El triunfo de la vida sobre la muerte

Domingo de Pascua (Juan 1, 1-17)

“La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron”

En el día glorioso de la resurrección, el evangelio anuncia solemnemente la victoria definitiva del Señor sobre la muerte y todo mal: “La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron”, y proclama que en Jesucristo, “estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”.

¿Cómo el Señor pudo vencer la muerte, siendo hombre como nosotros? ¿Por qué las tinieblas no pudieron detenerlo así como detuvieron a toda la raza humana? ¿En qué sentido, Él puede ser la luz y la vida de los hombres, mientras que ellos están en las tinieblas y padecen la muerte tanto espiritual como somática? Estas y otros preguntas nos ayudan a profundizar en la comprensión del misterio del triunfo del Señor y su consecuencia sobre la humanidad entera.

Este misterio se clarifica cuando analizamos nuestra realidad aplicando este principio universal cuyo enunciado es: cada cosa busca su semejanza, ya que los opuestos no se juntan. En efecto, el mal no busca hacer el bien sino cómo perpetuar el mal; la muerte no busca mantener la vida sino cómo terminar con ella; la injusticia no busca establecer la justicia sino cómo afirmar su propio interés; el pecado no busca vivir en la santidad sino cómo echar raíces más profundas; la vicisitud no busca crecer en la virtud sino cómo justificarse; la mentira no busca decir la verdad sino cómo distorsionarla; el egoísmo no busca la entrega y el sacrificio sino el interés propio; etc. Así, la muerte reinaba y su señorío se extendía sobre toda la humanidad, porque todos los hombres se hallaban sujetos a esta ley. Todos practicaron el mal, fueron pecadores, dieron lugar a la injusticia, la mentira, las vicisitudes, y por ello, la muerte identificó en ellos las improntas identificadas como pertenecientes a su señorío, y les detenía bajo su poder. Por consiguiente, nadie pudo escapar a esta fatalidad tan mortal.

¿Cómo el Señor revirtió la situación? Mostró con su ejemplo el camino de los mandamientos que enseñaba y predicaba: no resistir al mal, “y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra” (Mateo 5, 39); perdonar “setenta veces siete” (Mateo 18, 22); “al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto” (Mateo 5, 40); amar a tus enemigos y orar para tus perseguidores (Mateo 5, 44); no irritar a tu hermano sino “serás reo de juicio” (Mateo 5, 22); “el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5, 28); “si alguno te requisara para una milla, vete con él dos” (Mateo 5, 41); “da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien desea de ti algo prestado” (Mateo 5, 42). En todo y siempre, hizo la voluntad de Dios (Juan 6, 38). Así, Él fue y se quedó sin pecado.

Cuando murió en la cruz, la muerte recibió a este muerto como si recibiera al más común de los hombres, impotente y despreciado. Sin embargo, no podía detenerlo allí, porque no pudo identificarle como sujeto propio, tampoco encontró en Él un lazo de parentesco alguno. Al revés, ocurrió lo inesperado: por la presencia de este muerto exento de pecado, se reveló la Verdad en medio de la mentira, brilló la Luz en medio de las tinieblas, se acrecentó el Amor en medio del odio, prevaleció la Vida donde reinaba la muerte. En resumen, la muerte “murió” al haber recibido a la Vida en ella; el mal se desarticuló ante el Bondadoso; el pecado desapareció ante la manifestación del Santo; el odio capituló ante la fuerza del Amor; la injusticia cedió ante la fuerza de la justicia del Señor; la mentira se disipó por la presencia de la Verdad; etc. En fin, el Señor confundió a la muerte, al diablo y al mal en su propia casa, en su propio dominio.

Si el Señor aceptó toda la injusticia y la maldad del diablo y los pecados de la humanidad a través de los siglos, y se ofreció a todos los sufrimientos físicos y morales que conocemos, sin embargo, conservó integra su comunión con Dios, y vivió así según la intencionalidad que Dios tenía en cuanto a cómo el hombre viviera en el paraíso, sin dejar que le afectara la acción maléfica del diablo y del pecado. Por ser una víctima injustamente condenada y hospedada en el lugar de la muerte, manifestó su identidad, o sea su humanidad unida a la divinidad. Por ello, en lugar de ser atado por el mal, el odio, el pecado, etc., fue Él quien los ató una vez y para siempre. Así se realizó la resurrección del Señor.

En realidad, el Señor mostró una sabiduría divina en cuanto a la salvación de la humanidad de lo que la violentaba y dominaba. La resurrección fue la finalización de la obra que había empezado con la creación del mundo. No solamente supo cómo vencer la muerte, sino también nos ofreció su victoria y nos enseñó cómo vencer en nuestro turno y vivir por la fuerza de la resurrección que nos purifica de todo pecado. Si la palabra “pascua” significa paso, estamos pues invitados a realizar el pasaje del estado de un muerto verdadero a un vivo verdadero.

¿Cómo podemos realizar ahora nuestra propia resurrección? Afortunadamente, el Señor ya la realizó a través de nuestro bautismo, donde fuimos partícipes de Su resurrección; mediante la crismación, donde hemos recibido al Espíritu Santo guiándonos en toda la verdad y la comprensión de Su palabra; y por último, por la santa comunión, donde nos unimos a su humanidad gloriosa, vencedora de la muerte. Por su obra, Él puso las semillas de la resurrección en el mundo, nos instruyó en el conocimiento de la verdad y nos habilitó a la participación de la vida eterna.

Sin embargo, estamos distraídos de nuestra salvación y nuestra resurrección. ¿Acaso el diablo no intentó distraer al Señor de su objetivo, de su providencia, de manera directa o indirectamente, especialmente después del bautismo, y luego en la cruz? ¡Cuánto más tenemos nosotros que velar la gracia que nos ha sido dada! Intenta vencerte, porque todo está en ti. En ti está el predio de lucha contra el mal, la más difícil de las luchas: resucitar del odio, de la pereza, de la vicisitud, etc., y permanecer en el perdón, la perseverancia, la virtud. Sí, hay que sacar, indubitablemente, la piedra que obstruye nuestro corazón.

No podemos estar neutrales o distraídos en la Iglesia: “El que no está conmigo está contra mí” (Mateo 12, 30). Nuestra fe en la resurrección implica asumir responsabilidades mayores, porque no podemos en adelante vivir como si nuestro bautismo fuera inoperante en nosotros. Hemos resucitado con Cristo; somos “la sal de la tierra” y “la luz del mundo” (Mateo 5, 13; 14). El mundo espera que le comuniquemos la vida de la resurrección. Estaremos en la resurrección cada vez que ofrecemos esperanza en la prueba; que nos inclinamos para lavar los pies uno de otro; que consideramos que el amor es superior a los honores y las posiciones; que la voluntad de Dios es la más querida para nuestro corazón; que unamos la mano de un arrepentido con Dios; o que llevamos nuestra cruz con alegría.

Festejaremos, pues, la Pascua si podemos ver al Hijo de Dios venciendo el pecado envuelto en nosotros, y destruyendo la muerte que nos consume. Él es nuestra resurrección hoy, no mañana; ahora, no después. La Iglesia anuncia esta victoria solemnemente y no deja de hacerlo. “¡Cristo resucitó!”.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci