Santa Verónica, la que tenía hemorragia, sanada por Cristo

Santa Verónica llegó a Cesarea de Filipo (Paneas). Ella fue sanada por nuestro Señor Jesucristo, de una hemorragia que había padecido durante doce años (Mt. 9:20). En acción de gracias, hizo hacer una estatua de bronce, que representaba a Cristo con su mano extendida sobre una mujer arrodillada frente a él. A sus pies, en el zócalo, estaba escrito: Para Dios, el Salvador del mundo, una planta que creció para sanar todas las enfermedades. Verónica colocó la estatua al frente de su casa, de manera que todos los que pasasen pudiesen venerarla y tener presente en su corazón el recuerdo de su modelo, el Dios-Hombre (Cf. Eusebio de Cesarea: Historia Eclesiástica VII, 18. Es quizás el único ejemplo de la veneración de una estatua en la tradición ortodoxa. Esta efigie de Cristo fue destruida por orden de Julián el Apóstata durante su intento de revivir el paganismo (361), si. Sozomen: Historia Eclesiástica V, 21.). Habiendo pasado el resto de su vida en santidad y de una manera agradable a Dios, se durmió en paz, para regocijarse ante la faz del Señor eternamente.

Según una tradición latina, Santa Verónica fue la mujer que secó la cara empapada de sangre del Señor mientras cargaba su Cruz hasta el Gólgota. La imagen del Señor quedó impresa en la prenda, considerada una de las imágenes ‘no hecha por mano humana’. Pero de acuerdo a un escrito apócrifo antiguo, Los Hechos de Pilato, Verónica (Berenice) fue la mujer con flujo de sangre que poseía la imagen de Cristo, la cual presentó al emperador Tiberio en Roma. A su muerte, el precioso retrato le fue dado a San Clemente.