La obra de Dios

Domingo 6 de la Pascua – Domingo del ciego (Juan 9, 1-38)

“Para que se revelen en él las obras Dios”

La curación del ciego de nacimiento revela la magnitud del cambio que este hombre ha tenido al encontrarse con Cristo. A la pregunta que Le hicieron los discípulos en cuanto a la razón de su ceguera, si fue por culpa de los padres o del ciego, el Señor subrayó que dicha ceguera es “para que se revelen en él las obras Dios”.

Dios es el Creador, y no abandona la creación a su suerte, sino que siempre vela por ella. El Señor afirma: “Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo” (Jn 5:17). En Su persona, Dios se preocupa de su creatura como Padre. En el caso de este ciego, el Señor se hizo cargo de su falta de vista. Al restituirle la vista, el Señor reveló en el ciego en qué consiste “la obra de Dios”, no tanto restaurándole nuevos ojos para ver el mundo, sino más bien, abriéndole los ojos de su corazón a ver a Dios y adorarlo.

A través de la manifestación de la obra de misericordia visible de Dios ofrecida por la operación de apertura de los ojos del ciego, y a través de este, de los discapacitados doloridos sentados en la sombra del mundo, Jesús se mueve a la manifestación de la obra de misericordia invisible del Padre para con los pecadores sentados en la sombra de la muerte. En realidad, el Señor vino al mundo para completar la obra del Padre en la creación, dando o creando ojos espirituales nuevos al hombre para que con ellos pueda ver a Dios y a la luz de la vida eterna.

A través del milagro ocurrido con el ciego, somos testigos de la forma con la que se completó dicha obra. En efecto, enviar al ciego a lavarse en el estanque de Siloé tiene un sentido particular. Las aguas del estanque se consideraban sagradas y se utilizaban en los servicios realizados en el Templo. Lavarse en ellas es análogo, en la perspectiva del evangelio, al bautismo. Y el bautismo se llama, místicamente en el Nuevo Testamento, “iluminación”, y por ello es el misterio de la iluminación.

En el bautismo, nos vestimos de Cristo, según la expresión del apóstol Pablo. Vestidos de Cristo, nos volvamos cristianos. La iluminación del bautismo no es un poder extra terrenal o una fuerza supra cósmica, sino que es ver y reconocer la Verdad. Ante el interrogatorio de los Fariseos y sus esfuerzos en lograr condenar al violador del sábado (ya que el milagro había ocurrido aquel día), el ciego reveló progresivamente su interpretación de lo sucedido. Cuando los Fariseos lo amenazaron: “Da gloria a Dios; nosotros sabemos que este hombre es un pecador”, con la intención que cambiara su testimonio anterior que era “profeta”, él les contestó: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo”. Ante los defensores del sábado, defendió a su benefactor. Ante la amenaza indirecta, dio testimonio de la verdad y también “gloria a Dios”. Por vestirse de Cristo, su boca se volvió boca de Cristo ante sus correligionarios y ahora jueces.

Rechazando el testimonio del ciego, los Fariseos expresaron luego sus dudas sobre el origen de la autoridad de su benefactor: “Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés, pero en cuanto a Este, no sabemos de dónde es”. El defensor de la Verdad se volvió entonces en teólogo: “Pues en esto hay algo asombroso, que ustedes no sepan de dónde es, y sin embargo, a mí me abrió los ojos. Sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguien teme a Dios y hace Su voluntad, a éste oye. Desde el principio jamás se ha oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si Este no viniera de Dios, no podría hacer nada”.

Ante la fuerza de interpretación del predicador, los fariseos lo menospreciaron, inculcándole la razón de la ceguera a él y a sus padres: “Tú naciste enteramente en pecados, ¿y tú nos enseñas a nosotros?”. Resulta que sentenciaron a este nuevo confesor de la fe, echándolo fuera de la sinagoga.

Nos maravillamos ante el camino de crecimiento de este ciego: sin estar atemorizado por la actitud feroz de los Fariseos, dio un brillante testimonio de quien él todavía no había visto. Ahora el Señor le va a dar el toque de perfección a este digno predicador, confesor y teólogo. Es el Señor que lo busca nuevamente y lo conduce a la vista verdadera, la de Su propia persona: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?”. El ciego le responde: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en El?”. Jesús le dice: “Pues tú Lo has visto, y el que está hablando contigo, Ese es”. El ciego entonces confiesa: "Creo, Señor". Y se postró ante Él.

En este ciego se revela la plenitud de “la obra de Dios”: la resurrección del hombre de su ceguera espiritual. El camino del ciego es también nuestro. Mantengamos pues nuestra fe intacta, cuidémosla, cultivémosla; acerquémonos humildemente a la Iglesia, participemos de la Divina Liturgia y comulguemos dignamente; leamos la palabra de Dios e instruyámonos por ella; confesemos diariamente a nuestro Señor y pidámosle Su bendición. Eso es resucitar con Cristo. ¡Cristo resucitó!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci