Entrada gloriosa y recepción

Domingo 6 de la gran cuaresma – Domingo de Ramos (Juan 12, 1-18)

“Bendito el que viene en nombre del Señor”

El domingo de Ramos representa una de las fiestas más antiguas del cristianismo. Se propagó en el siglo VIIº en todo el mundo cristiano, en oriente y occidente. Aetheria, una peregrina del siglo IVº, describió la celebración que tenía lugar en Jerusalén: los fieles se iban este día al monte de los Olivos con la compañía del obispo sentado sobre un burro, bajaban a pie hasta la Ciudad Santa, cantando “Bendito el que viene en nombre del Señor”, hasta llegar a la Iglesia de la Resurrección en la tarde, donde celebraban las vísperas antes de dispersarse e irse a sus casas.

En las vísperas de la fiesta decimos: “Hoy la Gracia del Espíritu Santo nos ha reunido”, porque estamos reunidos para ingresar a la Semana Santa. Históricamente, ésta palabra correspondía a los monjes de Egipto y de Palestina, quienes, por haber ido durante la cuaresma a los desiertos, regresaban este día a sus monasterios para festejar la Semana Santa y la Resurrección, así como se constata de la vida de Santa María Egipcia (1er de abril) y su encuentro con Padre Zosima. Pero también, los laicos tienen su propio desierto, o sea su alma. Todo el mundo se une para que cada uno regrese a su corazón, a Cristo.

Al finalizar la divina liturgia y antes de salir en procesión, se hace la bendición de los ramos y de las palmas, “emblemas de la victoria”, para que, “por medio de los himnos y alabanzas espirituales, seamos dig­nos de la Resurrección Vivificadora al tercer día”. Los ramos y las palmas simbolizan la alegría y la atmósfera de fiesta, y los judíos los usaban en la recepción de personalidades y altos dignatarios o se los regalaban a los triunfadores como signo de honorabilidad. Así usaron las palmas en la recepción reservada a Simeón el Macabeo, quien condujo la revolución contra los griegos en 164 a.C., y luego fue instituido rey de Jerusalén hasta que llegaron los romanos en 63 a.C. y le quitaron el emblema de realeza a su familia (I Macabeos 13, 51). En cambio, nosotros recibimos al Salvador caminando hacia la muerte, no como Lo recibieron los judíos, pero “como niños llevando los símbolos de la victoria”, o sea por las virtudes que hemos cultivado durante la cuaresma.

A pesar de que la fiesta sugiere la presencia numerosa de niños, sin embargo, el evangelio no menciona tal presencia. Los niños se encuentran solamente después de esta recepción masiva, cuando el Señor entró al Templo, echó a los vendedores y sanó a los enfermos; ahí los niños gritaron: “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mateo 21, 15). Ante la indignación de los referentes religiosos judíos, el Señor explicó lo sucedido: “¿No habéis leído jamás: De la boca de los niños y de los que maman has hecho brotar la alabanza?” (Salmo 8, 3; Mateo 21, 16). Cabe mencionar que la tradición iconográfica bizantina representa a los niños cortando ramas de árboles y extendiendo mantos por el camino de Cristo. En Jerusalén, los padres llevaban a los niños sobre sus hombros durante la procesión, y ésta costumbre permaneció a través de los siglos.

Por otra parte, la salutación por parte de la muchedumbre fue tomada del culto judío donde los fieles decían: “Hosanna”, lo que significa “Dé la salvación”, y a la cual los sacerdotes replicaban: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. A esta exclamación los evangelistas agregaron “Rey de Israel”, indicando por ahí que quien viene en nombre del Señor es Jesús. El grito de la muchedumbre reflejaba en realidad sus aspiraciones políticas nacionalistas, mirando al Señor como libertador del yugo de los romanos. En cambio, el evangelio interpretó la salutación y mostró qué rey era: “No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu rey montado sobre un pollino de asna”, basándose sobre la profecía de Zacaría, quien describe que este rey era: “justo, victorioso, humilde” (9, 9). Si la gente soñaba acerca de una cierta grandeza, el Señor entendía su grandeza en la humildad, y su gloria en ser acabado. Su manera de ingresar a la Ciudad Santa sentado sobre un pollino - la bestia de los pobres - y no sobre un caballo, lo demuestra. Así, el Señor inaugura su reino como conquistador humilde, quien entra a los corazones de la gente.

Desde una perspectiva espiritual, Epifanio, obispo de Chipre, reflexiona sobre la entrada triunfal a Jerusalén y trata de apuntar a un simbolismo a través de lo sucedido: “¿Por qué Cristo subió a Jerusalén sentado sobre un pollino, mientras que había caminado a pie por todas partes? Eso, porque quiso mostrarnos que Él iba a subir a la cruz y glorificarse sobre ella. ¿Qué simboliza la ciudad? Simboliza la mentalidad rebelde del genero humano que fue expulsado del paraíso, a aquellos que el Señor envió dos de sus discípulos, el Antiguo y el Nuevo Testamento. ¿Qué simboliza el pollino? No cabe duda que alude a la sinagoga judía que vivió toda su vida bajo pesos pesados, sobre cuyas leyes sentará Cristo victoriosamente un día. ¿Qué simboliza el burro? Representa a los paganos quienes no pudieron ser domesticados por la Ley, el miedo, los ángeles, los profetas o las Escrituras sagradas, sino únicamente por el Verbo de Dios. Además, él compara ambas resurrecciones, la de Lázaro y la de Cristo: “¡Qué cosas nuevas, qué milagros inesperables! Ayer, Cristo resucitó a Lázaro de entre los muertos, y hoy, Él mismo camina hacia la muerte. Ayer, Él fue la vida que vivifica a los demás, y hoy, el Dador de la vida se va a la muerte. Ayer, desató a Lázaro de sus sudarios, y hoy, viene para estar envuelto voluntariamente por los sudarios. Ayer, liberó al hombre de la sombra, y hoy, viene para entrar en las tinieblas y las sombras de la muerte por la mano del hombre”. Por ello, la entrada a Jerusalén representa el amanecer de la pasión voluntaria de Cristo. Por la entrada, el Señor demuestra su aceptación de la crucifixión. Estamos en el comienzo de la salvación que se cumplirá el Viernes Santo y se anunciará en la madrugada de la Resurrección.

En realidad, los judíos fueron maravillados por la resurrección de Lázaro de entre los muertos, pero no trataron de cambiar su mentalidad, y, por consiguiente, la fe no entró en sus corazones. Fueron a festejar una maravilla que excedía su entendimiento, pero, por falta de preparación de sus corazones, la fe no pudo infiltrar la coraza de su despreocupación superficial. Fueron a alegrarse pero no encontraron la verdadera alegría. ¿Acaso nosotros participamos de este día solamente para aprovechar la procesión? ¿Acaso queremos seguir a Cristo en su pasión, morir con Él, resucitar con Él, y cambiar nuestra vida por Él, pero sin ir a Su encuentro? El encuentro verdadero se realiza cuando participamos de la divina liturgia y comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. Preparémonos, pues, dignamente, ya que todo converge hacia la Eucaristía el Jueves Santo y la gloria de la Resurrección. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci