Santo Mártir José de Damasco

Nacido en 1793 en Damasco, en el seno de una familia originaria de Beirut, San José Al Haddad aprendió un poco de árabe y griego, pero tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su padre. Lleno de un gran deseo de aprender, trabajaba durante el día y pasaba sus tardes y noches leyendo y meditando las Sagradas Escrituras. Con mucho sacrificio, adquirió un profundo conocimiento de la fe. Casado a los diecinueve años, fue ordenado sacerdote a los veinticuatro años, por Serafín, Patriarca de Antioquía (1813-1823), y luego nombrado Protoeconomos (jefe de ecónomos) del Patriarcado. Por su celo apostólico y elocuencia, fue llamado el ‘Segundo Crisóstomo’. San José fue uno de los primeros artífices de la renovación de la Iglesia Ortodoxa de Antioquía, sometida durante siglos a la opresión islámica. 

Convencido de que esta renovación sólo podía efectuarse mediante un retorno a las fuentes de la espiritualidad ortodoxa, corrigió y tradujo al árabe numerosos textos bíblicos, patrísticos y litúrgicos, además de participar activamente en los debates teológicos con los representantes del islam, de los Orientales de rito católico y del protestantismo. Fundó una escuela en Damasco, que luego tomó su nombre, y también enseñó en el Seminario de Balamand (1833-1840), que se ha convertido hoy en una universidad ortodoxa. La gran mayoría de los jerarcas de la Iglesia de Antioquía de la segunda mitad del siglo XIX, se encontraban entre sus discípulos, y en gran medida se beneficiaron con su enseñanza. Pequeño de estatura y tímido, rebosaba de virtud y sabiduría. Permaneciendo pobre, a imitación del Salvador que se hizo pobre por nuestra salvación, se negó a recibir dinero de la Iglesia, y sus hijos tuvieron que trabajar para atender las necesidades de la familia.

En julio de 1860, durante la matanza de cristianos de Damasco, estando todos los fieles reunidos en la catedral, que fue destruida durante estos eventos, San José los reconfortó. A la mañana siguiente, el 10 de julio, cuando salía de su casa para ir a la iglesia, llevando los Santos Dones, un musulmán lo reconoció y gritó: ‘¡Él es el líder de los cristianos! ¡Si lo matamos, todos los cristianos se dispersarán!’ Luego se abalanzaron sobre él y lo mataron a golpes de hacha, junto con varios de sus fieles seguidores, atando una cuerda a su cadáver y arrastrándolo por las calles, por lo que quedó despedazado. El bendito hombre selló así su ministerio pastoral con la sangre del martirio.