La controversia de Arios

Domingo 7 de Pascua – Domingo de los Santos Padres del 1er Concilio Ecuménico (Juan 17, 1-13)

“Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese”

La Iglesia conmemora hoy a los 318 Padres de la Iglesia que participaron del Primer Concilio Ecuménico en el año 325, en Nicea. El Concilio duró desde el 20 de mayo hasta el 25 de julio, y fue presidido por Eustathios, el arzobispo de Antioquía. El emperador san Constantino convocó al concilio para tratar el tema de la herejía de Arios que provocó una gran confusión entre los fieles. Se definió el Credo hasta el párrafo que comienza con “en el Espíritu Santo”. Por resolución del concilio, Arios y dos obispos fueron exiliados. Sin embargo, el problema se prolongó durante sesenta años antes que triunfó la Ortodoxia.

En efecto, Arios, un sacerdote de Alejandría, interpretaba incorrectamente el Nuevo Testamento acerca de un punto particular: la divinidad de Cristo. Decía que “hubo tiempo en el cual el Verbo de Dios no existía”. Predicaba que la existencia del Verbo de Dios sucedió en una etapa anterior a la creación del mundo. El Verbo de Dios era la primera criatura del Padre, y por medio del Verbo, el Padre creó al mundo. Por ello, Arios negaba la divinidad de Cristo, y por consiguiente, arruinaba la fe cristiana y  por consiguiente suprimía la salvación realizada por Cristo.

El error mayor en el razonamiento de Arios es haber introducido la dimensión temporal dentro de la Santa Trinidad. No entendía el nacimiento del Hijo fuera de la perspectiva de la experiencia humana, la cual postula que la existencia del padre precede lógicamente a su hijo, ya que el tiempo es una dimensión que caracteriza a toda la creación.

Nuestra fe en la divinidad del Hijo fue aclarada por san Atanasio (+373), patriarca de Alejandría, quien era diácono al momento de participar en dicho concilio. Propuso la expresión que el Hijo es “consubstancial” al Padre. Para afirmar la salvación que Cristo realizó en la cruz y la resurrección, san Atanasio enseñó que “quien fue crucificado es Dios - porque sólo Dios puede salvar a la humanidad-, y también es hombre verdadero para que pueda ser crucificado”.

Así, el concilio estableció el dogma de la Santa Trinidad y definió que el Hijo es “nacido del Padre antes de todos los siglos; Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero; nacido no creado; consubstancial al Padre, por quien todo fue hecho”. Analizando esta definición, entendemos que no hubo tiempo en el cual existía el Padre y no existía el Hijo, ya que el nacimiento del Verbo de Dios expresa la relación que existe entre el Padre y el Hijo, no como si fuera semejante a la relación paternal-filial humana en el prisma de una sucesión temporal inevitable, sino como revelación divina que el cristianismo aceptó tal cual, sin tener la posibilidad de investigar más esta relación porque pertenece a la esfera de la divinidad atemporal e inalcanzable. Por ello, el Hijo es coeterno al Padre, ya que la noción del tiempo es una dimensión intrínseca a la creación y no al Creador. Además, las tres personas de la Santa Trinidad tienen la misma naturaleza divina, por ello el Hijo es consubstancial al Padre.

Por otra parte, el concilio conoció dos intervenciones espectaculares, las de san Nicolás y de san Espiridon, quienes no tuvieron ninguna formación teológica pero fueron hombre de fe y de santidad. Así, san Espiridon (+350), arzobispo de Tremitunte de Chipre, originariamente un pastor de campo, mostró a Arios la falsedad de su razonamiento de la siguiente manera: mantuvo en su mano un ladrillo que, de repente, se decompuso en sus elementos constitutivos: agua, tierra y fuego. De esta manera simbólica, le mostró que una es la Santa Trinidad y que tres son las hipóstasis o las personas, refiriéndose al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En cambio, la intervención de san Nicolás (1er mitad del IVº siglo), arzobispo de Mira, era disímil: mientras que Arios exponía su argumentación, san Nicolás le golpeó sobre su pecho para que concluyera de blasfemar contra el Señor. El emperador, pues, lo puso a san Nicolás en la prisión con la esperanza de juzgarlo por tal acción indigna en su presencia. Sin embargo, los guardias de la prisión avisaron al emperador, un poco después, de lo ocurrido en el calabozo: vieron al Señor y a la Madre de Dios apareciéndose a san Nicolás, uno a su derecha y otro a su izquierda, mientras que el Señor le estaba dando el evangelio y la Virgen el omoforion - la distinción por excelencia de la dignidad episcopal. Por consecuencia, el emperador rehabilitó a san Nicolás, y tuvo la afirmación de que la acción de san Nicolás fue inspirada por Dios, y no por su propia pasión.

La enseñanza de Arios dejó varias marcas en la Iglesia, así como lo podemos constatar en la iconografía acerca de una representación de la Santa Trinidad. En aquel ícono, se presenta al Padre como un anciano, al Hijo encarnado y el Espíritu Santo en forma de paloma. Esta representación se originó en occidente, en tiempo de carencia de base teológica en unos lugares donde los cristianos no aceptaban la enseñanza de Arios, y quisieron defender el dogma de la Santa Trinidad. Para refutarla, se ajustaron a tal representación, teológicamente incorrecta. En realidad, el Padre no se puede representar porque no se encarnó. Además, representarlo como anciano, confirma el concepto de Arios que hubo un tiempo en el cual no existía el Hijo. Por ello, la única representación posible de la Santa Trinidad en la tradición iconográfica ortodoxa es la de la aparición de los tres ángeles a Abraham.

Así, el Primer Concilio Ecuménico reveló el misterio de la Santa Trinidad y constituyó el fundamento de todos los demás concilios. La importancia de los Padres cuya memoria celebramos es su interpretación de las Escrituras conforme a la Tradición que han recibido, con el fin de mantener la rectitud de la fe y salvaguardar la experiencia de la Iglesia. Recibieron la palabra del Señor y conservaron lo transmitido por los evangelios. No aportaron algo nuevo, sino que transmitieron la fe de manera más sencilla y revelaron su profundidad, en cada ocasión en que la Iglesia fue amenazada por las herejías.

Ojala aprendamos con dedicación nuestra fe por la cual nuestros Padres lucharon tanto para defender y transmitir. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci