Santo Profeta Daniel y los tres jóvenes Ananías,Azarías y Misael

Cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, capturó Jerusalén 597 años antes del nacimiento de nuestro Señor, regresó a su tierra distante llevando consigo a Joaquim, rey de Judá, a muchos nobles de la ciudad, y parte de los objetos sagrados del Templo de Dios. Daniel, de ocho años de edad, y sus tres compañeros, todos ellos jóvenes de buena pre-sencia y estirpe real, estaban entre los seleccionados para ser instruidos en el idioma y la literatura de los caldeos, por el jefe de los eunucos del palacio, para ser puestos al servi-cio del rey. El jefe de los eunucos les dio nuevos nombres, a Daniel lo llamó Beltsasar; a Ananías, Sadrac; a Misael, Mesac, y a Azarías, Abed Negó. 
Daniel cumplió estrictamente todos los preceptos de la ley aunque estaba viviendo en-tre los paganos. No consumía los manjares reales que le ofrecían y aun así él y sus compañeros, fortalecidos por el ayuno y la oración, y consumiendo solamente legumbres y agua, tenían mejor semblante que los demás niños de la corte. Dios también les dio sabiduría y conocimiento en gran medida, por lo que ellos superaban a todos los sabios del reino. Además, Daniel recibió el don de interpretar sueños y visiones. 

Tres años después, el rey Nabucodonosor tuvo un sueño y su espíritu quedó tan perturbado que no pudo seguir durmiendo. Como los sabios y adivinos de su reino fueron incapaces de interpretarlo, ordenó que los ejecutaran a todos, incluso a los jóvenes Israe-litas. Pero Dios le reveló a Daniel el sueño del rey y su interpretación en respuesta a la sincera oración de sus siervos. La estatua brillante que Nabucodonosor había visto de pie ante sí era una alegoría de los tiempos venideros. Su cabeza de oro representaba el reino de los caldeos; su pecho y brazos de plata, el reino de los medos primero, y de los persas después; su vientre y caderas de bronce, el reino Helénico de Alejandro Magno; y sus piernas de hierro, el Imperio Romano. La piedra que Nabucodonosor había visto desprenderse desde la montaña sin intervención de mano humana y qué pulverizó esa gran imagen de los Imperios paganos era la figura de nuestro Señor Jesucristo, que se encarnó al final de los tiempos para establecer un reino espiritual eterno, la Santa Iglesia, que nada en el mundo podrá destruir. El rey dio gracias al Dios de Daniel, a quien le dio autoridad sobre toda Babilonia y lo hizo jefe de todos los sabios del reino, pidiéndole que permaneciera en la corte, y designando a sus tres jóvenes compañeros, administradores de la provincia de Babilonia. La reputación de Daniel ante la gente creció aún más, cuando hábilmente descubrió a los dos ancianos malvados que acusaban falsamente de fornicación a la casta Susana, porque ella los había rechazado (Dn. gr. 13)

En el decimoctavo año de su reinado, Nabucodonosor hizo construir una estatua de oro de sí mismo y ordenó a todos los sátrapas, gobernadores, consejeros y magistrados de su reino postrarse y adorarla apenas oyeran sonar los instrumentos musicales. A pesar de las amenazas del terrible tirano, los Tres Jóvenes no obedecieron la impía orden, adorando fielmente al Único y Verdadero Dios. Unos oficiales caldeos que tenían celos de su alto rango, aprovecharon para denunciarlos ante el rey. Lleno de indignación y fu-ror ante su informe, Nabucodonosor ordenó que el horno ardiente que había sido preparado para todos los que desobedecieran su orden, fuese calentado siete veces más de lo usual, y que arrojaran dentro a los Tres Jóvenes. Hablando en nombre todos los hebreos, Ananias, Azarías y Misael dirigieron una oración llena de humildad a Dios. Reconocieron las ofensas de sus padres, y la justicia y equidad de Dios al llevarlos al exilio y hacerlos sufrir maltrato a manos del impío rey y, finalmente, a ser atormentados por el fuego. Los sirvientes que los arrojaron al horno murieron a causa de las llamas que salían del mismo, y en ese momento un Ángel de Dios descendió e ingresó con los Tres Jóvenes, en-volviéndolos con una brisa fresca, cubierta de rocío. Mientras caminaban alegremente dentro del horno ardiente acompañados por el Ángel, transformaron su oración en un himno de adoración. Habiendo invocado en primer lugar el nombre tres veces santo del Señor, luego invocaron a todo lo creado para que se unieran a su alabanza y exaltación del Señor eterno: Ángeles, cielo, elementos, estaciones, tierra, mares, montañas, anima-les e hijos de los hombres, incluso las almas de los muertos virtuosos. Habiendo considerado toda la creación, se nombraron a sí mismos como los más pequeños y humildes de todos, exclamando: ¡Alabemos, bendigamos y adoremos al Señor, cantémosle alabanzas y exaltémoslo infinitamente; Porque nos ha rescatado del Infierno; nos ha salvado de sus manos y de la muerte; nos ha librado del horno ardiente! 2 En su cántico, no se olvidaron de mencionar nada de lo creado y, mientras caminaban, reunieron todas las cosas alrededor de la Palabra de Dios, prefigurada misteriosamente en forma humana, por el Ángel que había bajado al fuego para salvarlos y que representaba así, la conversión de los paganos. El propio Nabucodonosor, al verlos en el horno, vio y reconoció al Ángel: Si embargo, yo veo cuatro hombres que caminan libremente por el fuego sin sufrir ningún daño, y el aspecto del cuarto se asemeja a un hijo de Dios (Dn. 3:25). Pidiéndoles que se adelantaran, él y todos sus cortesanos comprobaron que el fuego no sólo no les había hecho el más mínimo daño, sino que ni siquiera tenían olor a quemado. El rey glorificó entonces a Dios, restituyó a los Tres Jóvenes a sus puestos de honor, y decretó que cualquiera que blasfemara contra el Dios de Israel, sufriría la pena de muerte. 

En el mismo año Nabucodonosor tuvo otro sueño espantoso, que solo Daniel pudo interpretar por la inspiración del Espíritu Santo, y qué se cumplió después de doce meses. En el mismo momento en que el rey estaba regocijándose de orgullo por el esplendor de su poder, Dios lo castigó, derribándolo como al árbol que había visto en su sueño. Enloqueció, fue privado de su majestad, fue arrojado de entre los hombres y comenzó a vagar entre las bestias del campo, hasta que después de un tiempo se humilló, confesó su ofensa y oró al Señor. Entonces su majestad fue restaurada durante otros siete años. 

Después de la muerte de Nabucodonosor (562 a. C.) y los problemas que siguieron, la majestad pasó a Baltasar (548-39) Un día, durante un gran banquete, sirvió vino a sus invitados en los vasos sagrados tomados del Templo de Jerusalén. Mientras bebían glorificando a sus dioses falsos, de pronto aparecieron unos dedos de mano humana que comenzaron a escribir en la pared palabras enigmáticas que llenaron de temor al rey y a sus invitados. Nuevamente Daniel fue el único capaz de revelarle a Baltasar que el final de su reinado había llegado. Esa misma noche mataron a Baltasar, y Darío el medo lo sucedió en el trono. Icono Pág 446 

Ya que Daniel era el más sabio e ilustre de todos los grandes hombres del reino de los medos y persas, Darío lo designó el principal de sus tres ministros, a quienes todos los sátrapas debían rendirle cuentas. Tanto los otros ministros como los sátrapas estaban celosos de la predilección que le tenía el rey, y buscaban una excusa para acusarlo. Conocedores de la devoción de Daniel, ellos persuadieron al rey para que decretara que todo el que dentro de los próximos treinta días dirigiese una plegaria a cualquier dios u hombre que no fuera el rey, debía ser arrojado al foso de los leones. Inquebrantable en su amor a Dios y fidelidad a la Ley, Daniel continuó cumpliendo abiertamente su regla usual de oración, orando tres veces al día. Cuando su desobediencia fue denunciada a Darío, el piadoso rey se apenó profundamente, y aunque admiraba la devoción de Daniel, lo hizo arrojar al foso de los leones, victima de su propio decreto. Pero una vez más Dios envió a su Ángel para que calmara a las bestias. Apenas amaneció, el arrepentido rey, angustiado en su espíritu, se acercó a la boca del cubil, y quedó asombrado al ver a Daniel sentado indemne entre los leones que saltaban alegremente a su alrededor, moviendo sus colas y acercándose para que les acariciara la melena, como si estuvieran homenajeando a otro Adán. Darío hizo sacar al Profeta del pozo y le restituyó su honor, haciendo arrojar a sus enemigos en su lugar, los que fueron devorados por los leones. 

Daniel les mostró a los habitantes de Babilonia lo falso de la idolatría revelando el en-gaño de los sacerdotes del templo de Bel, que por la noche entraban al templo a través de un pasaje subterráneo, y comían las ofrendas dejadas en el altar de los ídolos, para que la gente creyera que Bel estaba vivo. También demostró lo absurdo de rendirle culto a una criatura desprovista de razón, matando sin usar armas al dragón al que adoraban como a un dios. Pero esto enfureció a los caldeos que, por segunda vez, obligaron al rey a que arrojara a su favorito a los leones. Allí Daniel fue visitado por el Profeta Habacuc, transportado milagrosamente desde Judea en un abrir y cerrar de ojos, que le llevó comida y le mostró que contaba con el favor de Dios (cf. 2 dic.) 
Además de la habilidad de interpretar sueños y visiones, Daniel también recibió revelaciones de Dios sobre la consumación de la época presente. En el primer año del reina-do de Baltasar, Daniel vio aparecer cuatro grandes bestias que simbolizaban a los gran-des reinos paganos que devorarían a la humanidad. El primero se parecía a un león y representaba al Imperio babilónico; el segundo, semejante a un oso, simbolizaba al Imperio persa que duraría 220 años aproximadamente; después venía un leopardo, representando al Imperio helénico de Alejandro Magno (336-23 a. C.), reemplazado luego por una cuarta bestia, armada con diez cuernos, simbolizando al Imperio romano. 

El libro del Profeta Daniel predice lo que el Apocalipsis de San Juan confirma; que al final de los tiempos, cuando las revoluciones, guerras, y discordia en los diez reinos simbólicos de los que toma su origen el Imperio -o más bien la civilización- de Roma, ha traído el reinado de la confusión sobre la humanidad, y la iniquidad ha alcanzado su culminación en tierra, entonces el Anticristo se levantará. En él estará la suma de toda la mal-dad de Satanás, y mediante palabras mentirosas y maravillas engañosas, él hará que le rindan culto como a Dios. 

En una visión del final de los tiempos, Daniel vio el trono de Dios acercándose como una llama de fuego. Bajo la apariencia de los Días Antiguos, vestido de un blanco res-plandeciente, Dios Padre sentado examinando el libro de la conciencia de cada persona y juzgando al mundo. Después de lo cual el Hijo del hombre, nuestro Señor Jesucristo, emprenderá la batalla final contra el Anticristo y lo arrojará precipitadamente al fuego inextinguible. Entonces los ángeles presentarán al Hijo del hombre ante el trono del Padre para recibir los principados, y el poder, gloria y Majestad eterna sobre todas las personas, tribus y lenguas, tanto en el Cielo, como en la tierra, y bajo la tierra, para manifestar al universo entero que él es el Señor, el Hijo de Dios, Primogénito de Dios antes de toda la Creación, y que volviéndose el Primero que resucitó de entre los muertos (Col. 1:18) restauró nuestra corrupta naturaleza humana, revelando en su Cuerpo los primeros frutos de nuestra resurrección y de nuestra gloria eterna.
En otras visiones a cerca de los tiempos venideros, Dios le mostró a Daniel con claridad otras cosas, especialmente sobre el tiránico reinado de Antíoco IV Epífanes (175-64), prefiguración del Anticristo, quien haría cesar los sacrificios y cultos al Señor y establece-ría la abominación de la desolación en el propio Templo de Dios (Dn. 9:27). Daniel supo por el Ángel Gabriel en una visión, que la gente podría regresar a Jerusalén después de setenta semanas (años, P.ej. después de cuarenta y nueve años),3 prediciendo así la res-tauración de la adoración a Dios en la Ciudad Santa. Esto fue cumplido por el ungido príncipe Zorobabel, y los sacerdotes Esdras y Josué (Dn. 9:25, Esd. 3:8) y significaba la restauración final de toda la humanidad por el verdadero único ungido, el Señor Jesucris-to, sesenta y dos semanas (años) después, luego de 434 años (Dn. 9:26).

En el tercer año de Ciro, rey de Persia, a Daniel, amadísimo de Dios,4 le fue revelada una Palabra a través de una visión en la que vio a un hombre vestido de lino y ceñido con un cinturón de oro fino de Ufaz. Su cuello brillaba como el crisolito, su rostro tenía el as-pecto del relámpago, sus ojos eran como antorchas de fuego, sus brazos y sus piernas como el fulgor del bronce bruñido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de una multitud (Dn. 10:6). Completamente asombrado, el Profeta cayó con el rostro en tierra, y hubiera perecido si el Ángel del Señor no lo hubiese reconfortado y consolado; antes de revelarle lo que ocurriría en el curso del tiempo -las guerras entre los sucesores de Alejandro, y la persecución de Antíoco IV Epífanes- qué prefiguraba la batalla final (la aparición del Anticristo) de los virtuosos cuyos nombres están escritos en el Libro de la vida. Dios le reveló a Daniel con mayor claridad que a todos los demás profetas, que el Ultimo Día, muchos de los que duermen en suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno (Dn. 12:2), y que el virtuoso brillará como el sol en su gloria. El Profeta quiso saber el tiempo y las circunstancias de todas estas cosas, pero el Señor le contestó: Ve Daniel, porque estas palabras están ocultas y selladas hasta el tiempo final. Muchos serán purificados, blanqueados y probados por el fuego... En cuanto a ti, ve hacia el fin: tú descansarás y te levantarás para recibir tu suerte al final de los días (Dn. 12:9-10,13). Dos años después del regreso de su pueblo a la tierra de sus padres, el santo Profeta murió en paz a los ochenta años de edad (534-30 a. C.). Los Tres Jóvenes también murieron en paz y, según la tradición, ellos y Daniel estuvieron entre los muertos virtuosos que se levantaron durante la Crucifixión de Cristo (Mt. 27:52-53).6