La alegría y el compromiso apostólico

La Ascensión del Señor (Lucas 24, 36-53)

“Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con grande gozo.

Y estaban de continuo en el templo bendiciendo a Dios”

La ascensión al cielo es el último evento de la vida terrenal de Jesús antes de su regreso definitivo a la diestra del Padre, en la espera de su segunda venida en la gloria.

En la ascensión, Cristo dejó en la tierra a la comunidad constituida por sus discípulos como núcleo de la Iglesia siendo ésta una presencia concreta y permanente Suya para la humanidad. Además, prometió a los discípulos que les enviará al Espíritu Santo como Su guía en toda la verdad y quien se encargaría de advertirles con respecto a todo lo que Él les había dicho anteriormente. También, les asignó la misión de la predicación “en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones”.

Sin embargo, el relato de la Ascensión presenta dos paradojas, a saber el gozo de los discípulos en el último encuentro con Cristo, y el cambio radical en la actitud de los apóstoles antes y después de la Ascensión.

En efecto, los discípulos experimentaron un gran gozo en el momento de la separación corporal definitiva entre ellos y Cristo, aunque, anteriormente, la perspectiva de una eventual separación era causa de tristeza inmensa para los apóstoles (Juan 16, 6). San Siluan el Atonita (+1938) explica en qué consiste el contenido de esa alegría que el Señor dio a sus discípulos: la primera alegría era conocer al verdadero Señor, Jesucristo; la segunda, amarlo; la tercera, conocer la vida eterna y celestial; la cuarta, desear la salvación tanto para todo el mundo como para sí mismos; y por último, conocer al Espíritu Santo y constatar cómo Él obraba en ellos.

Por otra parte, la segunda paradoja consistió en el cambio impresionante y radical en la actitud de los apóstoles. En los sucedidos durante la Semana Santa se dibujó un panorama lamentable por el miedo de los apóstoles para subir con Cristo a Jerusalén en vista de su Pasión; la traición de Judas; la triple negación de Pedro; la escapada de los discípulos al momento de la detención de Cristo en el jardín; su regreso después de la crucifixión a sus ocupaciones primitivas; sus temores al huir de los judíos; la falta de esperanza; sus incredulidades ante las varias anunciaciones referidas a la resurrección; como así también sus reacciones negativas en las apariciones ante ellos del Señor resucitado.

Efectivamente, el cambio fue inmenso; encontramos a los discípulos desde la Ascensión en una disposición diametralmente opuesta: en lugar de la tristeza reinaba la alegría; en lugar del temor y del miedo, la valentía; en lugar de la escapada y la auto-protección, el compromiso y la exposición de su vida propia al peligro; en lugar de la dispersión, la reunión; en lugar del individualismo, la  vida comunitaria; en lugar de la soledad, la solidaridad; y por último, en lugar de la negación y la traición, la bendición continua a Dios en el Templo.

La alegría y el compromiso apostólicos iluminaron desde entonces la actualidad de la iglesia. La actitud de los apóstoles es un ejemplo a seguir. La esperanza siempre existe debido a la seguridad que tenemos al saber que Cristo no nos abandona ni nos deja huérfanos en el mundo, ya que nos brinda abundantemente su gracia y su alegría, y nos ilumina para asumir nuestra responsabilidad como a los apóstoles de aquel entonces. Es decir, asumir la responsabilidad sin miedo, sin indiferencia, superando la carencia de todo tipo y la debilidad voluntaria e involuntaria. Nada ni nadie puede convencernos que la alegría en la Iglesia y el compromiso apostólico no existen o no pueden existir hoy, sólo si nos negamos a recibir la alegría o a comprometernos.

Para concluir, es útil y necesario tener como fuente de inspiración la actitud de los apóstoles que tuvieron ante la Ascensión de Cristo, cuando se reunieron en el templo bendiciendo a Dios, y esto nos sirve para enseñarnos a asumir con dignidad nuestro destino propio y el de nuestra Iglesia. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci