Santo Mártir Blasio, obispo de Sebaste en Armenia

Nacido en Armenia y médico de profesión, San Blasio llevó una vida como la de Job, era un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal (Job 1:1), sus virtudes le valieron el cariño de todos sus conciudadanos, y fue elegido Obispo de Sebaste (Sivas), al este de Anatolia, durante la Gran Persecución, confesando su fe con valentía y alentando a los Santos Mártires a pelear la buena batalla hasta el final. Visitó a San Eustracio en la cárcel antes de su glorioso martirio y celebró la Divina Liturgia para él. Posteriormente recogió las preciosas reliquias de los Cinco Mártires para presentarlos a la veneración del pueblo cristiano (cf. 13 dic.).

Después de algún tiempo, se retiró al monte Argea, a poca distancia de Sebaste, donde vivió encerrado en una cueva, elevando a Dios sus oraciones puras, libre de toda distracción. Atraídos por el aroma de sus virtudes, los animales salvajes se acercaban a él como a un segundo Adán, esperando en silencio a la entrada de la cueva a que termine su oración, para que les de su bendición o cure sus heridas.

Durante el reinado del emperador Licinio (316), Agricolao, gobernador de Capadocia, llegó a Sebaste con la intención de capturar a los cristianos. Como había planeado arrojar a las bestias feroces en el anfiteatro a los que persistieran en la fe, envió a un grupo de soldados a entrampar animales salvajes en el monte Argea. Sin embargo, para su sorpresa, se encontraron con un gran grupo de animales feroces, leones, tigres, osos y lobos pastoreando junto a los demás en paz en los alrededores de la cueva de San Blasio. Enterado el gobernador, los envió de vuelta para que detuviesen al santo ermitaño. Él los saludó alegremente y les dijo que los había visto venir en una visión. Muchos paganos que se cruzaron con el santo en su camino de regreso a Sebaste, experimentaron una paz y una dulzura inefable que emanaba de él, y se convirtieron a Cristo. Los hombres y animales enfermos se curaron a su paso. Una madre angustiada le trajo a su hijo, que estaba mortalmente ahogado con una espina de pescado. El Santo puso su mano sobre la garganta del niño y sacó la espina de pescado. Luego oró al Señor para que le restaurara la salud al niño, por lo que en el futuro sería invocada su intercesión en casos de accidentes similares. Luego devolvió el niño a su madre en perfecto estado de salud.

Cuando llegó a Sebaste, Blasio fue llevado ante el tribunal, y allí mantuvo la firmeza de su fe ante Agricolao y condenó firmemente el culto a los ídolos vanos. Fue golpeado con varas, que soportó con alegría, y luego arrojado a la cárcel. Cuando fue sometido a nuevos tormentos le dijo al gobernador: “No temo a sus torturas, porque estoy viendo las cosas buenas por venir.” Entonces lo echaron nuevamente a su calabozo cubierto de sangre. Siete mujeres piadosas lo siguieron y se ungieron el rostro con las gotas de sangre que caían al suelo, como si se tratase de ungüento precioso. Ellas fueron arrestadas en el acto y llevadas ante el gobernador, quien las amenazó con los peores tormentos si no ofrecían sacrificios a los ídolos. Pretendieron estar de acuerdo y pidieron que les permitieran llevar los ídolos a la orilla del lago –como lo habían hecho antes de ser glorificados los Cuarenta Mártires (9 mar.)- de modo que pudiesen lavarlos reverentemente antes de ofrecerles sacrificios. Sin embargo, apenas les llevaron las estatuas, las echaron en las profundidades del lago. Agricolao se enfureció cuando se enteró de esto. Ordenó que preparasen un caldero grande con plomo fundido y peines de hierro con los que se esquilaba la lana de las ovejas, y les dijo que eligieran si preferían que las torturasen o las colmaran de finas ropas y joyas de su corte. Una mujer corrió y arrojó su costosa ropa en el caldero, alentada por sus dos jóvenes hijos, que gritaban: “¡No te abandonaremos! ¡Tú nos has nutrido con tu leche y te seguiremos hasta el Reino de los Cielos!” El tirano ordenó entonces a los verdugos que les desgarrasen la carne a las santas mujeres con los peines de esquilar. Como permanecían milagrosamente ilesas, incluso después de ser arrojadas a las llamas, fueron decapitadas, mientras fervorosamente daban gracias a Dios y a su siervo San Blasio.

Habiendo fracasado en sus esfuerzos por doblegar a San Blasio, Agricolao lo condenó a ser ahogado en el lago. El santo mártir hizo la señal de la cruz a la orilla del agua y comenzó a caminar por la superficie del lago como había hecho el Salvador en el Mar de Galilea. Al llegar al medio, invitó a los paganos a unírsele si creían que podían confiarle sus vidas a sus dioses. Sesenta y ocho de ellos aceptaron el reto y se ahogaron, mientras aparecía un ángel resplandeciente que invitó al Santo a regresar a tierra firme para recibir la corona de gloria. 

Cuando él y los dos jóvenes intrépidos fueron condenados a ser decapitados, San Blasio, que brillaba con la luz divina, elevó una oración en nombre de todos los que en el futuro invocasen su ayuda ante las pruebas y enfermedades. Entonces el Señor se le apareció en toda su gloria, diciendo: “He escuchado la oración y te concedo tu petición.” Los cuerpos de los santos mártires fueron enterrados con honor, y el Santo se convirtió en una fuente de bendiciones para los que se reunían anualmente en el lugar de su entierro para conmemorarlo. San Blasio es uno de los más venerados sanadores sagrados de Oriente y Occidente.