La bendición nunca expropiada

La Ascensión del Señor (Lucas 24, 36-53)

“Y aconteció que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba al cielo”

Desde que Cristo subió a los cielos, elevado en gloria, y volvió  al seno de Su Padre, no cesó de bendecir a Sus discípulos. En la Ascensión, que hemos festejado el jueves pasado, Jesús no se separa de nosotros, sino que nos guarda en su perpetua bendición.

La primera de estas bendiciones es la elevación de nuestra naturaleza a los cielos. A nosotros, a quienes se nos había dicho una vez: “han salido del polvo y todos vuelven al polvo” (Ecles 3:20), he aquí que Jesús toma nuestra naturaleza, la de Adán, en Él y con Él, y la asocia (une) a Su gloria divina.

La segunda bendición es que Jesús, en los cielos, es la cabeza de la Iglesia que Él ha establecido en la tierra, como Su propio Cuerpo. Si bien nuestra naturaleza está ya en Cristo en los cielos, sin embargo, nosotros estamos todavía en el mundo. Como Cuerpo de Cristo, nos quedamos inmersos en la bendición continua de Jesús. La Iglesia es el lugar de la bendición incesante de Cristo; nada y nadie, dice San Pablo, “nos separará del amor de Cristo” (Rom 8:35), ya que la cabeza naturalmente no se separa del cuerpo.

La tercera bendición no solamente es aquella de la que se beneficia nuestra naturaleza, o aquella que se extiende sobre la Iglesia, sino que es la bendición de Jesús sobre todo hombre aquí en la tierra. Porque Jesús es, para los que creen en Él, la luz que “alumbra a todo hombre” y a quien ha dado “el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1:7; 9).

Estos distintos aspectos de la bendición de Jesús se fundan en la sola y única oblación de Sí mismo que Él ofreció en la institución de la Eucaristía, cuando tomó pan, lo bendijo y dijo: “Esto es Mi cuerpo que por ustedes es dado; hagan esto en memoria de Mí” (Lc 22:19), y de la misma manera, al tomar la copa: “Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre; hagan esto cuantas veces la beban en memoria de Mí” (1 Co 11:25).

La bendición universal y eterna de Jesús está presente desde la institución de la Eucaristía. Él, como sacerdote eterno, inmutable y único, intercede eternamente ante el Padre por nosotros. Y en la bendición que da a Sus discípulos en el Monte de los Olivos, Jesús confiere también la difusión y la perpetuación de esta bendición sobre el mundo, a través de Su propio y único sacerdocio.

Subiendo a los cielos, Jesús bendijo a Sus discípulos para hacer de ellos Sus testigos “en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”, cuando el Espíritu Santo venga sobre ellos (Hech 1:8). Jesús ha cumplido su sacerdocio único en vista de asociar este a Sus propios discípulos, para que sean “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa” (1 Pe 2:9), que proclama el evangelio en el mundo.

 Al volver a Dios, Jesús pide a Sus discípulos, y a nosotros también, guardar los corazones cerca de Dios y la mirada velando al mundo. Mejor dicho, pide que miremos al mundo con la mirada de amor que Dios tiene hacia nosotros, de modo que, a través de esta mirada, perpetuemos, alrededor nuestro, Su bendición sobre el mundo. Jesús nos asocia a Su sacerdocio para que nos volvamos servidores, colaboradores y testigos Suyos entre los hombres.

Al enviarnos al mundo, no podemos encontrar a Jesús de ahora en adelante en Su carne, sino en la del prójimo, que volvió a ser el lugar de Dios. A nosotros pertenece la iniciativa de compartir con los demás la nueva vida que Jesús nos da en la Iglesia, en Su Cuerpo y Sangre, por Su Espíritu Santo, como para vivificar el mundo.

Es este aspecto que subraya la celebración de la Divina Liturgia. En efecto, al finalizar la comunión de los fieles, el celebrante vuelve al santuario a fin de depositar en el cáliz las partículas correspondientes a los vivos y muertos cuyos nombres fueron recordados en la santa oblación. Al incensar tanto el cáliz como la patena, los eleva diciendo:“Asciende, oh Dios, a los cielos, y que Tu gloria se extienda sobre toda la tierra” (Sal 57:5), señalando claramente la Ascensión del Señor a los cielos después de haber estado presente “invisiblemente con nosotros”. Asimismo, los presenta a los fieles trasladándolos de la Mesa Sagrada a la Mesa de Oblación, en vista de despedir a la asamblea reunida en la Iglesia, para que “salga en paz” al mundo, y realice ahora “la liturgia del prójimo” con la fuerza de la salvación y de la bendición recibidas en la liturgia, la paz que Él otorga a Su mundo, y los dones perfectos que provienen del Padre de las luces. Esta salida al mundo, “la liturgia del prójimo”, está sellada por el celebrante, reiterando la bendición recibida en la Ascensión y extendiéndola en la actualidad, al dirigirse a la asamblea diciendo: “que la bendición del Señor y Su misericordia sea con todos vosotros, por Su gracia divina y amor a la humanidad”. Así experimentamos en cada divina liturgia lo sucedido en la Ascensión, tanto la bendición del Señor como la fuerza del apostolado que confirió a Sus discípulos y a todos los que creen en Él.

Sin lugar a dudas, el mundo es nuestro campo. Sembremos pues en él lo recibido “de lo alto” y seamos testigos en nuestro entorno de la bendición que el Señor otorga al mundo. Amén.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci