La pirámide “invertida”

Domingo 5 de la gran cuaresma – Domingo de Santa María egipcia (Marcos 10, 32-45)

 “Ya sabéis cómo los que en las naciones son considerados como príncipes las dominan con imperio…

No ha de ser así entre vosotros”

En la estructura del mundo, uno observa un orden jerárquico, una clasificación que va desde lo  superior y llega hasta lo inferior, cuya representación geométrica puede ser una pirámide de seres; de modo que los gobernantes y los soberanos se ubicarían mejor, en la cima de esta pirámide, mientras los gobernados y la servidumbre, se localizarían mejor en su fondo. Esta misma estructura puede ser vista en todos los niveles de las estructuras políticas, sociales y organizacionales del mundo.

Viviendo en esta estructura, uno está incuestionablemente, llamado a experi­mentar la desigualdad inherente en ello y a sentir, por lo menos, la diferencia entre gobernar o ser gobernado. En esta etapa, algunos cuestionan la razón por permane­cer dentro de tal estructura y están deseando sublevarse contra ella. Al contrario, algunos otros, más probablemente aprovechan tal situación y empiezan ascender la pirámide, desde el fondo hacia su cima. No obstante, la reacción de ambas partes, con respecto a la división entre superior e inferior, se refiere a la misma idea, es decir a la idea de igualdad.

No obstante, la idea de la igualdad está profundamente arraigada en la conciencia de uno, y no está para ser negada. Todos buscamos la igualdad en todos los niveles. Es una tendencia que caracteriza, de gran modo, al mundo presente. También es la idea que está expresada en la reacción de los diez discípulos contra la solicitud de San­tiago y Juan para sentarse al lado de Jesús en Su Reino, como está narrada en el pa­saje del evangelio que la Iglesia lee el quinto domingo de la gran cuaresma.

Jesús, aceptando la pirámide que caracteriza la estructura del mundo, lo dio vuelta de arriba a abajo. “Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos”. Ahora, la parte superior de la pirámide queda al fondo, puesto que la parte inferior es elevada al lu­gar de la cima. La estructura sigue siendo aún una pirámide, es una pirámide ‘inver­tida’, según lo explicado por el Archimandrita Sofronio (+1993), discípulo de San Siluan el Atonita (+1938). Toda la estructura está parada ahora en la cima de la pirá­mide ‘invertida’. Pero ¿quien es Aquél que está ahora parado en su cima, si no es in­discutiblemente Jesús? Así, Jesús mostró el camino de la definitiva perfección.

De hecho, Jesús descendió a la tierra y se hizo hombre, Él Quién es el Hijo de Dios. El camino de la perfección manifestado por Jesús a Sus discípulos, es aquel que transita desde el descenso a fin de elevar a aquellos que están en la escala espiritual baja, hacia un grado más alto de perfección. Eso es cómo Jesús se halla en la cima de la ‘invertida’ pi­rámide, y empuja a toda la humanidad hacia arriba, llevando sobre Sí Mismo todo el peso de aquellos que están encima de Él. Es una realidad que está explicada en la Gran Doxología, el himno cantado antes del comienzo de la Liturgia Divina: “Oh Se­ñor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre, que llevas los peca­dos del mundo; ten piedad de noso­tros, Tú que quitas los pecados del mundo”. Uno puede ver aquí una referencia dire­cta a la Crucifixión de Jesús (Marcos 10, 34), el camino práctico, a través del cual, Él cargó sobre Sí los pecados y cargas del mundo.

Considerando la estructura del mundo, Jesús exhorta a sus discípulos a no de­jarse llevar por el ejemplo que promueve: “Pero no ha de ser así entre vosotros”. Por otro lado, Él los incitó a considerar la perspectiva de la nueva pirámide ‘invertida’: “Si alguno de vosotros quiere ser grande, sea vuestro servi­dor; y el que de vosotros quiere ser el primero, sea siervo de todos”. Es el ejemplo que Él les había dado cuando lavó sus pies (ver Juan 13, 14-15). Tam­bién ésta es la senda en la que Él está guiando a aquellos que siguieron después de Él. Verdaderamente, ellos han devenido como Él en tomar, sobre ellos mismos, las cargas de las enfermedades de otros, como lo expresado por el Apóstol Pablo: “Los fuertes debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles” (Romanos 15, 1).

Beber la copa y ser bautizados como Jesús lo hizo es dar la vida de uno por otros, y por consiguiente, cargarse uno mismo con las cargas de las enfermedades de los demás. Este acto brota del amor a Cristo y a los demás. De otro modo, es imposible llevar, aunque más no sea, una parte del peso de la pirámide ‘invertida’, un peso que Cristo está llevando sobre Sí Mismo. Intentando realizar este acto nos hallamos con la mismísima esencia de la vida cristiana.

En esta perspectiva, la gran cuaresma es el tiempo más apropiado para vivir la vida cristiana en su plenitud. En verdad, Jesús clarificó para sus discípulos que el tiempo presente es para llevar a cabo obras y hechos, acorde a Su ejemplo. El tiempo de re­compensa o gloria vendrá después, en la vida por venir. El tiempo pre­sente es dado a nosotros para realizar las buenas obras, y no para esperar sus resul­tados. El resultado es solamente la obra de Dios. El honor de sentarse al lado de Je­sús en Su Reino será concedido a aquellos que han intentado imitar el ejemplo de Jesús, porque: “sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí dárosle, sino que es para aquellos para quienes está preparado”. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci