Las apariciones de Cristo a sus discípulos

Domingo 2 de Pascua – Domingo de Tomás (Juan 20, 19-31)

“Pasados ocho días… vino Jesús cerradas las puertas”

Los discípulos de Cristo habían sido testigos oculares de la vida de Cristo hasta su ascensión a la Cruz, así también como después de su resurrección. En el espacio de los cuarenta días que separaban su resurrección de su ascensión a los cielos, el Señor se les apareció once veces: a María Magdalena (Juan 20, 1-18; Marcos 16, 9-11), a las mujeres miroforas (Mateo 28, 9-10), a Pedro (Lucas 24, 34; I Corintios 15, 5), a los dos discípulos de Emaús (Lucas 24, 13-32; Marcos 16, 12-13), a los discípulos en Jerusalén sin la presencia de Tomás (Juan 20, 19-25), y ocho días después en su presencia (Juan 20, 26-31), a los once en Galilea (Mateo 28, 16), a los siete discípulos en el mar de Tiberíades (Juan 21, 1-14), a los once en Betania antes de subir a los cielos (Lucas 24, 50; Hechos 6, 1-11), además del testimonio de san Pablo que el Señor se apareció a más de quinientos hermanos, a Santiago y a sí mismo (I Corintios 15, 6-8).

La veracidad de la resurrección fue confirmada por testigos oculares que son los discípulos de Cristo, y esto ha sido después de gran investigación y verificación. Ellos no creyeron con simplicidad y como quiera que sea, sino totalmente lo contrario; pues no han confiado en lo sucedido sino después de mucha aclaración. Por tanto, la duda de los discípulos para con la Resurrección de Cristo, finalmente, se ha convertido en un bien general para ellos, y más aún para todo hombre, en todo tiempo y lugar.

Jesús tomó la iniciativa para vencer la duda de los discípulos, por lo tanto se les mostró a Sí mismo, vivo, con muchas evidencias, durante cuarenta días (Hechos 1, 3). Los discípulos habían abandonado a su Maestro; mas aún lo negaron, y se dispersaron volviéndose a sus casas, sintiéndose decepcionados. Sus pensamientos se hallaban lejos de esperar esta resurrección el día domingo; incluso ellos regresaron a Galilea. Y el mismo Lucas nos muestra a Pedro “regresando a su casa” (24, 12), es decir a Cafarnaún. Y después de la resurrección, los discípulos no creyeron lo que atestiguó María Magdalena: “Oyendo que vivía y que había sido visto por ella, no lo creyeron” (Marcos 16, 11). Y tampoco creyeron lo que atestiguaron los discípulos que estaban en camino a Emaús. Por ello Jesús “les reprendió su incredulidad y dureza de corazón, por cuanto no habían creído a los que le habían visto resucitado de entre los muertos” (Marcos 16, 14).

En este contexto lo sucedido con Tomás representa lo máximo de la duda acerca de la veracidad de la resurrección de Cristo y su verdad. Pues después de que Cristo apareció a sus discípulos, estos le avisaron a Tomás de lo acontecido, pero él ha sido quien más ha dudado entre los discípulos, pues dijo: “Si no veo en sus manos la se­ñal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y meto mi mano en su costado, no creeré”. Pero el Salvador quiso complacer el deseo de esta mente extremadamente dubitativa: “Alarga acá tu dedo y mira mis manos; tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel”. Entonces, al haberle sido revelada claramente la veracidad de la resurrección del Salvador, exclamó: “Señor mío y Dios mío”.

Después de su resurrección, Cristo no se apareció a todas las gentes, pero sólo a sus discípulos. Se apareció a ellos; pues las gentes no comprenderían el misterio y estarían por considerarlo espíritu y fantasma. Mas, la verdad es que si sus discípulos, que desde el inicio Lo acompañaron, escucharon Sus palabras y vieron todas Sus obras, dudaron y necesitaban tocarle, palparle y comer con Él, etc., ¿cómo sería pues lo sucedido para con todas las gentes?

Tampoco Cristo se apareció a los judíos. Porque si hubiera allí esperanza en su acercamiento a la fe, se habría aparecido a ellos después de la resurrección. Pero, a decir la verdad, la posición de ellos ha sido clara desde la resurrección de Lázaro; pues ellos, en aquél entonces, en lugar de acercarse a la fe en Él, Le guardaron rencor y conspiraron para darle muerte a causa de haber resucitado a Lázaro. Si no creyeron que Él haya sido el Salvador en cuanto resucitó a otros, ¿cómo habrán de creer en Su propia resurrección? Además, ¿qué les habría impedido matarlo nuevamente si se les hubiera aparecido después de Su resurrección? Por esto, y para evitar turbarlos, el Salvador no se apareció a ellos.

Por otra parte, los enemigos de Cristo, inconscientemente, dieron testimonio de la resurrección del Salvador, cuando los judíos sobornaron a los guardias para que dijeran “Sus discípulos vinieron de noche y robaron el cuerpo de Cristo mientras nosotros dormíamos” (Mateo 28, 13). Sobre todo, aquél quien ha sido el más grande enemigo del Cristo resucitado, quiero decir Saulo (quien ha devenido en el Apóstol Pablo), pues él atestigua de ello. Nada y nadie pudo tocar el celoso corazón de Saulo y convertirlo, ni las enseñanzas de los Apóstoles, y tampoco los milagros que ocurrieron en nombre de Jesús, sino a partir de su contemplación al Cristo resucitado en camino a Damasco logró su conversión. La aparición del Cristo Resucitado convirtió al más grande enemigo de los cristianos en el más grande Apóstol de Cristo.

La resurrección del Salvador ha sido la piedra fundamental sobre la cual los Apóstoles edificaron su fe y sus predicaciones. Mas el Libro de los Hechos de los Apóstoles forma la evidencia sobre la resurrección del Salvador. Pues aquel que creyó en la resurrección, le es fácil aceptar lo que ocurrió. El contenido de la predicación de los Apóstoles es la resurrección de Cristo. Ellos habían dado testimonio con su vida entera y evidenciaron que Cristo es el Dios y Señor, el Redentor y Salvador con todo el significado de la palabra. Habían demostrado, pues, por la palabra y la obra que Aquél que obra en ellos es el Cristo resucitado con Su poder vivificador. Por esto, nosotros también, exclamamos junto a ellos: ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci