El arrepentimiento de María

Domingo 5 de la gran cuaresma – Domingo de Santa María Egipcia (Marcos 10, 32-45)

 “Le condenarán a muerte… pero a los tres días resucitará”

El quinto domingo de la gran cuaresma conmemoramos a una gran arrepentida, Santa María Egipcia (+522), quien, desde sus doce años, ejerció la prostitución por un período de diecisiete años. Sin embargo, a lo desmedido de su pecado correspondió un arrepentimiento sin igual. El punto de su conversión fue su peregrinar de Alejandría a Jerusalén, para venerar la Santa Cruz del Señor. Providencialmente, María fue detenida en el umbral de la Iglesia de la Resurrección como si fuera a través de una mano invisible, cada vez que lo intentaba se veía imposibilitada de hacerlo, mientras que la gente entraba sin ningún inconveniente. Allí entendió que no se pueden mezclar esta intención santa con sus deseos pecaminosos y su conducta impropia. Pidió, pues, a la Madre de Dios su socorro, entró a la Iglesia, veneró la Santa Cruz, y, según su compromiso dado a la Virgen, se fue al desierto del Jordán y ahí estuvo cuarenta y siete años en soledad, rezando y ayunando.

¿Por qué la Iglesia, casi al fin de la cuaresma, nos presenta el ejemplo de tan gran prostituta para llamarnos a un arrepentimiento radical? Cabe aclarar que nada en la Biblia indica que la prostitución sea el mayor de los pecados, ya que el orgullo lo es. Sin embargo, la actitud del pueblo del Antiguo Testamento asociando otros cultos al culto del Dios verdadero fue considerada como una actitud de prostitución. En este sentido, todo pecado transforma a quien lo comete en relapso prostituido, o sea un traidor de la comunión y de la relación con el único novio, con Dios.

En realidad, cada uno de nosotros es una María Egipcia, por cometer éste u otro pecado, y, a pesar de vivir en la Iglesia, tenemos muchos pecados que conocemos uno por uno. Es cierto que no tenemos que dejar el mundo, pero sí, dejar nuestros pecados. María tuvo un deseo carnal que no se satisfacía. No practicaba la prostitución por dinero alguno. Era cristiana desde su niñez, y en su alma se mezclaban su identidad cristiana y la desgracia de su conducta. Mientras estuvo en Egipto, no intentó dejar esta actitud esquizofrénica de su conducta, sino transformarse en peregrina en la Tierra Santa, dando su propio cuerpo a los peregrinos que viajaban con ella. No era conciente de su propia actitud ambivalente; la vivía. Después que su corazón fue secuestrado por Jesús en la Iglesia de la Resurrección, jamás miró hacia sus pecados, nunca volvió a extraviarse ni a sucumbir en sus pecados oprobiosos de su juventud. Desde entonces sus ojos miraban solamente al Señor. Luego, ella se volvió Su ícono.

El ejemplo de esta mujer es muy didáctico y nos invita a reflexionar sobre algunas conclusiones. Una primera conclusión es que no hay pecado que no se pueda perdonar, ni pecador que no pueda arrepentirse, tampoco pecado alguno que sea mayor que la misericordia de Dios. Esta misericordia purifica de todo pecado a quien se confiesa sinceramente y se arrepiente. La misericordia de Dios incentiva al potencial del bien en nosotros y expulsa toda trasgresión. Solo la luz del perdón persiste.

Una segunda conclusión es el valor de la determinación de dejar atrás el viejo hombre y vestirse del nuevo, de Cristo. El Señor es nuestra plenitud y llena nuestro ser. No hay que tener hesitación alguna, ni asociación con sus enemigos, tampoco permanecer en las tinieblas. Dudar en la misericordia de Dios, o vacilar en elegir entre la atracción del pecado y el rostro del Señor destruyen nuestro esfuerzo.

Una tercera conclusión es la aptitud de cambiar y redirigir las pasiones pecaminosas en pasiones santas. María cambió el fuego de la pasión por el fuego del amor divino. Lo importante es cambiar de preocupación: Dios es nuestra preocupación por excelencia, no las pasiones. Este es posible si te quemas por el amor divino, y cuando luchas espiritualmente con muchas derrotas hasta que triunfe la gracia en ti. La cuestión no se termina con decisiones repetitivas de tu voluntad. La conversión se realiza cuando estés convencido de que Jesús es todo para ti, y que Él merece todo sacrificio de tu parte, y que Él es la alegría. No te puedes convertir basado en meros conceptos, como el concepto de la castidad, de la humildad o del amor, pero sí, puedes elegir vivenciar la castidad como una nueva realidad en ti, como así también a la humildad y el amor. El arrepentimiento no es únicamente una negación del mal, sino una redirección del potencial humano hacia el bien y una asimilación del poder vivificador de la gracia. Es un emprendimiento positivo y una recuperación de nuestras capacidades que estuvieron secuestradas y destruidas.

Tenemos pocos días para recibir a la Semana Santa. El domingo de los Ramos anuncia la entrada con el Señor a Jerusalén, a la ciudad de la paz, la paz del alma, una paz sin complacencia con cualquier pecado, sea prostitución, mentira, robo o cólera. Si llegamos a Su luz, entonces la fiesta de la resurrección estará dentro de nosotros. En cambio, si insistimos permanecer en nuestros pecados, la fiesta llegará pero sin la presencia de Cristo en nosotros. Bienaventurado, pues, quien puede vivir como si él fuera cada día dentro de la Pascua. Amén.

 +Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci