Santo y Gran Mártir Policarpo, Obispo de Esmirna

San Policarpo nació en Éfeso hacia el año 70, en tiempos del emperador Vespasiano. San Ireneo de Lion, quien fue su discípulo, dice que el glorioso Policarpo fue “discípulo de los Apóstoles y estaba familiarizado con los que habían visto al Señor”. Sus santos padres, antes de cumplir su martirio, habían confiado a su hijo a Calista, una mujer devota y noble, que lo crió en el temor de Dios y el amor por las virtudes sagradas. Movido por la compasión, el niño estaba tan profundamente compenetrado con el mandamiento de la limosna, que le vaciaba la despensa a su madre adoptiva para alimentar a los pobres. Y una y otra vez las provisiones se renovaban milagrosamente, por lo que Calista le cambió el nombre de Pancracio a Policarpo, que significa “abundante fruto”. 

Cuando Policarpo creció, se convirtió en discípulo de San Juan el Teólogo, que proclamaba la Buena Noticia en la provincia de Asia, junto con San Bucolo (6 feb.) y San Ignacio el Bienaventurado (20 dic.). Imbuido de la enseñanza del Discípulo Amado y con todo lo que podía recordar sobre la vida del Señor, Policarpo soportó con entusiasmo todas sus tribulaciones antes de su exilio a Patmos. Cuando San Juan Bucolo fue consagrado obispo de la ilustre ciudad de Esmirna, nombró como su asistente y compañero de trabajo a Policarpo. Al llegar a Esmirna, Policarpo fue ordenado sacerdote y puesto a cargo de los huérfanos, una responsabilidad que cumplió hasta el día en San Bucolo, consciente de que su muerte estaba cerca, designó al humilde Policarpo como su sucesor. 

Como pastor de la Iglesia de Esmirna, Policarpo siguió exactamente los pasos de sus padres. Transmitía con fidelidad las palabras que había recibido de la boca del Señor mismo. Desde su exilio en Patmos, San Juan dirigió palabras de alabanzas al Ángel de la Iglesia de Esmirna, animándolo a ser fiel hasta la muerte para recibir la corona de vida eterna (Apoc. 2:10). Revestido de la gracia divina, Policarpo obró muchos milagros. Por su oración, apagó un incendio que se desencadenó sobre el campo durante una semana, atrayendo la bendita lluvia que puso fin a una larga sequía, liberó a los poseídos y curó a los enfermos por lo que, por él, un gran número de paganos fueron convertidos. 

Policarpo no llevaba mucho tiempo como obispo (101) cuando San Ignacio pasó encadenado por Esmirna rumbo a Roma, donde iba a ser entregado a las bestias. Abrazó a Policarpo con alegría, y luego le escribió una carta desde Troas, agradeciéndole su hospitalidad y comprometiéndolo a cuidar la Iglesia de Antioquía. Al mismo tiempo, le transmitió estos divinamente inspirados consejos sobre los deberes de un pastor: 

Glorifico al Señor por considerarme digno de contemplar tu rostro libre de culpa. Justifico su dignidad de obispo por la minuciosidad de su atención por la carne y el espíritu. Deja que tu primera preocupación sea la unidad, pues no hay nada preferible a ella. Ten paciencia con todos los hermanos que el Señor a puesto a tu cuidado. Soporta las debilidades de todo el mundo como un atleta entrenado. Todos necesitan tu intercesión ante Dios, pues son como marineros sacudidos por la tempestad.

Posteriormente San Policarpo les escribió a los cristianos de Filipos para felicitarlos por su bienvenida a Ignacio y los Mártires: “Imágenes del amor verdadero a quienes acompañó como correspondía, con las cadenas dignas de los santos, que son las diademas de los que han sido verdaderamente elegido por Dios.”

Exhortó a los filipenses a soportar el largo sufrimiento reservado para los Mártires, animándolos como una comunidad cristiana unida en el amor: 

La fe es nuestra madre, es el manantial de la esperanza y está precedida por el amor a Dios, a Cristo y al prójimo. El que practica estas virtudes ha cumplido con los preceptos de justicia, y la caridad lo mantiene alejado de todo pecado.

Él guió a su Iglesia de esta manera verdaderamente apostólica durante más de cincuenta años. Alrededor del año 154, ya muy anciano, viajó a Roma para consultar al Papa Anacleto respecto a la defensa de la verdadera fe contra las herejías, y sobre la controversia en la fecha de Pascua entre Roma y las Iglesias de Asia. Su enseñanza y su radiante santidad lograron la conversión de muchas de las almas extraviadas por los herejes Valentino y Marción. Justo antes de la partida de Policarpo de Roma, el Papa, por deferencia, le pidió que presidiera la Cena Eucarística. Después de haber intercambiado un beso santo, se separaron en paz y con respeto mutuo por las legítimas diferencias entre las Iglesias locales. 
Poco después de su regreso a Esmirna, todas las iglesias de Asia sufrieron la feroz persecución desatada por el procónsul Estracio Cuadrato. Fue entonces cuando un grupo de doce cristianos de Filadelfia cumplido con su martirio. Ellos fueron seguidos por San Policarpo, que el Sábado Santo, a la edad de ochenta y seis años, conoció una gloriosa muerte semejante a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Si bien los valientes Mártires de Filadelfia sufrieron todo tipo de tormentos por amor a Cristo, antes de ser arrojados como alimento a las fieras, el venerabilísimo Policarpo conservó su serenidad habitual, y no estaba dispuesto a abandonar la ciudad y su rebaño espiritual. Sin embargo, escuchó las súplicas de sus compañeros de no exponerse a la muerte antes de tiempo y se retiró a una pequeña granja cerca de la ciudad. Allí oraba día y noche por toda la humanidad y por las Iglesias en todo el mundo. Tres días antes de su arresto, estaba de pie orando cuando en una visión vio su almohada en llamas. Entonces les dijo calmadamente a los que estaban con él, que pronto iba a dar su vida por Cristo mediante el fuego. 

Sometido a tortura, un joven esclavo dio a conocer el paradero de San Policarpo, y el Viernes Santo sus perseguidores irrumpieron en la casa donde estaba refugiado. Negándose a huir, el obispo les dio la bienvenida con rostro amable y alegre. Los agasajó con una buena comida y le permitieron orar un tiempo más. El anciano permaneció así durante dos horas, lleno de la gracia de Dios, conmemorando a todas las personas que había conocido, grandes o pequeñas, junto con la Iglesia en todo el mundo. Cuando llegó el momento de irse, los soldados, tristes por tener que arrestar a un hombre tan anciano y venerable, lo montaron en un burro para llevarlo a la ciudad. El jefe de la policía, bien llamado Herodes, se adelantó. Hizo subir a Policarpo a su carruaje y trató de persuadirlo para que le rindiera culto al César. Al ver que sus esfuerzos eran vanos, lo arrojó fuera del vehículo tan repentinamente, que el Santo se lesionó la pantorrilla cuando cayó, pero aun así siguió caminando por sus propios medios. 

Al entrar al estadio, lleno de una multitud vociferante y sedienta de sangre, bajó una voz del cielo dirigida al Santo y sólo escuchada por los cristianos presentes en medio del tumulto: “¡Ten valor Policarpo, y actúa como un hombre!” El procónsul lo instó a negar a Cristo, diciéndole: “Ten piedad de tu vejez,” y cosas similares como: “Juro por la fortuna del César” y “¡Abajo los ateos!” Mirando a la multitud de paganos que llenaba el anfiteatro, Policarpo respondió con un suspiro: “¡Sí, realmente, abajo los ateos!” Al conminarlo a maldecir a Cristo, él respondió: “Durante ochenta y seis años he sido su siervo, y él nunca me ha hecho ningún daño. ¿Cómo voy a renegar de mi Rey y Salvador?” “Te arrojaré a las fieras salvajes a menos que cambies de opinión”, dijo el procónsul. “Pues hazlo”, respondió Policarpo, “porque me es imposible cambiar mi mente de buena a mala, lo que es bueno para salvar el cuerpo es malo para salvar el alma.” “Entonces serás quemado, a menos que cambies de opinión”, dijo el procónsul. Lleno de coraje y de alegría, Policarpo respondió: “Me amenazas con un fuego que quema por un corto tiempo y luego se apaga, mientras que tú no sabes nada sobre el fuego del juicio venidero y el tormento eterno que le espera a los impíos. Pero ¿por qué esperar más? ¡Haz lo que tengas que hacer!” 

Después que el pregonero anunció tres veces que Policarpo se había declarado cristiano, la multitud estalló de ira, y exigió que lo arrojaran a los leones. Sin embargo, como el procónsul había desistido de arrojarlo a las bestias, gritaron: “¡Quémenlo vivo!” primero los paganos, y los judíos después, se apresuraron a recoger ramas y leña de los alrededores. Cuando se hubo preparado la hoguera en el centro de la arena, Policarpo se quitó la ropa con tanta calma como si estuviera al servicio de la sagrada liturgia, e incluso se quitó los zapatos, cosa que nunca antes había hecho, ya que los fieles que se reunían a su alrededor, siempre intentaban besarle los pies. Cuando estaban a punto de clavarlo a la estaca, dijo: “Que así sea. Porque el que me da la fuerza para soportar las llamas, también me ayudará a permanecer firme en la hoguera.” Puesto en el fogón como una ofrenda agradable, elevó los ojos al cielo y, en una oración final, dio gracias a Dios por haber considerado digno de compartir con todos los santos mártires el cáliz de la resurrección a Cristo y la vida eterna en la incorruptibilidad del Espíritu Santo. 

Cuando dijo Amén, los verdugos encendieron el fuego. De pronto, surgió una gran llama que, semejante a una bóveda, se erigió como una maravillosa pared alrededor del cuerpo del Mártir. Erguido en medio del fuego, no como carne quemada, sino como pan horneado o como oro y plata brillando en el horno, comenzó a destilar un delicioso aroma a incienso y a perfumes carísimos. 

Al ver que el fuego no consumía el cuerpo del Santo, los malvados ordenaron a uno de los verdugos que lo apuñalara con un cuchillo. Entonces, su sangre comenzó fluir tan libremente que apagó el fuego, ante el asombro de los presentes. 

Las preciosas reliquias del mártir fueron quemadas a instancia de los judíos, pero los fieles lograron reunir algunos fragmentos de huesos que pusieron en un lugar adecuado, donde todos los años, en el aniversario de su cumpleaños en el cielo, acudían a celebrar una fiesta. El glorioso martirio de san Policarpo, dio comienzo a la persecución de los cristianos.