¿Acostado o curado?

Domingo 4 de Pascua – Domingo del paralítico (Juan 5, 1-15)

“Y dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado”

La curación del paralítico pone en evidencia el modo en que los judíos negaban la identidad y la autoridad de Cristo. San Cirilo, Patriarca de Alejandría (+444), la figura eminente del Tercero Concilio Ecuménico (431) reunido en Efesios, explica en qué consiste la divergencia entre la misión del Señor y su propia interpretación del sábado.

En primer lugar, San Cirilo observa cuando ocurrió el milagro. En efecto, El Señor “subió a Jerusalén” después de haber predicado a los samaritanos y sanado al hijo de un cortesano en Cafarnaúm en Galilea. En ambas regiones, que no son judías, la presencia del Señor fue salvífica. Tanto en Samaria como en la casa del cortesano, muchos creyeron en Él. La recepción y la obediencia al mensaje evangélico eran exitosas. En cambio, los judíos condenaron al Señor por haber sanado al paralítico el día sábado, en lugar de estar maravillados y agradecidos. Además, ellos buscaban perseguirlo y matarlo.

En segundo lugar, San Cirilo admira la benevolencia del Señor hacia el paralítico. “Jesús le vio (al paralítico) acostado, y conociendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: ¿Quieres ser curado?”. El Señor no esperó que él se lo solicitara, sino que Él se adelantó a su pedido, por Su extrema bondad y compasión, como si fuera corriendo hacia él y compartiendo su dolor. Era claro que el Señor no preguntaba por ignorancia, ya que la enfermedad crónica era muy visible y que el enfermo deseaba mucho la curación, sino que inquiría para poder así revelar su firme resolución e intención de ofrecerle su gracia, en la espera de la respuesta del mismo enfermo.

En tercer lugar, San Cirilo medita acerca de la curación. En efecto, el Señor ordenó al paralítico: “Levántate, toma la camilla y anda. Al instante quedó el hombre sano, y tomó su camilla y se fue”. No hay una previa oración para que no Lo consideren como uno de los santos profetas, sino que Él, como Señor de las Potestades, ordenó con autoridad que sea así, diciéndole que se vaya a su casa llevando su camilla como señal de su curación. Por su obediencia y fe, el paralítico ganó para sí la gracia tan deseada.

En cuarto lugar, San Cirilo comenta la reacción blasfematoria de los judíos acerca de lo ocurrido por la sentencia del profeta Jeremías: “Pueblo necio e insensato, que tiene ojos y no ve” (5, 21), porque ellos dijeron al paralítico: “Es sábado. No te es lícito llevar la camilla”. Así mostraron una ignorancia mayor. En lugar de estar maravillados ante el poder del Sanador y su misericordia, aparecieron bravos solamente en reprochar y revocar la obra de Dios, e inhumanos en endilgarle al enfermo la responsabilidad de quebrantar la ley, a aquel quien con dificultad recuperó la salud, como si le ordenaran ilógicamente acostarse nuevamente, pensando que el honor al sábado se haría si permaneciera enfermo.

En quinto lugar, San Cirilo explica la actitud del paralítico ante la acusación de los judíos. En una primera instancia, él les dijo: “El que me ha curado me ha dicho: Toma tu camilla y vete”. Siendo acusado con violencia de desobedecer la ley, el paralítico contestó que fue ordenado por Aquel quien es el Dador de la vida. Como si les dijera a los judíos que quien le había curado merece más honores que el sábado, porque ¿cómo hacer tales cosas es ilegal, o poseer tal poder divino es contra la voluntad de Dios? Además, en una segunda instancia, cuando el curado reconoció la identidad del Señor, informó a los judíos, no para que ellos puedan castigar al Señor, e incurrir por ello un juicio peor que por sus palabras blasfematorias, sino, para que puedan conocer al maravilloso Médico. La prueba que tal fue su intención se percibe en su misma palabra: no dijo que Jesús era quien forzó el sábado, sino que era quien le había curado.

En sexto lugar, San Cirilo examina la actitud del Señor hacia el curado. Después de la curación, el Señor desapareció de la escena, porque no era el tiempo adecuado para enfrentarse con los judíos, y aparece nuevamente para decirle al curado: “Mira que has sido curado; no vuelvas a pecar, no te suceda algo peor”. Si, en una primera instancia, le ofreció al paralítico la salud del cuerpo, ahora quiso dejarle un mensaje para su alma: guardar la gracia recibida, sino padecerá una molestia peor que la enfermedad.

La lectura del evangelio se cierra aquí. Pero es interesante observar la continuación cuando se produce el enfrentamiento de los judíos con Jesús, así como le relata el evangelio y lo explica san Cirilo.

En efecto, “Los judíos perseguían a Jesús por haber hecho esto en sábado… buscaban con más ahínco matarlo”. Esta manía se explica por la violación del sábado, como si estuviera prohibido hacer el bien el día de sábado, fuera ilegítimo compadecer al sufriente y al enfermo, y fuera posible abandonar la ley del amor y de la solidaridad fraternal, o la gracia de la ternura. En varias circunstancias, el Señor mostró lo absurdo de la obediencia ciega de los judíos a la ley del sábado, por la discriminación que hacían en la práctica: “Hipócritas, ¿cualquiera de vosotros no suelta del pesebre su buey o su asno en sábado y lo lleva a abrevar? Pues esta hija de Abraham, a quien Satanás tenía ligada dieciocho años ha, ¿no debía ser soltada de su atadura en día de sábado?” (Lucas 13, 15). Por eso, merecieron el reproche del Señor: “¿No estáis equivocados por no entender las Escrituras ni el poder de Dios?” (Marco 12, 24).

Ante la persecución de los judíos, el Señor les contestó: “Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también”. Afirmó, por una parte, que Él era el Hijo Unigénito, y por otra parte, que Él hace todo conjuntamente con el Padre, aún el día sábado. Los judíos, en realidad, atribuyeron únicamente al Padre la dádiva de la Ley a Moisés, y no tienen que obedecer a otro. Sin embargo, la afirmación del Señor, especialmente en un día sábado, tiene una resonancia especial. El Señor es quien ordena a toda la creación todos los días, incluso los sábados, de modo que todo sigue vivo: el sol amanece, los árboles crecen, las frutas maduran, las fuentes de agua se deslizan, etc., para proveer las necesidades del hombre. ¿Por qué pues están acusando a Dios si es Él quien hace todas las cosas? ¿Acaso Dios es un violador de la Ley? ¿Acaso entendieron lo absurdo de su razonamiento y de su actitud?

En realidad, tal fue su manía que no dejaron de perseguir al Señor hasta que concretaron sus deseos y Lo crucificaron. Sin embargo, por su muerte, el Señor continuó la obra de su Padre, resucitando de entre los muertos, y ofreciendo su victoria a toda la humanidad. Por ello, con san Cirilo, exclamamos: ¡“Cristo resucitó”!

+Metropolita Siluan

 

por S.E.R. Metropolita Siluan Muci