La Luz de la resurrección

Domingo de la Pascua (Juan 1, 1-17)

“Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre”

 

El evangelio que leemos en el día de la Pascua habla profusamente sobre la luz, refiriéndose al Señor en dos niveles, el de la Santa Trinidad como Verbo de Dios, y también el de la criatura como Jesucristo.

Al nivel de la Santa Trinidad, el Señor es el Verbo de Dios. Él es la luz que refleja en el mundo la divinidad, la voluntad y el amor del Padre. Por eso, confesamos en el Credo que Él es “luz de luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero”. Es decir que en Jesús existe toda la divinidad del Padre en comunión total de amor: “el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios”.

A nivel de la criatura, el Señor es “la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre”. Por su obra salvadora, Jesús estableció la posibilidad que todos los hombres puedan comunicarse de nuevo con Dios después que la comunión con Él se interrumpió ante la actitud de desobediencia de Adán y de Eva en el Paraíso. Por lo tanto, esa luz ilumina la realidad humana en un triple significado, el de la felicidad, el del conocimiento, y el de la vida.

En primer lugar, Jesús es la luz que ilumina con felicidad a los hombres porque ellos pueden estar con Él nuevamente, adquiriendo un poder más amplio que el que tuvieron al principio de la creación: “Dios dio a aquellos que creen en su nombre el poder de venir a ser hijos”. Es la felicidad de ser hijos suyos y no meramente una criatura.

En segundo lugar, Jesús es la luz que ofrece el conocimiento en toda su magnitud, celestial y terrenal, divina y humana. Por Él, conocemos a Dios el Padre, “hemos visto su gloria, gloria como Unigénito del Padre; lleno de gracia y de verdad”. Además, por Él, conocemos también a toda la criatura porque “por Él fue hecho el mundo”.

En tercer lugar, Jesús es la luz que da la vida: “En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”. Es la vida en oposición a las tinieblas del reino de los muertos, del pecado, de la no existencia y de toda forma de maldad, de dolor, de enfermedad o de imperfección.

Además el evangelio nos abre otra perspectiva. Nos habla de un testigo de la luz, de Juan Bautista que “vino a dar testimonio de la luz, para testificar de ella, y que todos creyeron por él”. En realidad, Juan Bautista fue el primero de una serie de testigos que, desde el día de Pascua, se incrementaron sin cesar. Ya conocemos a partir del evangelio a los discípulos y a las mujeres que confesaron que Jesús es la verdadera luz que brilló del sepulcro el día de la resurrección. Desde entonces, el evangelio se presentó como luz que nos guía por su enseñanza. Además, la Iglesia se constituyó como espacio de comunión a la luz. Y por último, nosotros nos erigimos cual faro para difundir la luz con nuestra labor en nuestra vida cristiana transmitiéndola al prójimo.

En conclusión, por la inspiración vivificadora de la fe, por el honor que Dios nos ha ofrecido de ser hijos suyos y por el júbilo que la vida verdadera nos ha otorgado, nosotros exclamamos triunfalmente con un corazón lleno de regocijo y agradecimiento: “¡Cristo resucitó! ¡Verdaderamente resucitó!”.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci