El fin que se aproxima

Domingo 6 de la gran cuaresma – Domingo de los Ramos (Juan 12, 1-18)

“Seis días antes de la Pascua”

Entre Betania y Jerusalén, y en el intervalo que separa la resurrección de Lázaro y la Pasión de Jesús, todo está yendo hacia un fin.  

El mismo tiempo llega a un fin. No está calculado como una sucesión de partículas de tiempo, donde una partícula sigue la otra, sino, por lo que está pasando en Betania y por su culminación, luego en Jerusalén. El tiempo de la larga preparación, en el Antiguo Testamento, está entregando su lugar al tiempo del triunfo y el cumpli­miento de esta preparación. De hoy en adelante, el tiempo está siendo calculado desde el fin que se aproxima, pues de inmediato la cuenta regresiva comienza “seis días antes de la Pascua”.

Las profecías también llegan a su fin. Todo lo que ha sido predicho, está siendo ahora cumplido: “Cuando Jesús fue glorificado, entonces recordaron que de Él estaban escritas todas estas cosas que ellos le habían hecho”. El Reino prometido está por ser establecido. El tiempo de la historia de Israel está acercándose a su mismo fin. Ahora, es el tiempo del Re­ino de Dios cuya presencia ha sido proclamada por la muchedumbre - aunque es una pro­clamación motivada por aspiraciones terrenales: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nom­bre del Señor, y  el rey de Israel!”.

Por último, pero no por ello de menor importancia, la muerte llega a un fin. Sá­bado, en Betania, “el último enemigo”, es decir la muerte (I Corintios 15, 26), está so­metida a la muerte, “cuando Jesús llamó a Lázaro del sepulcro y le resucitó de en­tre los muertos”. Es una anticipada prueba de la última victoria sobre la muerte que ocurrirá en el día de la crucifixión y de la resurrección. Ya, desde el día si­guiente, domingo, con la entrada de Jesús en Jerusalén, se proclamó este triunfo por el grito: “¡Hosanna!”. Es el inicio de la lucha mortal entre la vida y la muerte, cuya ‘vista previa’ había sido presentada en estos dos días.

En este ambiente, la verdad está siendo revelada. En la tensión extrema que está ocurriendo en esta lucha, nada puede esconderse. Se puede obser­var un gran contraste. Una multitud de reacciones, conductas e intenciones se descubren. Estas varían en intensidad y en orientación. Es una va­riación que sigue la tensión de estos días, una tensión que está por incre­mentar hasta alcanzar su punto culminante y su fin.

Si se emprende un esfuerzo por analizar estos elementos, indudablemente, se revelará una variedad de categorías de la recepción de los hombres con relación a Jesús, como está por cumplir su obra de salvación en Jerusalén. Según lo relatado en el Evangelio del Domingo de Ramos, ¿cómo los hombres recibieron a Jesús?

En Betania, Simón, el leproso, ofreció la cena (Mateo 26, 6); Lázaro participó de la misma y su presencia ha devenido en  una ‘señal’ de la victoria de Cristo sobre la muerte; Marta proporcionó el servicio de la mesa; María ofreció el “perfume muy caro” y lavó los pies de Jesús con su pelo; Judas consideró traicionar a Jesús y condenó la acción de María; allí mismo a la entrada en Jerusalén, los discípulos pusieron sus mantos sobre el asno (Mateo 21, 6) y mostraron confusión y falta de conocimiento; la gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino (Mateo 21, 8) y las ramas de los árboles de palma, y gritaron la alabanza triunfal; los sumos sacerdotes deliberaron conspirando para matar a Jesús y también a Lázaro.

Poniendo orden para con esta diversidad de elementos contradictorios, uno es conducido a un entendimiento más profundo del espíritu de los eventos que están ocurriendo. A pesar de lo luminoso y festivo del carácter de las dos recepciones de Jesús - la del sábado en Betania y la del domingo en Jerusalén - una anticipación de la Pasión de Cristo, del sacrificio voluntario y de muerte salvadora, está percibiéndose. Una indicación de los próximos acontecimientos, en realidad, es discernible.

No teniendo en cuenta la intención de María, su acción de derramar el ungüento ha sido elogiada por Jesús como evidencia de su propia victoria sobre la muerte, más aún, como un hecho que ha de acompañar la predicación del Evangelio (Mateo 26, 13). Las mujeres portadoras del bálsamo, en el día de la Resurrección de Cristo, perderían esta oportunidad de ungir el cuerpo de Jesús, como ha sido la costumbre judía, porque, en aquel entonces, Él se habrá resucitado. La ocasión presente es, de hecho, la última proporcionada a ellos. Desde que el ungüento ocurrió antes de que Jesús esté llevado a la muerte, esta acción, asombrosamente, anuncia la Resurrección de Cristo que ha de llegar.

Sin embargo esto parece ser paradójico, la perversidad antes de la Pasión se mezcla con la alegría que se manifestó en estos dos luminosos días. Porque, por un lado, Judas está considerando traicionar a Jesús; por el otro lado, los sumos sacerdotes estaban maquinando para dar muerte a Jesús, y para destruir la evidencia de su fama actual, es decir matar también a Lázaro. 

En la efervescencia de la alegría presente y la violencia venidera, la figura de Jesús imperceptiblemente aclara los eventos que están ocurriendo, y los señorea con una presencia que, en verdad, se encuentra sólo en Él. Aunque Él acepta los honores hechos en consideración a su persona -es decir la cena de Simón el leproso, el acto de ungir de María, la recepción de la muchedumbre y su alabanza-; ¡Su Mente, en efecto, está pensativa en el tiempo de la gloria por venir, es decir Su Pasión! ¡Porque, alabando a María por su acción, Él habla con relación al día de su entierro; y cuando fue aclamado por la muchedumbre como un Rey, Él entra en la ciudad sobre un asno - como si Él estuviera siendo ‘entronizado’ en él-! ¡Llena el ambiente de una variedad de divinas “fragancias”; con la “fragancia” de la humildad, pues viene montado en un asno; con la “fragancia” de mansedumbre, pues siendo alabado o a punto de ser traicionado, Él permaneció tranquilo, dirigiéndose constantemente hacia el cumplimiento de la voluntad del Padre Celestial (vea a Juan 17, 4); y con la “fragancia” de la paz, pues el Rey que está entrando prefiere, para reinar, no matar sino ser matado!

Al aproximarse, el fin nos convoca. Si, justo después de Su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús lloró por ella - porque la santa ciudad Lo rechazó así como a su mensaje también (Lucas 19, 41) - ¿que sería su reacción para con la recepción que nosotros Le estamos preparando con relación a su entrada en nuestros corazones? ¿Habría Él de llorar por nuestra falta de arrepentimiento y dureza de corazón; o por la ambigüedad de nuestra actitud al recibirlo, una vez exclamándole: “¡Hosanna!”, y poco después gritar furiosamente: “¡Sea crucificado!” (Mateo 27, 22)?  

Cualquiera sea nuestra conducta, no perdamos nuestra serenidad. Estemos atentos a nuestro arrepentimiento. Porque, sólo al final, los discípulos pudieron entender lo que pasó al principio; sólo cuando Jesús fue glorificado (Juan 12, 16). Recibamos, pues, ávidamente, con el debido arrepentimiento, a Cristo que viene a nosotros, teniendo en nuestra mente lo que está escrito: “No temas, hija de Sión; he aquí  que viene tu rey”.Amén.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci