Los aspectos estáticos y dinámicos de Pentecostés

Domingo del Pentecostés (Juan 7, 37-52; 8,12)

“El que cree en mí, ríos de agua viva correrán de su seno”

En la fiesta de Pentecostés que celebramos hoy se cumplió toda la economía divina hacia la humanidad. De hecho, la voluntad de Dios Padre con respecto a la salvación de la humanidad se manifestó, por una parte, a través de la glorificación de Jesucristo en la cruz, su resurrección y su ascensión al cielo; y por otra parte, por el derramamiento del Espíritu Santo en la Iglesia.

Tenemos en nuestro Señor el modelo del hombre verdadero a cuya semejanza nuestra vida está llamada a realizarse; y por otra parte, tenemos en la gracia del Espíritu Santo el cordón umbilical que nos alimenta y nos guía en la realización de nuestra semejanza a Jesucristo y nos une en Su Espíritu.

Evidentemente, el Señor usó en el evangelio que leemos en el Pentecostés la palabra agua para describir dos realidades. Primero, Él es la fuente de agua adonde, quien esté sediento, puede venir y beber. Es decir que Él es la última plenitud de la vida personal y de la comunión con Dios, a pesar que el mundo nos ofrece otros ideales para seguir. Segundo, el Espíritu Santo es un río de agua viva que corre desde el seno de quien cree en Cristo. Es una metáfora para hablar de la acción del Espíritu Santo en los creyentes.

Ambas realidades revelan que Cristo es nuestra última perfección, la cual se resume en la adquisición del Espíritu Santo, como lo explicó San Serafín Sarov (+1833). El derramamiento del Espíritu Santo constituye el toque de perfección a nivel personal y el proveedor de la savia que establece la unión de paz y de amor entre todos aquellos que miran a Cristo y lo siguen. En eso se fundamenta toda nuestra vida cristiana. Por lo tanto, el Pentecostés revela dos aspectos distintos de la perfección pero complementarios entre sí. Por una parte, la perfección es estática por estar dada por Dios, y por otra parte, dinámica por no estar todavía cumplida, en la espera que se realice con el tiempo, a la medida de la voluntad y de la tentativa del hombre. Sin embargo, los dos aspectos permanecen unidos en Dios.

Además, la actualización de ese aspecto nos interpela en ambos niveles para examinar nuestra disposición y nuestra conducta. Por una parte, examinar nuestra disposición es igual a averiguar nuestra sed de Cristo. ¿Acaso a veces no dejamos de buscarlo por falta de fe, por exceso de substituciones disponibles, por preferencia de otras prioridades o por falta de tiempo disponible? Por otra parte, examinar nuestra conducta es igual a evaluar si nuestro esfuerzo se logra en seguir la palabra del evangelio como criterio de nuestra vida, o la suplantamos por equívocos criterios sociales, económicos u otros. Cristo aseguró que el que lo seguirá no puede caminar en las tinieblas, es decir tener en su vida otro “camino” que Cristo mismo.

Es natural que ese examen nos indique, sin ninguna duda, que necesitamos recuperar el fervor en nuestra disposición y ajustar la dirección de nuestra conducta. La realidad personal y eclesial necesita mayor atención y precaución debido a los tiempos difíciles que vivimos.

En conclusión, el camino es nuestro. Tenemos que reevaluar nuestra conducta y nuestra disposición hasta que la fiesta de la unión, la de Pentecostés, sea realmente una motivación y un anhelo a lograr, hoy y aquí, la expectativa de Cristo que es que logremos una unión de disposición y de conducta hasta que, como Él dijo: “El que cree en mí, ríos de agua viva correrán de su seno”. Amén.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci