El misterio del descenso de Cristo al Hades

Domingo de Pascua (Juan 1, 1-17)

“Muerto en la carne, vivificado en el espíritu,

y en él fue también a predicar a los espíritus que estaban en la prisión” (I Pedro 3, 18-19)

 

Si el Señor no hubiera llevado en su regazo, por su disposición salvífica, a todos los seres existentes: ésos que están presentes, aquellos que estaban y aquellos que están por nacer, no hubiese sido el Salvador del género humano. Pues Él es, sin lugar a du­das, el Creador de todos éstos, su Dios y su Salvador a la vez, y así ésta verdad está reflejada en las palabras del Apóstol Pablo: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13, 8).

Por eso, el descenso del Salvador al Hades, después de su muerte sobre la cruz, - y ésta es la morada de todos aquellos que vivieron y murieron antes de Su venida al mundo -, ha sido una obra natural, necesaria y lógica. El descenso del Salvador al Hades y la anunciación que allí se realizó, constituyen un hecho que no se puede apartar de la dis­posición salvífica del género humano.

Algunos interpretan el relato del evangelista Mateo acerca de los acontecimientos que acompañaron la crucifixión del Salvador, como si fuera una descripción dramática del des­censo del Salvador al Hades: “tembló la tierra y se hendieron las rocas; se abrieron los se­pulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron, y saliendo de los sepulcros… entraron a la ciudad santa (Jerusalén) y se aparecieron a muchos” (Mateo 27, 51-53). Él mismo habla luego de que se produjo un gran terremoto (28, 2), como si estuviera relacionando la muerte de Cristo con su resurrección. Pues el terremoto es una señal de una manifes­tación divina a la manera de las manifes­taciones de Dios en el Antiguo Testamento. La ilustración de Mateo de ambos acontecimientos manifiesta que Cristo sobre la cruz y Cristo en el sepulcro es un ser victorioso y no una víctima.

Por otra parte, el apóstol Pedro describe este mismo misterio al decir: “Muerto en la carne, vivificado en el espíritu, y en él fue también a predicar a los espíritus que estaban en la prisión” (I Pedro 3, 18-19). Y esto quiere decir que estando en el sepulcro por su cuerpo, descendió al Hades por el espíritu durante su muerte por tres días. Entonces, allí, en el sepulcro hay un cuerpo muerto y en el infierno un alma viva. Pedro, en su sermón en el día de Pentecostés, había aclarado este asunto, citando al salmo: “Porque Tú no abandonarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo experimente la corrupción” (Hechos 2, 27; Salmo 15(16), 10) afirmando con esto el descenso del Salvador al Hades, por su espíritu humano, mientras su cuerpo, luego de su muerte, permanecía en el sepulcro.

La Tradición Eclesiástica está de acuerdo con la Biblia acerca de esta ense­ñaza. San Irineo dice: “Cristo se sometió a la ley de la muerte para hacerse el primogénito de los resucitados de entre los muertos, y quedó hasta el tercer día en lo más profundo de los abismos de la tierra”. Mas, san Atanasio ‘el grande’ dice: “La cuerpo de Cristo llegó al se­pulcro, pero su alma había descendido al Hades. Pues Él había depositado a su cuerpo donde se disuelve el cuerpo del hombre, pero su alma, en donde el alma del hombre la encadena la muerte. Como hombre, Cristo no quedó lejos de la muerte, a fin de destruir como Dios, el señorío de la Muerte; pues, en donde fue sembrada la corrupción, allí brota la incorruptibilidad”.

Cristo acompañó su descenso al Hades con el anuncio del Evangelio que Él pre­dicó sobre la tierra. Pues el evangelio y la salvación son los mismos para todo hom­bre, los que están sobre la tierra y los que están en el Hades, según lo expresado por el apóstol Pedro. Cristo había predicado por un alma sin su cuerpo a las almas (en el Hades) sin cuerpos. El espíritu del Salvador no ha sido por deferirse de las almas de los hombres en el Hades, salvo por Su unión con Su divinidad. Pero en como ha sido la comunicación o el entendimiento entre el alma de Cristo y las almas de los muertos es un asunto que igno­ramos. No cabe duda que con la ausencia de la mediación del cuerpo, las almas go­zaban de un sentido de entendimiento más fluido y más transparente de que cuando es­taban en el cuerpo. Entonces si la predicación del Señor sobre la tierra duró tres años, pues en el Hades no ha sido necesario más que tres días, puesto que las almas de los muertos han sido preparadas por el Precursor Juan el Bautista, según lo ex­presado acerca de esta verdad en el Tropario (el himno) del Precursor: “…había anun­ciado, a aquellos que moraban en el Hades, a Dios apa­recido en la carne, que quita el pe­cado del mundo, concediéndonos la gran misericordia”. El Salvador no descartó a nadie de la predicación, ni aún a los más pecadores, así como lo aclara el apóstol Pe­dro; pues la evangelización abarcó además a los que padecieron en el diluvio a causa de sus múltiples maldades (I Pedro 3, 20).

No cabe duda que las almas en el Hades estaban libres en responder a la predica­ción del Salvador, negativa o positivamente, en rechazar o en aceptar. Pues si las al­mas en el Hades han sido privadas de la posibilidad de elección, ¿qué significara, pues, el descenso del Salvador a él y su predicación allí, puesto que resulta, no de una elección humana, sino por imposición?

En el Sermón del día Viernes Santo, san Juan Crisóstomo dice: “Hoy, el Salvador marchó en todos los rincones del Hades; hoy quebrantó las puertas de bronce y rompió sus cerrojos de hierro (Isaías 45, 2). ¡Qué exactitud de descripción! No dijo ‘había abierto las puertas’, sino las quebrantó, para afirmar que ha dejado a sus puertas inutilizables nuevamente; y no dijo ‘retiró los cerrojos’, sino los quebrantó, para afirmar que la vigilancia del lugar ya es imposible. ¿Es posible pues, aprehender a alguien en una cárcel sin puertas, o detrás de unas puertas sin cerrojos? Mas, si Cristo ha sido Él que las destruyó, ¿Quién, pues, podrá repararlas? El objetivo aquí es poner límite a la muerte. Las puertas de bronce son una imagen de la dureza de la muerte y su cruel­dad. Mas ahora que había brillado la luz en el Hades, el Hades se ha devenido en cielo”.

Por esto, el icono del “Descenso de Cristo al Hades” en la iconografía bizan­tina ilustra la representación del testimonio “teológico” del acontecido y expresa el significado profundo de la Resurrección. Y nosotros también somos un ícono vivo de la Resurrección de Cristo en nosotros y la veracidad de Su descenso al Hades de nuestra vida y nuestros pecados. Por lo tanto todos exclamamos: ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci