El sacerdocio según San Juan Crisóstomo I

1. La grandeza del sacerdocio

El sacerdocio es un servicio (διακονία-diakonía) dado gratuitamente por Dios. Es un don celestial. Por eso, el sacerdocio es más honorable que los demás servicios o profesiones mundanas. Es un ministerio que abarca la tierra y tiene su finalidad y frutos en el cielo. Es un ministerio angélico y digno de los ángeles. La obra del sacerdote es obra de los ángeles. Por lo tanto, el sacerdote se llama ángel, pero él no habla de su propia inteligencia, sino de Dios quien lo ha enviado.
El sacerdocio no fue instituido por el hombre, tampoco por algún ángel, sino por el mismo Espíritu Santo que habla por los profetas. El sacerdocio tiene un carácter sagrado altísimo por varias razones. El poder de celebrar la divina liturgia y de ofrecer la oblación no sangrante es el privilegio más importante ofrecido a los hombres y dado a los sacerdotes. Es un privilegio que no fue dado aún a los ángeles. El poder de la absolución de los pecados (atar y desatar) es el mismo poder que fue dado de Dios Padre al Hijo, y por Él a los sacerdotes. Esos dos poderes reflejan suficientemente la dignidad y el honor altísimo de este ministerio.
Este poder fue dado de Dios Padre al Hijo porque Él es "el hijo del hombre". Esa palabra pronunciada por Jesucristo revela dos cosas. Primero, se habla de la pureza y del candor interior que vivió "el hijo del hombre" quien "se anonadó, (...) se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y la muerte de cruz" (Fil. 2, 7). De la misma manera, el sacerdote tiene que liberarse de sus pasiones y sus debilidades personales. Segundo, "el hijo del hombre" es el que conoce la experiencia del hombre en su dimensión humana sin el pecado. Él es el ejemplo de la pureza. Por lo tanto, el sacerdote es un hombre como nosotros, pero, a la semejanza del "hijo del hombre", viva exitosamente la experiencia de ser hombre gracias a la fe y la protección de la gracia divina. En consecuencia, el sacerdote conoce el interior de los hombres porque "el hijo del hombre" conoce "lo que en el hombre había" (Juan 2, 25) y experimenta cómo enterrar el viejo hombre con Cristo para resucitar también con Él. Por esas dos cosas, el poder de absolución de los pecados fue dado al sacerdote, el poder que tiene "el hijo del hombre", de atar y desatar en la tierra. El poder no es mágico. El misterio del sacerdocio necesita esfuerzo humano y santidad de vida.
¿Quién es el sacerdote?, se pregunta San Juan Crisóstomo. Es un ángel que soporta Cristo sobre su mano, habla de Él y lo sirve. Cuando el sacerdote celebra los sacramentos, él da sus manos a Cristo; cuando predica, da su lengua a Cristo. Por eso, el sacerdote tiene que ser puro como los ángeles.
Los sacerdotes son nuestros padres, tenemos que considerarlos como superiores a nuestros padres físicos. El sacerdote nos da a luz en el reino de Dios a través del bautismo, y nos alimenta por el misterio de la divina liturgia. El sacerdote realiza su ministerio por medio de los santos sacramentos, la predicación, la dirección espiritual y sus propias oraciones. De esta forma, el sacerdote no vive para sí mismo, pero sí para el que le encomendó este ministerio, por su rebaño, para estar al servicio de su iglesia. Grande es la responsabilidad de los sacerdotes, y múltiples son sus deberes ante Dios, porque Él les había dado la misión de preocuparse por las almas de los hombres. Sus deberes son infinitos en cuanto se preocupan por la salvación del mundo, y rezan para todos los hombres a fin que conozcan y que se acerquen a Dios.

2. Las condiciones del sacerdocio
El candidato al sacerdocio debe revisar toda su vida, a lo largo del tiempo pasado. Tiene que revisar todas sus disponibilidades, la corporal, moral, académica y espiritual. Si encuentra algo que le impide el ejercicio de ese ministerio, tiene que estar atento, porque la reprimenda de Dios será muy dura. Por lo tanto, no tiene que descuidar su ministerio. En general, las debilidades de los hombres y sus pecados afectan a uno mismo, o aparecen durante la noche cuando nadie lo observa y no se escandaliza. Pero, las debilidades de los sacerdotes son vistas por todos los hombres, como si fuera el mediodía, y cada una escandaliza a muchos. La responsabilidad cuenta no tanto como pecado personal del sacerdote sino en cuanto escandaliza a la multitud. En cambio, cuando la gente observa una virtud, esto constituye su apoyo y consuelo. El candidato al sacerdocio debe caracterizarse por su madurez y sabiduría, abnegación y la aptitud de darse y sacrificarse, el respeto al sacerdocio y la inclinación hacia él, la abstinencia, la cultura, la aptitud a enseñar, la salud física y espiritual, para que pueda llevar a cabo todas sus responsabilidades. Muy importantes son la edad y la piedad que posea, pero no son éstas las condiciones más importantes. La juventud no impide y la vejez no sirve; lo requerido es la sabiduría. Es seguro que hay dificultad para un sacerdote joven de adquirir rápidamente la confianza de la parroquia, pero la adquirirá con mucha fuerza cuando se afirme por su sabiduría, piedad, ascetismo, vida y obras. Además de las facultades personales, el sacerdote necesita dones de administración.
La vida del sacerdote es el motor que anima el fervor de su rebaño. La iglesia es el cuerpo de Cristo. El candidato al sacerdocio debe abocarse a que su vida y su ética no influyan negativamente en los miembros de este cuerpo. Sobre todo, el candidato debe persistir con paciencia y perseverancia en su decisión de sacrificarse, porque este ministerio es arduo y necesita mucho amor. Antes de empezar ese camino, el candidato tiene que decidir ser firme y a la vez flexible, frente a todo lo incorrecto, sea grande o no. Él se va a enfrentar gente que no ofrecen ningún servicio y no tienen ninguna responsabilidad en su Iglesia, pero no paran de quejarse, oponerse, condenar a los demás y defenderse. Critican su trabajo y su palabra, con razón o sin ella. Van a difundir que el sacerdote o el obispo hace daño a la Iglesia o roba dinero destinado para los pobres. Todos reclaman todo del sacerdote, aun más los que no ofrecen nada y no asumen ninguna responsabilidad. Por lo tanto, San Juan Crisóstomo dice que el poder del sacerdocio no sólo no ofrece alegría, sino que es una esclavitud extrema. En la práctica, el sacerdote sufre como el peor de los siervos. Eso fue un reflejo de la experiencia personal del santo padre. Por lo tanto, él sugiere que el candidato imagine previamente la grandeza de las responsabilidades y de las dificultades que lo están esperando. La pastoral de las almas, su cuidado, la organización de la Iglesia y su servicio, requieren varios dones espirituales de parte del candidato. Esto pasa en las instituciones mundanas en general, ¡cuanto más en la Iglesia de Cristo! 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci