Desafíos de los obreros de la paz

Domingo 6 de la gran cuaresma – Domingo de los Ramos (Juan 12, 1-18)

“Bendito el que viene en nombre del Señor”

Hoy celebramos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén en el último domingo que precedió a su pasión. Por haber resucitado a Lázaro de entre los muertos el día anterior, la muchedumbre salió al encuentro de Jesús con mucho entusiasmo y lo saludó gritando: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Por esas palabras, los judíos expresaron la culminación de toda la expectativa del Antiguo Testamento en relación con la llegada del Mesías para reinar en Jerusalén cuyo nombre significa la ciudad de la paz.

Aunque el pueblo judío estaba preparado para recibir su Salvación a partir del trabajo de los profetas del Antiguo Testamento, el entusiasmo que se expresó en ese domingo de los ramos, como le llamamos en la Iglesia, no era verdadero. En realidad, la muchedumbre cambio su entusiasmo y su expectativa en pocos días, el viernes Santo, cuando exclamaron: “Crucificadle”.

¿Cómo el Señor realizó la expectativa del Antiguo Testamento? Él entró como Rey de la Paz en la ciudad de la paz y recibió el grito entusiasmado del domingo de los ramos como así también la exclamación ingrata del viernes santo con un espíritu de paz. Además, Él interpretó la inestabilidad en la posición del pueblo como señal de su inmadurez espiritual y como manifestación de su ignorancia. Por lo tanto, el Señor rezó en la cruz diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).

Para remediar la inmadurez espiritual de alegría del domingo y de odio del viernes, Jesús debió perdonar al pasado para construir la paz en el presente. Por ambos actos, Él quería establecer la verdadera ciudad de la paz, la nueva Jerusalén, la Iglesia, y mostrar con su ejemplo la manera de realizarla en un espíritu de paz. Además, por medio de sus apóstoles, Él entregó su obra pacificadora a la Iglesia.

Desde entonces, la Iglesia es el lugar, o mejor dicho, la ciudad de la paz, donde la paz tiene la forma de la cruz, eso es una paz a nivel vertical entre Dios y sus hijos, y una paz a nivel horizontal entre los hombres. Allí se trabaja la pacificación de las almas y la edificación de la paz comunitaria.

La particularidad de la Iglesia como familia nos ayuda a buscar la manera de ser ciudadanos de la Iglesia con una madurez espiritual tanto a nivel personal como a nivel comunitario. La familia no se puede construir sin cultivar una disposición interior positiva. La mejor disposición es la confianza. La confianza es la garantía para mantener el vínculo de la paz en un contexto comunitario. Pero cada comunidad tiene su propia historia, a veces dura e injusta. Mantener la confianza parece un desafío que no se puede ganar sin superar la decepción y la animosidad. Abrir una página nueva en una comunidad significa, en términos prácticos, perdonar al pasado, a la historia que nos duele tal vez, en una orientación que no se fije en el pasado sino que mire al futuro, en una expectativa de esperanza.

Cambiar de una actitud de suspicacia a la confianza, de la decepción a la esperanza y de la animosidad al perdón es una señal de madurez espiritual. Ese cambio nos habilita a llegar a la ciudad de la paz, y después a obrar con un espíritu de paz para mantener el vínculo de la paz entre nosotros.

En conclusión, recibir al Rey de la paz en su Iglesia nos guía a asumir nuestra responsabilidad y nos inspira para ir hacia un futuro lleno de esperanza, por la paz que Dios quiere abundantemente dar a sus hijos. Nosotros, como hijos de la paz, mensajeros de la paz y obreros de la paz, exclamamos: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Amén.

+Metropolita Siluan

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci