La recepción del corazón

Domingo 6 de la gran cuaresma – Domingo de Ramos (Juan 12, 1-18)

“La numerosa muchedumbre… habiendo oído que Jesús llegaba a Jerusalén… salieron a su encuentro”

Entre la Gran Cuaresma y la Semana Santa, los fieles experimentan dos días de alegría, el Sábado de Lázaro y el Domingo de Ramos. Es un período de transición del tiempo de preparación de la Iglesia y de los fieles en vista de la Semana Santa y el tiempo de acompañar al Señor caminando su pasión y su resurrección.

La atmósfera de alegría que refleja el evangelio antes de la pasión del Señor es ocasionada por la resurrección de Lázaro ocurrida el sábado y la entrada triunfal del Señor a Jerusalén, el domingo siguiente. El entusiasmo tanto del pueblo como de los discípulos era grande. El pueblo recibió al Señor como si fuera su liberador del yugo romano, mientras que dos de sus discípulos soñaban compartir su gloria como si esta gloria fuera a manifestarse en otro lugar que no fuera la Cruz. A pesar de lo expresado precedentemente, esta buena disposición a favor del Señor dio lugar, unos días después, a otra, totalmente diferente, cuando, el Viernes Santo, el pueblo eligió que se liberara a Barrabás y que se condenara a Jesús a la crucifixión, mientras que entre los mismos discípulos observamos la traición de uno, la negación de otro, y el abandono del Señor por parte de los demás.

La aparente atmósfera de entusiasmo que reinaba en aquellos dos días no correspondía a una disposición realmente profunda en los corazones de sus manifestares. El compromiso de la gente y de los apóstoles era carente, tanto de madurez como de firmeza. Esta situación no sorprendió al Señor, ya que Él había preparado a sus discípulos, en varias oportunidades, para lo que iba a suceder tanto con Él como con ellos: “Os lo he dicho ahora, antes que suceda, para que cuando suceda creáis” (Juan 14, 29). Como pedagogo y mistagogo, en la vigilia de Su pasión, el Señor dio la paz a sus discípulos para que, al atravesar la prueba, recordaran sus palabras, percibieran su intención, meditaran acerca de su previsión y providencia, y por consiguiente, tuvieran coraje y fe y no se abandonaran a la desesperanza por haber sido tan indignos de este Dios y tan ingratos hacia su gracia, y sucumbieran a la muerte espiritual, así como ocurrió con Judas quien se ahorcó.

En realidad, la lectura del evangelio nos convence de la amplitud del amor, de la misericordia y de la magnanimidad del Señor. ¿Acaso Él no predijo la negación de Pedro, la traición de Judas y el abandono de los discípulos? Sin embargo, les llamó a encontrarlo después de la resurrección. ¡Tal era la confianza del Señor en sus discípulos! ¡Tan misericordioso era con respecto al mundo! A pesar de que Él conocía con anticipación cómo el mundo iba a recibirle, sin embargo, Él tuvo la resolución firme y sin titubear de caminar con el mundo, y a favor del mundo. No se apartó de la condición humana débil, pecadora, ingrata, etc., porque cree que puede ser redimida. Por ello, llevó nuestra naturaleza humana sobre sus hombros. ¡Tanto amor mostró y sigue mostrando! Así, aceptó tanto la recepción grandiosa y las exclamaciones del domingo de Ramos como las injurias y las blasfemias del Viernes Santo. Sin embargo, por encima de todo, reinó la paz, en la cruz, y se manifestó la reconciliación total y para siempre: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).

La misma recepción se celebra cada año. ¿Acaso el hombre cambió de actitud? La Iglesia, como madre sabia y tierna, nos guía durante toda la gran cuaresma para poder recibir al Señor de manera más apropiada que en aquella época. La Iglesia afirma y sigue afirmando, sin lugar a duda, que el Señor quiere caminar con nosotros, quiere entrar en nuestros corazones. Él no se avergüenza de nuestra debilidad, pobreza espiritual, infidelidad o desintegración, sin embargo busca despertar en nosotros nuestra dignidad inapreciable, inestimable y tan querida de Él. Para Él, mereció que Él mismo muriera para recuperar esta dignidad. Así, desde la cruz, Él nos llama y nos tiene confianza.

Como cristianos, ya poseemos la totalidad de la confianza del Señor depositada en nosotros: por el bautismo, la crismación y la santa comunión, estamos unidos a Él y en comunión con su Espíritu. Es una realidad que vivimos especialmente cada vez que participamos de la divina liturgia. La fuerza de Su confianza y de Su amor ha convertido nuestro corazón: ¡Cuántas veces nos ha perdonado nuestra somnolencia, indiferencia, incredulidad o incongruencia! ¡Cuántas veces nos ha otorgado la gracia del arrepentimiento! Pues así, Él triunfa sobre nosotros y en nosotros, nos otorga la paz, y nos introduce a Su propia ciudad, la Jerusalén celeste, donde todos los corazones de aquellos redimidos Le exclaman: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Amén.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci