La obra continua de Cristo resucitado

Domingo 4 de Pascua – Domingo del paralítico (Juan 5, 1-15)

“Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también”

 

La realidad que enfrentó el paralítico del evangelio de hoy era muy dificultosa por tres razones: primero, el largo proceso de su enfermedad; segundo, el lugar donde estaba, el templo, y en el cual esperaba la curación y, tercero, la soledad que sintió a pesar de estar entre sus correligionarios. Esos son tres duras realidades que nosotros podemos enfrentar en nuestra vida. Es una gran prueba tener paciencia y esperar una resolución cuando la situación aparece estancada; es paradójico creer en un Dios todopoderoso como si Él diera su gracia como gotas de agua; es cruel también pertenecer a una comunidad que no se preocupa por sus miembros.

La presencia de Jesús y su iniciativa hacia el paralítico nos permiten reflexionar acerca de una realidad difícil y también sobre nuestros pedidos. La preocupación que tiene Cristo acerca de nosotros es, en realidad, la razón por la cual Él se encarnó, sufrió la muerte en la cruz y resucitó de entre los muertos. La clave para comprender esta preocupación de Cristo se encuentra dada por Cristo a los judíos. De hecho, cuando los judíos se quejaron ante Cristo por haber sanado al paralítico el día sábado, esto se debe a que para la ley judía está prohibido hacerse cargo de cosas pesadas en ese día, Jesús les reveló su derecho, o mejor dicho, su preocupación diciendo: “Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también”.

¿En qué consiste la obra de Cristo? Para contestar, la Iglesia eligió precisamente la lectura de este pasaje en este período, posterior a la Pascua. Es oportuno recordar que, después de su resurrección y su ascenso al cielo, Cristo cambió su presencia corporal por una presencia sacramental. Ésta presencia está concretizada en la imagen de la Iglesia, donde Él es la cabeza y nosotros somos los miembros del mismo cuerpo, Su cuerpo. La pertenencia al cuerpo de Cristo se distingue por su carácter personal, cada uno de nosotros funcionaríamos como una célula. Además, la vida que rige este cuerpo es una vida de arrepentimiento, Cristo siempre lo ha pedido y también le explicó al paralítico diciéndole: “no vuelvas a pecar, no te suceda algo peor”. El arrepentimiento es el cordón umbilical con el cual nos es transmitido “el pan de cada día”, es decir la alimentación espiritual, la comunión permanente con Dios y el mantenimiento del vínculo de paz, de unión y de amor mutuo entre nosotros.

La Iglesia como cuerpo se mueve a partir de todos los miembros. Lo que pasó con el paralítico, el hecho de estar solo, sin ayuda y sin la debida atención de sus correligionarios, no puede pasar en un cuerpo, sino existe previamente un mal funcionamiento. La presencia sanadora, vivificadora y verdadera de la Iglesia, en la imagen de Cristo, se concretiza por la gracia del Espíritu Santo, por una parte, y también por la edificación mutua, la colaboración y el amor fraternal entre los miembros, por otra parte.

Por otro lado, Cristo, por su Iglesia, obra por medio de nosotros. Es la obra que Él asignó a sus discípulos desde de su resurrección. Él se retiró físicamente y trabaja por medio de sus colaboradores, los apóstoles de entonces, y por supuesto, de aquellos que viven en cada generación en el mundo.

Además, en lugar del antiguo y único Templo en Jerusalén, se construyeron numerosas iglesias en cada lugar a partir de la presencia de una comunidad cristiana dispuesta a difundir la presencia salvadora de Cristo no solamente en un lugar particular sino en toda la tierra, y no solamente a una persona definida sino a cada persona que desee creer en Él y adquirir la salvación que Él prodiga.

Hoy, nosotros admiramos la sabiduría de Cristo en la magnificencia y la vastedad de su obra salvadora a todos los paralíticos físicos y espirituales del mundo. Agradecemos también su confianza en sus colaboradores en los cuales Él confió una misión de tal envergadura y que es decisiva para dar al mundo la vida verdadera.

Ahora entendemos realmente que la noticia de la resurrección de Cristo no puede ser una buena noticia solamente para los apóstoles y discípulos de entonces. La resurrección sigue transmitiéndose de un lugar a otro y de persona a persona, viviendo cada generación la resurrección en su propio contexto histórico. Por eso, exclamar hoy el himno pascual “Cristo resucitó” es nuestro honor y la expresión de nuestro agradecimiento para aquellos que transmitieron este mensaje con mucho trabajo, sacrificio y penurias vividas, como son ejemplo nuestros antepasados aquí en Argentina. Además, es también nuestra responsabilidad, la responsabilidad de que su resurrección crezca en nuestra vida y también en la vida de nuestra comunidad y nuestro ámbito cotidiano. Es una responsabilidad que se refleja a dos niveles: tanto en el personal como en el comunitario.

Finalmente, el que tiene la luz de la resurrección no se puede permitir guardársela para sí. La luz, por su naturaleza intrínseca, no se puede adquirir, pero se puede fácilmente transmitir. Ojala lo hagamos siempre con la alegría, el honor y la responsabilidad con se debe. ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci