vida de fe verdadera, para nada superficial o típica. Saben distinguir si las gotas de sangre que salieron del costado de Cristo nos transformaron la vida. Anhelan reconocer en nuestro testimonio que el sacrificio de Cristo fue sembrado en buena tierra, y que la cuidamos con la oración, la digna participación de los sacramentos, el conocimiento de Su Palabra, el crecimiento en la virtud, el ejercicio del perdón y del amor para con nuestros hermanos.

De todas formas, somos crucificados, tanto hoy como todos los días, junto a quienes sufren injusticia, abandono, desesperanza, dolor. Somos crucificados también con quienes desprecian al prójimo y pisotean su dignidad humana, tanto a nivel de las relaciones personales, como a nivel de sistemas sociales o regímenes políticos. El Gólgota está puesto en nuestro corazón. De allí, de la cruz invisible que llevamos, elevamos nuestra oración para la remisión de nuestros pecados, acordándonos tanto de Argentina, como de nuestras patrias madres, especialmente nuestra Tierra Santa, Palestina, tierra todavía crucificada y pueblo aún hoy con el costado abierto. En nombre de todos, pedimos humildemente, por aquellos que están siendo crucificados y por aquellos que los crucifican: “Padre, venga a nosotros Tu reino”. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci