El ascenso a Jerusalén

Domingo 5 de la gran cuaresma – Domingo de Santa María egipcia (Marcos 10, 32-45)

 “Subiendo a Jerusalén…”

En este último domingo de la cuaresma, y antes de ingresar a la Semana Santa, nuestra Iglesia lee el pasaje del evangelio donde el Señor está ascendiendo por última vez hacia Jerusalén en ocasión de su pasión, acompañado por sus discípulos. Además, la Iglesia conmemora en este día la figura de una gran santa, María egipcia (+522), una madre de la penitencia.

La lectura del evangelio y la vida de santa María se entrecruzan en un punto muy particular: en el modo cómo se dispusieron en el ascenso a Jerusalén, tanto los discípulos, como cinco siglos después María, la egipcia. En ambas casos, no tuvieron la actitud propicia para entrar en la Ciudad Santa. En efecto, cuando subía el Señor a su pasión, dos de los discípulos, Santiago y Juan, pidieron a Cristo sentarse a su derecha y su izquierda en su gloria, a pesar de que el Señor les había predicho un rato antes que Él iba a ser condenado, azotado y crucificado, y que al tercer día iba a resucitar. Los restantes diez apóstoles se enojaron con sus hermanos. El Señor aprovechó dicha oportunidad para enseñarles acerca de la incompatibilidad entre servir y dominar: “El que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos”. 

Por otra parte, santa María era prostituta desde su adolescencia, sin embargo deseaba postrarse ante la Santa cruz del Señor. A tal efecto, viajó de Alejandría a Jerusalén con otros peregrinos, pero sin abandonar el ejercicio de su profesión pecaminosa, incluso con los mismos peregrinos. Llegando a la puerta de la Iglesia de la Resurrección, una fuerza invisible le impidió la entrada. En realidad, había llegado el momento para que tomara conciencia tanto de su vida como de su conducta pecaminosa. Pidió a la Madre de Dios que intercediera por ella, para que, postrándose ante la Santa Cruz, pudiera dedicar el resto de su vida a un sincero arrepentimiento. Cuando su deseo fue atendido, realizó dicha promesa. Se fue a vivir al desierto del Jordán, viviendo en ayuno y oración, por un período de aproximadamente cinco décadas.

Tanto los discípulos como María entendieron que no se pueden subir a Jerusalén para participar de la pasión del Señor y de su resurrección con una doble actitud o una doble disposición. Ser discípulo de Cristo significa ser siervo de los demás. Dominar es el esquema que rige las relaciones en el mundo, mientras que la entrega y el sacrificio son las huellas de identidad de quienes están al servicio del evangelio. Por otra parte, María vivía la ambigüedad de tener en su corazón dos deseos incompatibles: el ejercicio de la prostitución y el anhelo de postrarse. Pero, santidad y pecado no tienen nada en común; deseos santos y deseos pecaminosos hacen que, dentro del mismo corazón, donde  anidan, se viva en un verdadero infierno, ya que uno construye mientras que el otro destruye.

Pretender cultivar actitudes o deseos opuestos al mismo tiempo es una hipocresía, y una actitud ilusoria insostenible. Servir y dominar, prostituirse y postrarse, etc., son actitudes que muestran una inmadurez espiritual y señalan la necesidad imperiosa de arrepentirse. Si, por ello, los hombres se dejan engañar a sí mismo o a los demás, sin embargo, Dios no se puede engañar. Nos engañamos cuando nos ilusionamos que estamos tan cerca de Dios, mientras que estamos tan lejos de Él.

Para llamar la atención a este peligro tan sutil y destructor, el Señor usó la parábola de los dos hijos (Mateo 21, 28-32): un hombre que tenía dos hijos pidió al mayor que fuera a trabajar en la viña. En una primera instancia, el mayor no aceptó, luego se arrepintió y fue. Del mismo modo, el hombre habló al segundo, pero, este, a pesar de aceptar irse, no fue. Esta parábola fue la última que dijo el Señor antes de su pasión, como si fuera su Testamento, su última palabra hacia nosotros, a los que pretenden ser hijos pero no se comportan en realidad como hijos; pretenden muy respetuosamente aceptar hacer Su voluntad, pero no la hacen; pretenden disponerse para el evangelio y la realización de los mandamientos, pero la sustituyen por un cierto respeto verbal y una cierta conducta moral, que satisfagan su conciencia, mientras que excluyen a Dios de su vida. Por ello, el Señor concluyó la parábola con la afirmación categórica dirigida a los judíos que “los publicanos y las prostitutas os preceden en el reino de Dios”. 

Así, entre las dos maneras de responder al Señor, el cambio positivo ocurre por dos razones: primero por la existencia de una sed interior, de una necesidad y una búsqueda, y segundo, por la revisión de su propia actitud. De estas razones nace el arrepentimiento de las prostitutas y de los publicanos. Respondieron a la llamada del Señor por haber sentido y experimentado que alimentaban sus pasiones de manera equivocada, y que existe la posibilidad de redirigirlas de la vicisitud hacia la virtud. Ese camino siguió el primer hijo de la parábola, los discípulos, María, las prostitutas y los publicanos, y encontraron al Resucitado en su corazón. Resucitaron con Él.

Ahora que amanecerá la Semana Santa, ¿con qué disposición acompañaremos a Cristo? ¿Acaso nuestro corazón está tirado entre disposiciones contradictorias: odio y amor, egoísmo y entrega, rencor o perdón, etc.? ¿Acaso no tenemos conciencia de esta actitud esquizofrénica?

Aprovechemos, pues, de este tiempo restante para prepararnos adecuadamente, así nos asemejaremos a María, la egipcia, quien, después de cuarenta siete años de ayuno y de oración, pidió a Padre Zosima que le llevara la Santa Comunión. Pues es así que Cristo resucitará en nosotros. Amén.

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci