¿Qué vemos cuándo contemplamos el Icono de la Resurrección?

Introducción

Muchas personas quedan fascinadas cuando entran en una Iglesia Ortodoxa y ven las imágenes sagradas que forman parte no sólo de la arquitectura, sino también de la liturgia y de la fe cristiana ortodoxa. Y por lo general, son pocos los que llegan a descubrir el misterio y la gracia que los íconos portan, además de las profundas y ricas enseñanzas que nos transmiten acerca de la fe y que nos transportan al Dios todopoderoso, Creador del cielo y la Tierra.

El icono de la resurrección forma parte del conjunto de representaciones de nuestra fe que ya desde los primeros siglos ha aparecido dentro de la comunidad cristiana. En principio, los primeros cristianos representaban la resurrección con la imagen veterotestamentaria del profeta Jonás saliendo del vientre de la ballena. Sin embargo, en el siglo III aparecen la representación del acontecimiento relatado en los evangelios acerca de aquellas mujeres miróforas que muy de madrugada fueron al sepulcro y encontraron un Ángel que les dijo: “Él no está aquí” (Mc 16:1-8) Este ícono, ha quedado relegado su uso al domingo en el que se conmemora a esas santas mujeres, primeras testigos de la resurrección de Jesucristo.

Mar tarde aparecerá el ícono que representa el descenso de Cristo al infierno, el cual es comúnmente usado en la Fiesta de la Pascua. De éste último nos ocuparemos en el presente y breve estudio, tratando de meditar acerca de qué es los que vemos, cuando parados frente al ícono de la Resurrección, particularmente el día de la Fiesta, contemplamos aquella imagen.

Es importante destacar que ninguna de las formas iconográficas bizantinas relata lo sucedido en el preciso momento de la Resurrección. Pues la Iglesia Ortodoxa no trata de representar el instante exacto y el modo, porque entiende que la resurrección en sí misma es un misterio.

El ícono

El ícono del la resurrección que muestra el descenso del Señor al infierno expresa los fundamentos básicos de nuestra fe: Cristo resucita venciendo a la muerte; haciendo prevalecer Su Luz sobre las tinieblas del pecado; atando al Diablo, quien encarna la muerte, la destrucción y el mal; y liberando a todos los cautivos del Hades.

 

Cristo

Cuando observamos el ícono, nuestra mirada se dirige primeramente a Él, a Cristo, que está en el centro de la escena, así como debe estar en el centro de nuestro corazón. Está parado sobre una cueva oscura, pisoteando las puertas del infierno, es decir, pisoteando y destruyendo a la muerte de la cual estábamos cautivos. Esto lo proclamamos en el matutino de la Fiesta: “… Que tiemblen las bases de la Tierra, porque he aquí, Aquel que mora en las alturas se ha hospedado en un sepulcros…” “¡Puertas, alzad los dinteles. Levantaos, antiguos porto­nes, para que entre el Rey de la gloria!”

 San Pablo dirá: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el agujón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley. Mas a Dios gracias, que nos dio la victoria por nuestro Señor Jesucristo. (1 Cor 15:55-57)

El color de la vestimenta del Señor es blanco, en otras representaciones puede ser dorado, dando así una clara enseñanza de la Gloria y el Poder de Dios. Además el blanco es un símbolo de la revelación, de la transfiguración que deslumbra. De Su ropa, emana luz; es la Luz Divina, la Luz que resplandece en las tinieblas de la muerte: “el pueblo asentado en tinieblas, vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció.” (Mt 4:16) Esta blancura triunfal agudiza el entendimiento; es una teofanía. Son las mismas vestiduras que vieron Pedro, Juan y Santiago en el monte Tabor en la Transfiguración. (Mt 17:2) Todo Su ser es luz que anuncia la aurora del nuevo día que nunca tendrá ocaso. Es el día de la Resurrección, el Domingo infinito donde la creación es recreada para siempre. Es por ello, que en el servicio de esa noche el sacerdote exclama: “Venid y tomad luz de la Luz Eterna, y glorificad a Cristo que resucitó de entre los muertos” y todos los fieles se acercan para recibir dicha Luz; luz que va a iluminar los corazones y las mentes; Luz que purifica los corazones para alabar a Aquel que venció y nos otorga la victoria sobre la muerte.

Las vestiduras que envuelven al Señor expresan un movimiento. Se elevan, como resultado de la acción de descenso a lo profundo de la Tierra. Ahí conocemos la más sublime humildad de Cristo, que comienza con Su encarnación, y continúa con Su pasión, muerte y descenso al infierno. (1 Pe 3:18–19; Ef 4:9-10)

Su cuerpo, transfigurado por la resurrección, escapa a las leyes del mundo, a la gravedad marcada de corruptibilidad y muerte. Él está a la cabeza de la humanidad, y a partir de ahora, todo el mundo es iluminado por Él.

 

El Señor y los primeros Padres

Luego, nuestra mirada nos lleva a contemplar Sus manos, aún marcadas por la señal de los clavos que las traspasaron en la crucifixión. Con Su diestra, Cristo toma la mano de Adán a quien vigorosamente y con poder arranca de las tinieblas de la muerte: “Cantad al Señor un cántico nuevo; porque ha hecho maravilla. Su diestra nos ha salvado y Su santo brazo.” (Sal 98:1) En otros íconos toma las manos de ambos padre: Adán y Eva. Ahí tenemos, frente a frente al primero y al nuevo Adán: Cristo. Él renueva a la humanidad, exalta al hombre, abre las puertas de la redención para toda carne, ilumina y deifica la naturaleza humana; otorga nueva vida, la vida eterna. Cristo anuncia la resurrección a los muertos, de ahí la estrecha unión entre la silueta de Cristo resucitado y la de Adán a quien él incorpora en su propia resurrección. Con Adán es arrastrada toda la humanidad heredera de él.

Adán cansado por el despertar del sueño de la muerte y del pecado, permite, con su mano extendida, ser tomado por su Redentor, mientras lo contempla con una mirada gozosa pero llena de fatiga. Y a su vez, le suplica, con la otra mano, la ayuda necesaria para levantarse de la situación caída y desgraciada del pecado y la muerte. Todos nosotros somos ese Adán; necesitamos de Cristo, de Su ayuda, de Su misericordia, de Su fuerza, por eso, durante toda la gran Cuaresma le clamamos en el oficio de las Grandes Completas: “Señor, sé por nosotros, porque en las tribulaciones no tenemos otro Auxiliador excepto a Ti”

La mirada de Cristo se dirige hacia todos, pues Él es el Salvador de la humanidad entera. Se inclina para levantar Adán; Dios se abaja y se humilla, despojándose de Su divinidad; Se reviste de nuestra carne para elevarnos y exaltarnos a la condición divina por su Resurrección.

 

El Hades

De color negro, siempre se representa el lugar de la muerte a los pies de Cristo. En este antro se ve la imagen de un hombre atado que representa al Hades, el cual es encadenado por Cristo; como así también pueden observarse las llaves, los clavos y los cerrojos de las puertas del infierno y la muerte destruidas por la potencia de Cristo Resucitado. Las puertas rotas y esparcidas por el infierno permiten la salida de aquellos a los que retenía, y los sepulcros vacíos y abiertos proclaman la victoria de Cristo vivo.

 

La Cruz 

En algunas representaciones de la resurrección, Cristo tiene en su mano la Cruz, a veces apoyada sobre Su Cuerpo, otras veces sostenida en Sus manos. En el caso de este ícono, la Cruz es sujetada por los ángeles, seres celestiales que constantemente alaban y sirven a Dios, y quienes responden al Hades la pregunta: “¿Quién es ese Rey de la Gloria?” Son ellos los que proclaman a viva voz, junto a nosotros: “El Señor, el Fuerte, el Valiente; El Se­ñor, valiente en la lucha. Él es el Rey de la Gloria.”

La cruz aparece en el icono de la resurrección no como un símbolo de dolor y muerte, sino como un signo de victoria y triunfo, llaves de la cárcel del infierno y camino por el que debemos transitar hacia la resurrección.

 

El rollo

Cristo, el Salvador, el Vencedor de la muerte lleva en su mano un pequeño rollo. Es el símbolo de la deuda contraída por Adán y Eva, una obligación que se debía pagar, el pecado de los hombres.

     Además, este rollo significa la predicación de Cristo entre los muertos (1 Pe 3:18-19) En algunos iconos el rollo aparece desplegado y rasgado en el medio. En el himno del Akatisto cantamos: “Quien condona las deudas a todos los hombres, queriendo perdonar antiguas ofensas, espontáneamente vino a los desertores de su gracia y rasgado el manuscrito del pecado... guía a todos hacia el conocimiento divino, iluminando de esplendor las mentes”.

 

Los Justos de la Antigua Alianza

Cristo camina victorioso hacia Adán que es sacado de la postración de la muerte. Eva extiende sus manos hacia la Vida, que perdió en el Paraíso. Está vestida de rojo. El rojo simboliza la carne, la humanidad: ella es la madre de los vivientes. Una de sus manos está cubierta, es señal de adoración al Liberador. Detrás de ellos aparece una multitud de justos.

En el otro extremo del ícono, aparecen David, de barba, quién anticipó, vio y anunció la resurrección del Mesías (Hec 2:31-32). A su lado Salomón que señala a Cristo como uno de su linaje. Ambos están ataviados con vestidos reales expresando sus dignidades. Por detrás se asoma Juan el Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ambos grupos, el de la derecha y el de la izquierda de la imagen, constituyen una representación del pueblo sumergido en las tinieblas, los que moran en la tierra y en sombras de muerte, sobre los que se ha elevado la Luz de la Vida. Todos tienden sus manos hacia Él, Quién es la esperanza de toda la humanidad

Todo el Antiguo Testamento está dirigido y enfocado hacia la venida de Cristo. Su Encarnación y Resurrección son la realización de las profecías y enseñanzas del Antiguo Testamento y el comienzo de una nueva era.

 

Nuestro lugar en la Resurrección del Salvador

Todas las figuras del ícono, como se ha visto, están colocadas de forma catequística y pedagógica, a fin de enseñarnos y confirmarnos la verdad del Evangelio, e ilustrarnos en la esperanza de la Vida Eterna. Cristo resucitó, y esta es una realidad innegable. Pero, ¿cómo hacer de esta realidad una verdad y una vivencia en nuestras vidas? Eso depende de cada uno de nosotros; de nuestro arrepentimiento, nuestra entrega, nuestra apertura y nuestra fe.

Al igual que en el ícono, Cristo desciende a lo más profundo de nuestro ser y nos arranca de las tinieblas, pues fuimos sepultados con Él por el bautismo a fin de resucitar con Él de entre los muertos. (Col 2: 12)

Para alcanzar la vida debemos morir. Morir al viejo hombre; matar al egoísmo, renunciar a la soberbia, y al ejemplo de Cristo, permitir que nuestros malos sentimientos sean clavados en Su Cruz.

Reconozcamos nuestra necesidad de Dios, ocupemos el lugar en el ícono que más se ajuste a nuestras vidas, y permitámosle a Él que nos tome de la mano y nos salve con Su Poderoso Brazo. Él es la Fuente de la Vida, es el Principio de toda Luz; llevemos Su luz y brillemos con nuestras virtudes.

Cristo resucitó. Verdaderamente resucitó.

 

Bibliografía

Kontoglou Fotios, Exposición de la Iconografía Ortodoxa, (En Griego) Casa Editorial Astir, Atenas 1979

Muci Siluan Archimandrita, El Misterio de la Resurrección,(En árabe) Corporación Ortodoxa An-Nour, Beirut 2006

Muzj María Giovanna, La Transfiguración. Introducción a la contemplación de íconos, St. Paul Book & Media, EEUU 1991 (Apunte en español)

Passarelli Gaetano, El ícono de la Resurrección, Publicaciones Claretianas, Madrid 1991

Quenot Michel, El ícono, ventana al Reino, SVS Press, Nueva York 1991 (Apunte en español)

 

por Rev. Exarca Victor Villafañe