El amor de María

Domingo 5 de la gran cuaresma – Domingo de Santa María egipcia (Marcos 10, 32-45)

“Subimos a Jerusalén…”

María la egipcia (+522) es una figura que la Iglesia conmemora especialmente el quinto domingo de la cuaresma, aunque su memoria se festeja el 1º de abril. La razón de tal conmemoración es debido a la repercusión inmensa que tuvo la vida de esta santa en el mundo cristiano en oriente.

Bautizada en su niñez, prostituta en su adolescencia, arrepentida inigualable en su adultez, tal fue el modo de transitar su camino. A los diez y siete años de prostitución correspondieron cuarenta y siete años de arrepentimiento. De la vida mundana larga, de la concupiscencia y los placeres, María se fue a vivir en oración y ayuno en el desierto del Jordán.

¿Cómo se puede explicar este cambio radical en la vida de María egipcia? De la historia de su vida que escribió san Sofronio (+638), Patriarca de Jerusalén, sabemos que ella se fue de Alejandría a Jerusalén para postrarse ante la Santa Cruz del Señor en la Iglesia de la Resurrección. La gracia de Dios llegó a ella mientras que ella intentaba infructuosamente entrar en la Iglesia sin poder lograr su objetivo. Desde el abismo de su pecado y de su insensatez, reconoció el pudor de la gracia, la belleza del Señor, y el amparo de la Madre de Dios. Entonces, se abandonó a la intercesión de la Virgen para poder concretar su deseo de besar la santa Cruz. Luego, cumplió con su promesa. Se retiró al desierto del Jordán. Enfrentó sus pasiones pecaminosas durante diecisiete años, luego accedió a la paz debido a la morada de la gracia en ella.

¿Qué le empujaba a María para quedarse en el desierto del Jordán por casi cinco décadas en extrema soledad? Podemos encontrar el motivo en el evangelio. En efecto, mientras que el Señor cenaba en la casa de Simón el fariseo (Lucas 7, 36-50), una mujer pecadora se acercó a Él, bañó sus pies con sus lágrimas y los ungía. En respuesta al escándalo que sentía el anfitrión por la conducta de Jesús con los pecadores, el Señor le dijo: “Un prestamista tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios; el otro, cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, se lo condonó a ambos. ¿Quién, pues le amará más?”. Simón contestó a Jesús: “Supongo que aquel a quien condonó más”. Y el Señor le anunció: “Le son perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho”.

Entonces, la motivaba a Maria el amor que había encontrado en la puerta de la Iglesia de la Resurrección. Al ingresar a la iglesia, sintió la misericordia de Dios que la envolvía. Haber sido perdonada después de tantos años de infidelidad, de vida pecaminosa, de concupiscencia, fue para María una revelación increíble. Quizás su corazón cantaba: “¡Cuán poderosa es la gracia de la resurrección de la gracia del Señor! ¡Cuán misericordioso es nuestro Señor! ¡Cuán transformador es su poder de desatar nuestros pecados! ¡Cuán precioso es el hombre para Dios! ¡Cuántas maravillas puede el hombre hacer por la gracia de Dios! ¡Cuán majestuosa es la gracia del arrepentimiento!”.

A la misericordia de Dios pueden corresponder dos actitudes por parte del hombre. Quien ha sido poco perdonado, no tiene que estar tan agradecido. Pero haber sido poco perdonado significa que no se arrepintió, y no trató de aprender los mandamientos, ni vivir realmente una vida cristiana. En cambio, quien se invirtió en lo que se le había otorgado, entiende lo mucho que le fue perdonado. El agradecimiento es la respuesta que se espera después de haber sido perdonado.

Por ello, no hay una tercera alternativa: o estar agradecido por cuanto Dios ha hecho, o no sentir ningún agradecimiento, porque no hay tanto para agradecer. Sin embargo, cada uno, cada uno sin excepción, ha sido perdonado con creces. Asimismo, debe amar mucho. Cuando alguien sabe qué lo que el Señor ha hecho por él, amará con creces; pero, cuando el hombre es indiferente, está lleno de orgullo, etc., ¿cómo pues puede amar? No tiene espacio en su corazón para amar. Su atención está dirigida hacia otro ídolo, otra preferencia.

El secreto de la conversión de santa María se halla en este agradecimiento que albergaba en su corazón hacia su Salvador. La labor de tantos años fue motivada por este amor y este agradecimiento. Es una labor de una fidelidad preciosa para la Iglesia.

Si la Iglesia propone a María como ejemplo de arrepentimiento, esto significa una doble verdad: nadie puede decir que ha sido tan pecadora como ella, y que no se puede arrepentir, pero también, nadie puede pretender tener un arrepentimiento tan grande como ella. Por ello, si no nos arrepentimos, no vamos a ver nuestra salvación. Tampoco es posible tener un arrepentimiento a medias, porque hay que erradicar la raíz de los pecados en nosotros. La mejor actitud que podemos tener es de no escuchar al mundo, sino a la voz de su conciencia: seguir el ejemplo de santa María, arrepentirnos y quedarnos fieles a Su misericordia. Amén.

 +Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci