El camino apostólico para la unión de los herederos

Domingo 7 de Pascua – Domingo de los Santos Padres del 1er Concilio Ecuménico (Juan 17, 1-13)

“Padre Santo, guarda en tu nombre a estos que has dado, para que sean uno como nosotros”

En el domingo que se sitúa entre la Ascensión de Cristo y el Pentecostés, la Iglesia celebra la memoria de los Padres del Primer Concilio Ecuménico (325 Ad.) quienes establecieron la primera parte del Credo: “Creo en un solo Dios…”. En la lectura del evangelio de hoy, en su oración antes de su Pasión, Jesús pone énfasis en la unidad entre los apóstoles: “Padre Santo, guarda en tu nombre a estos que has dado, para que sean uno como nosotros”, previendo en otro lugar las acciones adversarias del diablo: “Satanás os busca para echaros como trigo” (Lucas 22, 31), subrayando la gran prueba del escándalo a que serán sometidos: “Todos vosotros os escandalizaréis de mi esta noche, porque escrito está: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas de la manada” (Mateo 26, 31).

Es oportuno saber cómo los discípulos reaccionan al pedido de Cristo y su advertencia. De hecho, ellos no prestaron la debida atención. Pedro afirmó de manera arrogante que él lo seguirá: “no sólo a la prisión, sino a la muerte” (Lucas22, 33). De la misma manera, los otros discípulos afirmaron que preferirían morir en lugar de negarlo (Mateo 26, 35). En consecuencia, frente a la valentía inmadura de sus discípulos, Cristo puntualizó a Pedro su carencia de fe revelando: “que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme” (Lucas 22, 34). Pero al mismo tiempo, le aseguró su oración a su favor, y le invistió de la misión de reunir a los discípulos después de su caída en la prueba: “yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lucas 22, 32).

En efecto, los evangelios cuentan cómo los apóstoles, por su inadvertencia y su convicción en sí mismos, huyeron en el momento de la detención de Cristo en el jardín, cómo Pedro negó a Cristo tres veces, y por último, cómo Judas se dejó ser como un peón para los proyectos de Satanás y de los sumos sacerdotes y se ahorcó (Mateo 27, 5).

Entonces los apóstoles experimentaron lamentablemente el amargor de la división, de la traición y de la negación. Sin embargo, la oración de Jesús a favor de Pedro dio un vuelco a la situación. Pedro se arrepintió profundamente y asumió su rol entre sus hermanos apóstoles después de la Ascensión de Cristo.

Esa experiencia dura, pero exitosa, de la familia apostólica no se apoderó de la Iglesia a través de los conflictos y situaciones que tuvo que enfrentar por sus debilidades, sino la fortaleció en el poder de la oración de Cristo y de su amor hacia nosotros. Si la familia apostólica conoció la división y después la unión, ¡cuanto más nosotros también! Es cierto que la función más difícil en la Iglesia es lograr la unión. Por lo tanto, la historia de la Iglesia afirma cómo los Padres de la Iglesia que festejamos hoy, defendieron la unión de la fe, estableciendo la paz en la Iglesia y recomendando el ejercicio del amor.

A través de una lente histórica, nos vemos también siguiendo el mismo camino frente a nuestra realidad. En efecto, los Santos Padres nos transmitieron la rectitud de la fe y de la tradición eclesiástica verdadera por nuestros antepasados y abuelos quienes tuvieron esa semilla como herencia capital. Ellos invirtieron esa herencia en una obra maravillosa, la de la construcción de las iglesias, como especialmente aquí en Argentina. Demostraron no solamente la unión en la fe con los Santos Padres sino también entre ellos, por el sacrificio, la privación y la voluntad para construir su Iglesia como espacio concreto de su unión y de su fe.

Nosotros somos herederos suyos y nos preocupamos como permanecer unidos con ellos, con los Santos Padres y también con nuestros antepasados. En ese sentido, nuestra esperanza es grande por tener su basamento en la oración y la recomendación de Cristo de unirnos. Ella se logra naturalmente, por una parte, guardando la fe que nos enseñaron y transmitieron, y por otra parte, participando de la iglesia que construyeron y nosotros tenemos la misión de sustentarla con nuestro esfuerzo continuo. Es un compromiso que vivimos en la divina liturgia donde recibimos la paz de Dios, vivimos su amor y concretizamos nuestra unión, como así también nos expresamos a través de una actitud de buena voluntad colaborando en las instituciones y las comisiones de la Iglesia. Nuestro compromiso refleja nuestra responsabilidad y nuestra preocupación, y ese accionar nos unen también con todos aquellos que nos precedieron. Por eso, no podemos excusarnos de ese honor, tampoco dejarlo de lado o a otros. Es un compromiso que nos lleva a la alegría que Jesús prometió en la continuidad de su oración para la unidad, cuando dijo: “hablo éstas cosas en el mundo para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos”.

Ojala sigamos la recomendación de nuestro Señor para la unidad y disfrutemos pues de la alegría que reserva a aquellos que luchan para mantenerla. Amén.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci