La realización de nuestros deseos

“Y ahora permanecen la fe, la esperanza, el amor” (I Cor 13:13)

 

Cada año, especialmente en el umbral de un año nuevo, expresamos nuestros deseos con respecto a muchos aspectos de nuestra vida, tanto material, como espiritual.

Los deseos en sí mismos son expresión de nuestras intenciones. Su realización necesita, sin dudas, de nuestra colaboración. ¿Qué actitud nos alentará en el camino de la realización de nuestros deseos? Es, sin lugar a dudas, la actitud de fe, de esperanza y de amor, según subraya el apóstol Pablo, “habiéndonos puesto la coraza de la fe y del amor, y por casco la esperanza de la salvación” (I Tes 5:8).

En primer lugar, la actitud de fe. En esto tenemos el ejemplo de nuestro Señor, según exhorta san Pablo: “Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12:2). La fe, pues, implica alegría. Y san Pablo, dirigiéndose a los corintios, se considera como colaborador “con ustedes para su gozo, porque es en la fe que permanecen firmes” (II Cor 1:24), mientras que a los romanos, afirma que la fe es motivo de confortación mutua (Cf. Rom 1:12).

En segundo lugar, la actitud de esperanza: “Y el Dios de la esperanza los llene de todo gozo y paz en el creer, para que abunden en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Rom 15:13). De la fe nace la esperanza. La esperanza implica tener siempre las manos puestas en el arado: “No sean perezosos en lo que requiere diligencia. Sean fervientes en espíritu, sirviendo al Señor, gozándose en la esperanza, perseverando en el sufrimiento, dedicados a la oración” (Rom 12: 11-12). Dos razones explican esta actitud. Primero, “porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta” (San 2:26); y segundo, “porque por esto trabajamos y nos esforzamos, porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo” (I Tim 4:10).

En tercer lugar, la actitud de amor. “Sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3:14). Este vínculo implica la reunión, la unión y la formación de la verdadera familia, sirviendo “por amor los unos a los otros” (Gál 5:6). Servir con amor significa seguir el ejemplo de Jesús: “En esto conocemos el amor: en que Él puso Su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (I Jn 3:16).

Así, la fuerza de la fe, con la esperanza que genera esta, y el amor que manifiesta, nos guía en el camino de expresar nuestros deseos, para luego trabajar por su realización. Este es un taller que se realiza en primer lugar en nuestro corazón, porque los deseos se forman en el corazón del hombre. Cuanto más el corazón es puro, tanto más los deseos subirán como oraciones hacia el trono del Altísimo.

Pero, ¿qué deseos tener? ¿Cuáles son los mejores deseos para nosotros? En efecto, no hay mejor guía que la palabra de Dios en el sendero de formular los buenos deseos, los que nos son realmente necesarios. Tanto Jesús como luego san Pablo establecen nuestras metas: “Busquen primero Su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mt 6:33); “Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3:1).

Ante esta actitud cristiana, corresponde por parte del Señor la seguridad de cumplir con nuestros deseos: “Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá” (Mt 7:7). Ni más ni menos, el Señor nos indica el camino para que lleguemos verdaderamente a la meta de las metas, la de todos los deseos, o sea la alegría. Contando con esta seguridad, es suficiente pedir en Su nombre: “Hasta ahora nada han pedido en Mi nombre; pidan y recibirán, para que su gozo sea completo” (Jn 16:24).

En fin, los deseos implican un cambio, no tanto de las condiciones externas donde vivimos, sino de la disposición de nuestros corazones, de las metas que nos fijamos, y del empeño para realizarlos.

Ojala el año que se inicia sea para todos un nuevo descubrimiento de la certeza que se encuentra en la palabra de Dios, de la alegría que conlleva el vivir según ella, y de la alabanza que implica ver realizados nuestros deseos. Amén.