La Cuaresma como estilo de vida

El esfuerzo de Cuaresma no se reduce a la asistencia a los oficios litúrgicos, al ayuno y a la plegaria a intervalos regulares; estas prácticas, para ser eficaces y tener un sentido, deben ser sostenidas por la vida entera. Necesitan un estilo de vida que no esté en contradicción con ellas, que no corte la existencia en dos cosas distintas. En otros tiempos, en los países ortodoxos, la sociedad misma ofrecía ese apoyo, constituido por un conjunto de costumbres, cambios exteriores, leyes y cumplimientos públicos y privados.

En Rusia, por ejemplo, era imposible olvidar la Cuaresma ya que las campanas de las iglesias sonaban de manera especial, los teatros estaban cerrados y, en tiempos todavía anteriores, los tribunales suspendían sus actividades. Todos estos actos exteriores creaban una atmósfera, un clima de Cuaresma que hacía más fácil el esfuerzo personal. Somos débiles, por eso necesitamos llamamientos exteriores, símbolos y signos. El peligro es que esos símbolos exteriores se vuelvan fines en sí mismos, el contenido propio de la Cuaresma. Bien comprendidas estas costumbres constituyen un vínculo que une el esfuerzo espiritual a la totalidad de la vida.

No vivimos en una sociedad ortodoxa así que no es posible crear un ‘clima’ de Cuaresma a nivel social. En consecuencia, debemos hacer un nuevo esfuerzo para replantearnos el vínculo religioso que existe necesariamente entre ‘lo exterior’ y ‘lo interior’. El drama espiritual del secularismo es que nos arroja a una ‘esquizofrenia’ religiosa que divide nuestra vida en dos partes, la religiosa y la seglar, ambas cada vez menos interdependientes.

En la concepción ortodoxa, el hogar y la familia constituyen el primer y principal terreno de la vida cristiana, el lugar donde los principios cristianos se aplican a la vida cotidiana. Es el hogar, el estilo y el espíritu de la vida de familia los que modelan nuestra primera visión del mundo, los que nos dan una orientación fundamental de la que ni siquiera somos conscientes por mucho tiempo y que en definitiva será un factor decisivo. Dostoievsky hace decir al staretz Zózimo en“Los hermanos Karamazov”“Un hombre que tiene buenos recuerdos de su infancia está salvado para toda la vida”. Es significativo que el autor haga esta acotación luego de recordar que su madre lo llevaba a la Liturgia de Presantificados, mientras evoca la belleza del oficio y la melodía incomparable del canto: “Que suba mi oración como incienso en tu presencia”.

¿Qué podemos hacer en casa durante la Cuaresma? La vida familiar se ha transformado radicalmente por la radio y la televisión. El sentimiento de belleza de la 'interioridad', del mundo interior, están desapareciendo de nuestra cultura. Si no es la televisión, es la música que ha dejado de ser algo que escuchamos para ser el fondo sonoro de la conversación, la lectura, etc. El hombre moderno está imposibilitado de disfrutar del silencio, de concebirlo como una pura ausencia o más precisamente como la condición de toda verdadera Presencia. El hombre actual debe hacer un esfuerzo particular para reencontrar esta dimensión esencial del silencio que nos puede poner en contacto con las realidades superiores. Por eso el problema de la radio y la televisión durante la Cuaresma es un tema de vida o muerte espirituales. Son dos aspectos incompatibles y necesariamente uno matará al otro. Sugerimos reducir seriamente el uso de la radio y la televisión durante la Cuaresma.

No osamos esperar un ayuno total pero sí al menos uno ascético, que supone reducir el régimen habitual, evitar 'entregarse' a la televisión. Cuando yo era niño (no había televisión), mi madre acostumbraba cerrar el piano con llave durante la primera, cuarta y séptima Semanas de Cuaresma; guardo de esto un recuerdo más vivaz que de los largos oficios de Cuaresma y aún hoy, si escucho una radio en esa época, me choca casi como una blasfemia.

La Cuaresma es un tiempo especial que no hay que perder ni destruir; una simple privación o la abstinencia no son suficientes, hay que buscar el correspondiente positivo. El silencio producido por la ausencia de ruidos del mundo debe ser llenado con algo positivo ya que nuestra inteligencia también necesita alimento. Sugerimos la lectura de las obras maestras de la literatura espiritual, que traen implícita mucha teología. Si no vemos a la Cuaresma como una peregrinación a las profundidades de nuestro ser, ella pierde todo su sentido.

Por último, ¿qué sentido tiene la Cuaresma durante las horas que pasamos fuera del hogar? En primer lugar es un tiempo propicio para medir el carácter increíblemente superficial de nuestras relaciones con los otros, las cosas y el trabajo. Los slogan: “Sonríe”, “Toma las cosas como vienen”, son grandes 'mandamientos' que seguimos alegremente y que significan: No te comprometas, no hagas preguntas, no profundices tus relaciones con los demás, respeta las reglas del juego que combina una actitud amistosa con una indiferencia total, considera cada cosa en función de la ganancia material, o sea: forma parte de un mundo que utiliza constantemente las grande palabras de libertad, responsabilidad, devoción, etc., pero que de hecho sigue el principio materialista según el cual ¡el hombre es lo que come!

La Cuaresma es el momento de la búsqueda de sentido: en la vida profesional, en mi relación con los otros, el sentido de la amistad, de mi responsabilidad. Todo trabajo, toda vocación, pueden ser transformados.

Cuando la Iglesia penetró en el mundo greco-romano, no denunció la esclavitud ni llamó a la revolución. Su fe y la nueva visión del hombre y de la vida hicieron progresivamente imposible la esclavitud. Un santo, y “santo” significa simplemente un hombre que toma a cada instante su fe en serio, hace más por cambiar el mundo que mil programas impresos. El santo es, en este mundo, el único verdadero revolucionario.

En segundo lugar, la Cuaresma es el tiempo en que debemos intentar dominar nuestras palabras. Nuestro mundo es terriblemente verbalista, estamos continuamente sumergidos en palabras que han perdido su sentido y por consiguiente, su fuerza. El cristianismo revela el carácter sagrado de la palabra, verdadero don divino al hombre. Razón por la cual nuestras palabras están dotadas de un poder extraordinario, sea positivo, sea negativo. También por esta razón seremos juzgados por nuestras palabras: “Os digo que de toda palabra sin fundamento que hablen los hombres, darán cuenta en el día del Juicio; porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado” (Mt 12:36-37).

Dominar las propias palabras es reencontrarles el sentido serio, el carácter sagrado. Es comprender que tal vez una broma ‘inocente’ que hemos dicho sin pensar, puede tener consecuencias desastrosas, ser la ‘última gota’ que impulse a un hombre al fondo de la desesperación. Pero la palabra puede también ser un testimonio, una conversación fortuita con un colega de trabajo puede comunicar más una concepción de la vida o una actitud hacia los demás que todo un sermón. Puede sembrar la semilla que provocará una pregunta o que hará encarar la vida de otra manera o que hará desear saber más.

No tenemos idea de hasta qué punto nos influimos constantemente los unos a los otros con nuestras palabras y el estilo de nuestra personalidad. Hay hombres que se convierten a Dios no porque les han dado explicaciones brillantes sino porque vieron en una persona esa luz, ese gozo, esa profundidad, esa seriedad y ese amor que revelan la Presencia y la Potencia de Dios en este mundo.

Si la Cuaresma es para el hombre un redescubrimiento de su fe, es también un redescubrimiento de la vida, de su sentido divino y de su sagrada profundidad.

Absteniéndonos del alimento, redescubrimos su dulzura y aprendemos a recibirlo de Dios con gozo y gratitud.

Al reducir la música, las diversiones y las conversaciones redescubrimos el valor de las relaciones humanas, del trabajo del hombre y de su arte.

Y redescubrimos todo esto simplemente porque redescubrimos a Dios mismo, porque volvemos hacia Él y en Él a todo aquello que nos dio en su misericordia y su amor infinitos. Es lo que cantamos la noche de Pascua: “Hoy, todo está inundado de Luz: el cielo, la tierra y el infierno; que todos celebren la Resurrección del Cristo, que todos se fortifiquen en Él”.

Esta espera, no la decepciones, ¡Señor, Amante de la Humanidad!

 

por Protopresbítero Alexander Schmemman