Los Apóstoles San Pedro y San Pablo. Pilares de la Iglesia y ejemplos de vida cristiana

Charla dictada por el Rvdo. Padre Víctor Villafañe con motivo de la Fiesta de San Pedro y San Pablo. Catedral San Jorge, 26 junio de 2003.

Introducción

       Cuando hablamos de san Pedro y san Pablo, nos vienen muchos de los conceptos que hemos recibido desde nuestra niñez, en la catequesis o en el colegio, o en nuestras casas. Pero poco sabemos en realidad quienes son estas dos personas que fueron santificadas y alcanzaron el lugar que hoy ocupan en la Iglesia. Vamos a tratar de interiorizarnos sobre sus vidas y sus hechos, usando los pocos datos biográficos con los que podemos contar. Luego veremos por qué ellos son los pilares de la Iglesia, quienes la sostienen (como lo muestra la iconografía) y de qué forma son ejemplos que debemos imitar.

Biografía de San Pedro

Pedro (la traducción griega del nombre arameo Kefa: roca) era hijo de Jonás (Mateo 16:17) y hermano de Andrés (Mateo 10:2). Nació en Betsaida, pueblo situado al noroeste de donde el río Jordán desemboca en el mar de Galilea, llamado “pueblo de pescadores”. Allí creció Pedro, aprendiendo el mismo oficio de su padre.

El Apóstol Pedro  era casado y tenía su casa en Capernaúm. Fue llamado por Jesucristo mientras pescaba en el lago de Genesaret y él siempre demostró una especial devoción y decisión, por lo que se hizo digno de un especial acercamiento al Señor, al igual que los Apóstoles Santiago (Jacobo) y San Juan el Teólogo (Marcos 5:37; 9:2; 14:33)

Era una persona sencilla, se podría decir que era iletrado, pero luego de su encuentro con Jesús se manifestó como un hombre fuerte y espiritualmente ferviente. Sin ser teólogo o conocedor de la Ley mosaica, fue el primero que confesó con total claridad al Señor Jesús como el Cristo (Mesías), el Hijo del Dios vivo, y por ello fue digno de ser llamado Piedra o Roca (Pedro). Sobre esta firme confesión de fe de Pedro, el Señor prometió edificar Su Iglesia, contra la cual no prevalecerán las puertas del infierno.

El Apóstol San Pedro, lavó con lágrimas amargas de arrepentimiento su triple negación al Señor en la víspera de Su crucifixión (Marcos 14: 66-72).  En consecuencia, fue el primer testigo de la Resurrección (Marcos 16:7; 1 Corintios 15: 5), y el Señor nuevamente lo rehabilitó en la dignidad de Apóstol, tres veces de acuerdo al número de negaciones, y le encomendó cuidar Su rebaño de corderos y ovejas. De acuerdo a la sagrada tradición, el Apóstol Pedro cada mañana comenzaba a llorar amargadamente al escuchar el canto del gallo, pues recordaba su cobarde renuncia a Cristo.

San Pedro fue el primero en contribuir a la difusión y al fortalecimiento de la Iglesia de Cristo. El día de Pentecostés, cuando descendió el Espíritu Santo y llenó a los discípulos que estaban reunidos en el cenáculo, pronunció el primer discurso kerigmático de la Iglesia, lo que llevó a tres mil personas a la conversión (Hechos 2)  Poco tiempo después sanó a un hombre cojo de nacimiento (Hechos 3:1-10). En un segundo discurso, en el pórtico de Salomón, convirtió al cristianismo a unos cinco mil judíos (Hechos 4:4).  A lo largo del libro de Hechos de los Apóstoles, se puede observar que la fuerza espiritual que procedía del apóstol San Pedro era tan intensa, que hasta su sombra curaba a muchos enfermos (Hechos 5:15).

El nieto de Herodes el Grande, llamado Herodes Agripa I, en el año 42, restableció las persecuciones contra los cristianos. Él asesinó al Apóstol Santiago (Jacobo), Hijo de Zebedeo, y encerró al apóstol Pedro en una prisión. Pero la Iglesia “hacía sin cesar oraciones a Dios por él” (Hechos 12: 5) En respuesta a la ferviente oración de los cristianos, durante la noche apareció un ángel del Señor en la celda de Pedro, “las cadenas se le cayeron de las manos” (Hechos 12:7) y pudo salir de la prisión sin ser advertido.

Luego de esta milagrosa liberación, el libro de los Hechos lo recuerda sólo una vez más al narrar el concilio de los Apóstoles. Otros testimonios sobre él fueron conservados por la tradición de la Iglesia. Se sabe que él difundía el Evangelio por las orillas del Mar Mediterráneo, en la ciudad de Antioquia. El Apóstol Pedro evangelizó en Asia Menor a los judíos y prosélitos (paganos convertidos al judaísmo), luego en Egipto, donde ordenó a Marcos como primer obispo de la Iglesia de Alejandría. De allí fue a evangelizar a Grecia, Corinto, luego a Roma, España, Cartagena y Bretaña. De acuerdo a la Tradición, el Apóstol Marcos escribió su Evangelio para los cristianos romanos basado sobre las palabras del Apóstol Pedro.

San Pedro escribió dos epístolas que forman parte del canon del Nuevo Testamento. La primera epístola está dedicada a los advenedizos de la diáspora en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, provincias de Asia Menor. El motivo del escrito de San Pedro fue el deseo de fortalecer a sus hermanos ante la aparición de diferencias en éstas comunidades y persecuciones, por parte de los enemigos de la Cruz de Cristo y alimentar el rebaño del Dios, como el mismo Cristo se lo pide (Juan 21:15-17). Entre los cristianos también surgieron enemigos internos, los falsos maestros que deformaban las enseñanzas sobre la libertad cristiana y  promovían la inmoralidad.

La segunda epístola fue escrita probablemente entre los años 60 al 67 d. C. Y dirigida a los cristianos de Asia Menor. En ésta el Apóstol pone un énfasis particular en advertir a los fieles sobre los falsos maestros. Y para contrarrestar las falsas doctrinas, insiste en la palabra de Dios y en la certeza del cumplimiento de las promesas divinas.

Estas enseñanzas heréticas coinciden con aquellas que son refutadas por el Apóstol san Pablo en sus cartas a Timoteo y a Tito. Las extrañas doctrinas de los herejes amenazaban la moral y la fe cristiana. Cabe recordar que por aquellos tiempos se difundió rápidamente la herejía gnóstica que absorbió elementos judaicos, cristianos y diversas enseñanzas paganas. Se estima que esta epístola fue escrita poco tiempo antes de ser martirizado el Apóstol Pedro, pues asevera: "Sé que en breve debo abandonar mi cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me lo ha declarado" (2 Pedro 1:14)

Hacia el final de sus días el Apóstol Pedro estuvo nuevamente en Roma, donde fue martirizado en el año 67 mediante la crucifixión cabeza abajo.

Biografía de San Pablo

Las fuentes para trazar las líneas de una biografía paulina son básicamente sus cartas y, por supuesto, el libro de Hechos de los Apóstoles. De ellos sabemos que Pablo era llamado por su nombre hebreo Saulo y que pertenecía a la estirpe de Benjamín. Nació en la ciudad de Tarso, Cilicia, (Asia Menor), que era un centro de cultura y ciencias griegas (Hechos 21:39) Pablo pertenecía a una familia judía acomodada y tenía los derechos de la ciudadanía romana, pues era nativo de ésta ciudad (Hechos 22:28). Al octavo día de su nacimiento fue circuncidado (Filipenses 3:5) Recibió su educación primaria en Tarso, donde aprendió griego, la lengua usual en la zona y evidentemente allí conoció la cultura pagana, ya que en sus cartas y discursos se advierten claramente las huellas del conocimiento del griego y de los escritores paganos.

Cuando tenía aproximadamente quince años se marchó a Jerusalén; allí recibió su educación posterior y se hizo partidario entusiasta de los fariseos (Hechos 22:3: Gálatas 1:14). En la  prestigiosa academia rabínica  de Jerusalén, fue instruido por el conocido maestro Gamaliel, quien era considerado un conocedor de la Ley, y a pesar de pertenecer al partido fariseo, era un libre pensador y amante de la sabiduría griega. Aquí según la costumbre adoptada por los hebreos, el joven Saulo aprendió el arte de construir tiendas, lo que posteriormente le ayudó a ganar el alimento con su propio esfuerzo (Hechos 18:3; 1 Corintios 4: 12; 1 Tesalonicenses 2:9).

Saulo, por lo visto se preparaba para el deber de rabino (instrucción religiosa), después de completar su educación, él se revela como un fuerte defensor de la tradición farisea y perseguidor de la fe de Cristo. Posiblemente por la designación del Sanedrín, él fue testigo del martirio de San Esteban, luego recibió el poder de perseguir oficialmente a los cristianos aun fuera de las fronteras de Palestina, en Damasco.

El evento que marcó fuertemente su vida, fue su encuentro con el Señor en el camino a Damasco. Dicho encuentro y posterior conversión lo transformarían por completo, a tal punto que se puede hablar de un antes y un después de su conversión en la vida de Pablo. Su conversión fue operada por medio de una revelación especial de Cristo que al mismo tiempo lo llamaba a ser apóstol de  los gentiles (Hechos 9; Romanos 15:15 ss; Gálatas 2:7 ss) Para san Pablo, esta revelación del Señor resucitado es el fundamento de que su apostolado  es equivalente al de los otros apóstoles más antiguos (2 Corintios 10-13; Gálatas 1 ss)

En medio de la revelación divina, Pablo escuchó una voz que le decía: "Saulo, Saulo ¿porqué me persigues?" A la pregunta de Saulo "¿Quién eres?"  El Señor contestó: "Yo soy Jesús a quien tu persigues." Y le encomendó ir a Damasco donde se le indicaría qué debía hacer. Ya en Damasco y  privado de la vista, Pablo fue instruido en la fe, y al tercer día fue bautizado por Ananías y recuperó la vista. Desde este momento se hizo un confesor celoso de la enseñanza cristiana que antes perseguía. Por un tiempo se fue a Arabia y luego retornó a Damasco para predicar a Cristo. Pero la ferocidad de los judíos, indignados por su conversión, lo obligaron a huir a Jerusalén, donde se unió a la comunidad de los fieles y conoció a los Apóstoles. A causa del atentado contra su vida por parte de los judíos helenistas, debió regresar a su Tarso natal. Y en el año 47 fue llamado a Antioquia por Bernabé para enseñar. Allí trabajaron juntos durante un todo año con mucho ímpetu y éxito (Hechos 11:25 ss). Luego se encaminó junto a éste a Jerusalén trayendo consigo ayuda a los necesitados.

Al regresar de Jerusalén, por mandato del "Espíritu Santo," junto a Bernabé realizó su primer viaje misionero, que duró entre los años 45 y 51 o (44 y 49?). Los apóstoles atravesaron toda la isla de Chipre, Derbe, pasando por Iconio y Listra, y por el mismo camino regresaron a Antioquía. Durante el transcurso de este viaje, fueron fundadas comunidades cristianas  en las mencionadas ciudades. En el año 49 (o 51?) el Apóstol San Pablo participó en el Concilio Apostólico en Jerusalén, en el que fervientemente se opuso a que los paganos convertidos al cristianismo observen las costumbres de la Ley de Moisés.

Al volver a Antioquía, el Apóstol acompañado por Silas inició su segundo viaje misionero (Hechos 15:36-18:22). Primeramente, visitó las Iglesias de Asia Menor fundadas anteriormente y luego se trasladó a Macedonia, donde estableció las comunidades de Filipos, Tesalónica y Berea. En Listra San Pablo sumó a Timoteo, su amado discípulo, entre sus acompañantes, y desde Troas continuó su viaje junto al Evangelista Lucas. Desde Macedonia San Pablo pasó a Grecia donde enseñó en Atenas y en Corinto, permaneciendo en ésta última ciudad un año y medio. Después fue a Jerusalén visitando, en el camino, Efeso y Cesarea, y desde Jerusalén llegó a Antioquía. Luego de una corta estadía en Antioquía, el Apóstol Pablo inició su tercer viaje misionero (56-58?), dirigiéndose primero a las Iglesias de Asia Menor establecidas en primer término; luego se detuvo en Efeso, donde en el transcurso de dos años se ocupó diariamente de la enseñanza en la escuela de Tirano. Aquí es probablemente donde escribió su epístola a los gálatas (debido al recrudecimiento de la doctrina judaica) y la primer epístola a los Corintios (como consecuencia de los desórdenes y en respuesta a la carta, que los Corintios le enviaron). El alzamiento popular instigado por el platero Demetrio contra Pablo, obligó al Apóstol a dejar Efeso y dirigirse a Macedonia, y finalmente a Jerusalén.

En Jerusalén a causa del tumulto iniciado contra él, el Apóstol Pablo fue tomado prisionero por las autoridades romanos y fue recluido (preso) primero por el procónsul Félix y luego por su sucesor Festo. Esto ocurrió en el año 59 y dos años después, el Apóstol Pablo, como ciudadano romano, por su propio deseo fue enviado a Roma para ser enjuiciado por el César. Al sufrir un naufragio en la Isla de Malta el Apóstol arribó a Roma recién en el verano del 62, allí se benefició de la gran condescendencia de las autoridades romanas y enseñó libremente.

En Roma el Apóstol Pablo escribió sus epístolas a los Filipenses, a los Colosenses, a los Efesios y a Filemón habitante de Colosas (a causa de la huida de su esclavo Onésimo). Seguidamente desde Roma escribió su carta a los hebreos de Palestina. El siguiente destino del Apóstol Pablo no se conoce con exactitud. Algunos consideran que él se quedó en Roma y por mandato de Nerón fue martirizado en el año 64. Pero existen fundamentos para suponer, que luego de su reclusión de dos años, y la defensa de su obra ante el senado y el emperador, el Apóstol Pablo fue liberado, y que nuevamente viajó al Oriente.

Sobre ello se pueden encontrar señales en sus epístolas Pastorales a Timoteo y Tito. Habiendo pasado mucho tiempo en la isla Creta, él dejó allí a su discípulo Tito para la ordenación de por todas las ciudades como atestigua la ordenación de Tito como obispo de Creta por él realizada. Posteriormente en su carta a Tito el apóstol Pablo lo instruye en como debe cumplir sus obligaciones de obispo. A través de ésta epístola se advierte que él se proponía permanecer aquel invierno en Nicópolis, cerca de su Tarso natal.

En la primavera del año 65 visitó el resto de las Iglesias del Asia Menor. Se ignora si el Apóstol pasó por Efeso, ya que él decía que los presbíteros de Efeso no verían más su rostro. Pero por lo visto, en aquél tiempo él ordenó a Timoteo como obispo para Efeso. Más adelante el Apóstol pasó por Troas y llegó a Macedonia. Allí escuchó acerca del recrudecimiento de las falsas doctrinas en Efeso, y escribió su primera carta a Timoteo. Luego de estar un tiempo en Corinto se encontró en el camino con el Apóstol Pedro. Ambos continuaron su viaje a través de Dalmacia e Italia. Llegando a Roma, deja al Apóstol Pedro, y continúa solo hacia el occidente llegando a España en el año 66.

Después de su regreso a Roma fue nuevamente encarcelado hasta su muerte. Según la tradición, al volver a Roma, enseñó en la corte del Emperador Nerón y convirtió a la Fe de Cristo a la amada concubina de éste. Por ello fue enjuiciado, y si bien por la misericordia de Dios fue liberado, como él mismo expresó, de la garra de los leones, (es decir de ser comido por los leones en el circo romano) fue recluido en la prisión.

Luego de nueve meses de prisión fue decapitado, como ciudadano romano cerca de Roma en el año 67 d.C., en el doceavo año del reinado de Nerón.

Desde una visión general de la vida del Apóstol Pablo se aprecia que ella se divide tajantemente en dos mitades. Hasta su conversión en Cristo, San Pablo, todavía Saulo, fue un severo fariseo, observante de la ley mosaica y de las tradiciones patriarcales, que pensaba justificarse por las obras de la Ley y su celo en la Fe de los patriarcas, aproximándose al fanatismo.

Luego de su conversión, él se hizo Apóstol de Cristo, totalmente entregado a la obra del anuncio evangélico, feliz de su llamado, pero conciente de sus debilidades para la realización de este gran servicio, y adjudicando todas las obras y merecimiento a la Gracia de Dios.

Es un poco difícil desarrollar un sistema de su teología partiendo de las epístolas, pero aún así se destacan algunas ideas fundamentales para san Pablo. El centro de toda su teología es Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos. Su fe se basa en la Resurrección del Salvador, sin la cual toda doctrina es vana. Sólo en Cristo se ilumina el verdadero conocimiento de Dios (2 Corintios 4:6). La ilimitada acción salvadora de Dios significa para san Pablo que cada individuo participa de la salvación divina  (Romanos 5:12-19; 1 Corintios 15: 21-23) y a cada miembro, Cristo incorpora y edifica en Su Cuerpo. Por eso,  la unidad de la Iglesia es una de las grandes preocupaciones del Apóstol (1 Corintios 1: 10ss; 3:3; 11:17-22; Filipenses 2:1-5; Efesios 4), pero esta unidad debe darse en la fe y no solamente en encuentros fraternos.

Conclusión

Sería redundar si es que intentamos hablar de San Pedro y San Pablo como columnas o pilares de la Iglesia, pues sus hechos, y más específicamente sus vidas dan muestra de compromiso, de entrega, de pasión, de amor a Dios y a Su Iglesia.

Dejaron que Dios los haga instrumentos de Su Palabra. Permitieron al Salvador hablar y enseñar a millones y millones de personas; y los ecos de sus enseñanzas resuenan hasta nuestros días en las Sagradas Escrituras, en la Sagrada Tradición de la Iglesia. Porque esto que sabemos, que confesamos, que experimentamos lo hemos recibido de ellos, que se atrevieron a creer y tuvieron la osadía de jugarse por un ideal.

Creyeron al Dios que les dijo: “Vengan y yo los haré pescadores de almas. Atrévanse y yo los transformaré en mis Apóstoles, mis mensajeros, mis enviados”

Ellos son nuestros ejemplos de cómo tenemos que entender y vivir la fe cristiana. Porque no fueron super hombres; no fueron héroes nacionales, fueron verdaderos hombres de Dios, tan simples y tan humanos como cada uno de nosotros hoy en día.

No esperaban grandes cosas, sólo pedían ser escuchados; no imploraban para que sus nombres queden guardados en los libros y en las placas de diferentes instituciones, solamente procuraban que sus nombres sean escritos en el Libro de la Vida en los cielos.  Les importaba poco la autoridad y el poder, pero les llenaba de confianza ser siervos del Salvador. Por todo esto, podemos asegurar que son las columnas que sostienen la Iglesia.

Hemos recorrido la vida de dos grandes  hombres de  la fe cristiana; dos personajes destacados que vivieron dos vidas totalmente diferentes: Nacieron y crecieron en estratos sociales distintos; se educaron a niveles totalmente diferentes; experimentaron la vida de diferente forma. Sin embargo ambos fueron llamados por el Señor, bajo diferentes circunstancias, pero el llamado fue el mismo. Esto nos muestra primeramente que ante Dios todos somos iguales, no hay diferencias; sólo nos diferencia la vida de santidad o de pecado en el cual podemos estar inmersos.

Dios no hace acepción de persona. No importa cuál sea nuestro origen, o nuestra condición social, o nuestra situación económica; el Señor, por medio de las vidas de estos grandes santos, nos da ejemplo para imitar, para seguir por la senda de la salvación y nos abre el camino y la posibilidad de salvación, en Su Iglesia, a todos.

Cuando el Señor llega a la vida de una persona, la transforma y la ordena para la salvación. Lo hace nuevo, un nuevo ser, espiritual, invadido de amor. Cuando tenemos s Dios en nuestras vidas no somos solamente buenas personas, sino fieles creyente, amantes de Su palabra.

Humanamente nos enorgullece que San Pedro y San Pablo hayan sido los fundadores de nuestra querida Sede Antioquena. Y ese “orgullo” hay que transformarlo en hecho, en acción, en trabajo orientado al crecimiento cuantitativo y cualitativo de nuestra Iglesia. Somos los responsables, tanto clérigos como laicos, de mantener encendida la llama de la fe ortodoxa antioquena en este país. Responsabilidad que no podemos decir “no me cabe.”

Transformemos nuestras vidas, nuestras mentes y corazones; volvamos a Dios con todo el corazón, busquemos la santidad en todo nuestros actos; y que no nos falte la humildad porque cualquiera sea nuestra posición en la Iglesia, todos somos siervos de ese mismo Señor y vamos a dar cuenta ante Él.

Vamos a concluir con dos pasajes de estos grandes santos:

(1 Pedro 5:5-11) “Asimismo vosotros, jóvenes, estad sujetos a los presbíteros; y revestíos todos de humildad unos para con otros, porque: Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que él os exalte al debido tiempo. Poned sobre él toda vuestra ansiedad, porque él tiene cuidado de vosotros… el Dios de toda gracia, quien os ha llamado a su eterna gloria en Cristo Jesús, él mismo os restaurará, os afirmará, os fortalecerá y os establecerá. A él sea el dominio por los siglos. Amén.”

 (1 Timoteo 1: 12-17)“Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel al ponerme en el ministerio, a pesar de que antes fui blasfemo, perseguidor e insolente. Sin embargo, recibí misericordia porque, siendo ignorante, lo hice en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús. Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. No obstante, por esta razón recibí misericordia, para que Cristo Jesús mostrase en mí, el primero, toda su clemencia, para ejemplo de los que habían de creer en él para vida eterna. Por tanto, al Rey de los siglos, al inmortal, invisible y único Dios, sean la honra y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

 

por Rev. Exarca Victor Villafañe