La nueva maternidad al servicio de los hijos de la Resurrección

Domingo de Pascua (Juan 1, 1-17)

“Mujer, he ahí tu hijo” (Juan 19, 26)

Celebrando la Resurrección de nuestro Señor, hemos de recordar a Su Madre, la Virgen María, la madre de la Vida, la pedagoga y la Institutriz por excelencia acerca de la vida de la resurrección. Pero, ¿cómo esto es posible, si los evangelios nunca mencionaron a la Virgen después de la Crucifixión? ¿Acaso estamos especulando?

En realidad, los testimonios sobre las apariciones del Señor a las mujeres miróforas y a los discípulos abundan en el Nuevo Testamento, pero en ninguno de ellos se menciona a la Virgen. Es cierto que el testimonio de los apóstoles sobre la resurrección del Señor constituye el basamento de nuestra fe, y que la Iglesia se llama apostólica justamente por esta razón. Pero, ¿el testimonio de la Virgen valdría menos que los demás? ¿Acaso dicha ausencia no perjudicaría a nuestra fe y la desacreditaría?

En efecto, tres Padres de la Iglesia investigaron este punto. Se trata de un santo sirio, Romanos el Melodista (+ ca. 556), y dos santos griegos, San Simeón el Traductor (siglo Xº), y san Gregorio Palamás (+1359). Según ellos, los evangelistas no podían dar a conocer fehacientemente tal testimonio de la Virgen, porque era la madre de Jesús, y que por supuesto los judíos iban a impugnar dicho testimonio, sin olvidarse que el testimonio de una mujer no tenía validez jurídica ante la Ley de Moisés. Según esta interpretación, los enemigos de la resurrección no tomarían tal testimonio como argumento en contra de la predicación apostólica.

Por otra parte, estos padres, y en particular san Gregorio Palamás, tenían la convicción de que el Señor se apareció primero a Su madre, ya que era ella quien Lo acompañó fielmente y Lo siguió hasta la cruz. Así, Palamás vio en lo ocurrido en la madrugada de la resurrección como el testimonio de la misma Virgen, disimulado minuciosamente por san Mateo para que no lo impugnaran los infieles: “Y la víspera de sábado, que amanece para el primer día de la semana, vino María Magdalena, y la otra María, a ver el sepulcro. Y he aquí, fue hecho un gran terremoto: porque el ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, había revuelto la piedra, y estaba sentado sobre ella. Y su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas se asombraron, y fueron vueltos como muertos.” (Mateo 28, 1-4).

Y se pregunta Palamás: ¿Acaso, quién estuvo presente y dio fe del terremoto, del descenso del ángel, de la revuelta de la piedra, y del asombro de los guardias? ¿Acaso son los guardias? ¿Acaso son las mujeres? Según el evangelio, no son ni los unos, ni los otros, porque los guardas se volvieron como muertos, y las mujeres llegaron después. ¿Y entonces? ¡He aquí el testigo! Es la Virgen María quien estuvo allí. Es ella quien dejó constancia de lo sucedido. Ella fue testigo de la resurrección. De ahí se deduce que es a ella, y antes que a los demás, que se le apareció el Señor (Cf. Mateo 28, 9), y le reveló todos sus misterios, mientras que a sus discípulos Él les iba a iniciar durante los cuarenta días que separaban la resurrección de la ascensión (Cf. Hechos 1, 3).

Si es por una razón apologética que los apóstoles se detuvieron en poner el testimonio de la Virgen de manera solemne, san Gregorio Palamás distinguió en este silencio la grandeza del testimonio de este testigo muy precioso. Para él, el silencio de la Virgen era pedagógico, en la intención de dejar tanto a las mujeres miróforas como a los apóstoles que se acercaran a Jesús y que lo reconocieran ya ahora resucitado, sin su intermediación.

Ahora, se abre completamente la puerta ante la Virgen, la primera de las Miróforas, y la Primera de los Teólogos, para instruirnos sobre la vida de la resurrección. En efecto, por su compromiso incondicional para con la realización de la Providencia de Dios, dejó germinar y crecer en ella los gérmenes de la fe en la resurrección. Así se podría explicar su actitud valerosa frente al desarrollo histórico del misterio de Jesucristo, un misterio tan extraño para la lógica humana todavía no resucitada. A pesar de la visibilidad nula, y sin poder justificar su razón, ella tenía toda la razón, toda la fe y toda la esperanza en que llegaría la Hora de Dios en la que revelaría y se manifestaría toda su Providencia salvífica para los hombres.

Además, en ella se ve la plenitud de la vida de la resurrección. Así, mientras que ella, ya desde la infancia de Jesús “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2, 51), dejó que se cumpliera la voluntad de Dios, y manifestó a través de la Pasión del Señor y en adelante, una disposición similar a la de su hijo en cuanto al amor, al perdón y al respeto incondicional de la libertad de todo ser humano. Esto se entiende implícitamente a partir de su actitud en la crucifixión, frente al abandono de los discípulos y a la crueldad y burla de la gente, y también por su accionar el día de la resurrección, cuando ella no quiso interferir, aún con el círculo más íntimo de los discípulos del Señor, en cuanto a la recepción del mensaje de la resurrección, dejándoles la libertad de expresar sus miedos, incredulidades, etc., así como se expresa en los evangelios.

En realidad, ella se comportó como madre quien da a luz a hijos de la resurrección. Una nueva maternidad la esperaba, una maternidad revelada por el Señor, justo antes que expirara en la cruz: “Mujer, he ahí tu hijo” (Juan 19, 26). Ella tuvo que asumir esta maternidad, después de la ascensión del Señor, acompañando a los primeros hijos de la resurrección, o sea a los apóstoles, en sus primeros pasos de evangelización sobre esta nueva vida de la resurrección.

Ahora bien, festejado en la resurrección la nueva adopción filial a través de esta nueva maternidad, ¿acaso no podemos dejar a este Madre de la vida que sea nuestra institutriz y pedagoga en la vida de la resurrección, justo en este tiempo en donde la humanidad juega con la vida de manera insólita desde el embarazo hasta la muerte? Sí, esto es posible, pero no cuando vivamos como si Cristo no hubiera resucitado. Ojala aceptemos esta maternidad tan preciosa para que nuestros corazones exclamen: ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci