San Nicodemo de Monte Athos

Esta brillante estrella en el firmamento de la Iglesia surgió en 1749, en la isla de Naxos, en las Cícladas. Sus padres, devotos y temerosos de Dios, lo bautizaron con el nombre de Nicolás y el sacerdote local le enseñó a leer. En contraste con los otros niños, se abstuvo de los juegos rudos y ocupaba todo su tiempo leyendo. Había sido dotado por Dios no sólo con una inteligencia viva, sino también con una memoria excepcional, lo que le permitía retener todo lo que leía y recordarlo exactamente cada vez que lo deseaba. Enviado a Esmirna a los dieciséis años para seguir las enseñanzas del Didascalos (maestro) Hieroteo Dendrinos en la Escuela Evangélica, donde se hizo querer por todos, tanto maestros como alumnos, por su delicadeza y refinados modales. Además de la literatura secular y las disciplinas del saber sagrado, se convirtió en experto en griego antiguo, lo que le permitió cumplir la misión para la que Dios lo había preparado: que los tesoros de la tradición de la Iglesia estuviesen disponibles para los oprimidos griegos ortodoxos.
Después de cuatro años de estudio en Esmirna, se vio obligado, pues los turcos estaban masacrando a los griegos a raíz de la campaña rusa, a volver a Naxos. Allí conoció a los monjes Gregorio, Nifón y Arsenio, que habían sido exiliados de la Montaña Sagrada debido a la controversia los ‘Collyvades’,[1] quienes fomentaron en él el amor por la vida monástica y lo iniciaron en la práctica de la ascesis y la oración interior. Le dijeron que estaba viviendo en Hidra un hombre de excepcional virtud, formado en la doctrina de los Padres de la Iglesia: el Metropolita Macario de Corinto. Nicolás fue allí, como la cierva sedienta busca las corrientes de agua (Sal 42 [41]:2), y encontró en el santo jerarca una plena comunión de pensamiento y la aspiración en todo lo referente a la necesidad urgente de traducir y editar los textos antiguos de la tradición eclesiástica. También conoció al famoso ermitaño Silvestre de Cesarea, que vivía aislado en una celda alejada de la ciudad. Este santo hombre hablaba con tal fervor de la vida solitaria, que Nicolás decidió tomar sin demora el liviano yugo de Cristo sobre él, y partió a Monte Athos, portando cartas de recomendación de Silvestre (1775).
Ingresó al monasterio de Dionisio, donde fue rápidamente revestido con el Hábito monástico con el nombre de Nicodemo. Designado secretario y lector, pronto se convirtió en modelo para todos los hermanos, tanto en el servicio -que cumplía obedientemente sin murmurar- como en el celo por la oración y la ascesis. Progresaba cada día, sometiendo la carne al espíritu y preparándose para las batallas de la vida hesicasta. Dos años habían pasado cuando San Macario de Corinto, en una visita a la Montaña Sagrada, le encargó a Nicodemo la revisión y preparación para la publicación de la Filocalia, la enciclopedia ortodoxa de la oración y la vida espiritual. El joven monje se retiró a un Kellion en Karyes para cumplir esta tarea, digna de los maestros más avanzados de hesicasmo y que exigía un profundo conocimiento de la ciencia del alma. Lo mismo hizo para los Evergetinos[2] y el Tratado sobre la Comunión Frecuente, que San Macario había reescrito y enriquecido considerablemente.[3] Una vez terminado el trabajo, regresó a Dionisio, pero el tiempo que había pasado con los Santos Padres y en la práctica intensiva de la Oración de Jesús le había despertado el deseo de consagrarse a ella más completamente. Habiendo oído hablar de San Paisio Velichkovsky (15 nov.), que guió a miles de monjes de Moldavia en esta santa actividad de llevar la mente al corazón, trató de unirse a él. Pero por la providencia de Dios, una tormenta le impidió alcanzar su meta. Volviendo a la Montaña Sagrada y ardiendo de deseo por dedicarse a la oración en hesichia, no volvió a Dionisio sino que se retiró al Kellion cerca Karyes y luego al Skete de Kapsala, una dependencia del Monasterio del Pantocrátor, en una ermita dedicada a San Atanasio, donde copiaba manuscritos para proveer sus necesidades. Entregándose día y noche a la oración y el estudio de los Santos Padres, subió rápidamente los peldaños de la escalera espiritual.
Después de un corto período de tiempo, el santo anciano Arsenio del Peloponeso, a quien había conocido en Naxos, regresó a Athos, y se instaló en el Skete. Nicodemo abandonó entonces voluntariamente su soledad para beneficiarse con las bendiciones de la obediencia, y se convirtió en su discípulo. Apenas había terminado de construir un nuevo Kellion cuando, perturbados en su hesichia, decidieron retirarse a la isla desierta y árida de Skyropoula, frente a Eubea (1782). Pero, en vista de las dificultades para subsistir, Arsenio se fue a otro lugar y Nicodemo se quedó allí solo. Fue ahí, a petición de su primo, el Obispo Hieroteo de Euripos, que el Santo escribió su obra maestra: El Manual del Consejo Espiritual, para la protección de los sentidos, los pensamientos y la actividad del intelecto. Con sólo treinta y dos años de edad, y careciendo de libros o apuntes, pudo escribirlo apoyándose en el tesoro de su gran memoria y su continua conversación con Dios, estableciendo en este trabajo un resumen de la doctrina espiritual de los Santos Padres, enriquecido con un impresionante número de citas y referencias exactas. En él enseña cómo liberar el intelecto (nous) de la esclavitud de placer sensual, lo que permite elevarse, mediante la oración interior (u Oración del Corazón) a los ‘placeres’ espirituales de contemplación. Durante su estancia en esta isla desierta, el Santo enfrentó violentos ataques de los demonios, que intentaba ahuyentarlo. Pero a pesar de la actitud temerosa de su adolescencia, cuando no se atrevía a dormir con la puerta cerrada, lo haría ahora, y cuando los espíritus de las tinieblas iban a distraerlo por la ventana, sólo levantaba la vista de su libro para reírse de sus inútiles incursiones.
Después de pasar un año en Skyropoula, volvió a Athos, recibió el Gran Hábito y ocupó el Kellion de San Teonas en Kapsala. Aceptó recibir un discípulo, Hieroteo, y se dedicó más que nunca a escribir y enseñar a los hermanos que iban a instalarse en las inmediaciones para beneficiarse de su sabiduría.
Durante una nueva estancia en la Santa Montaña, San Macario le encomendó editar la traducción de las obras completas de San Simeón el Nuevo Teólogo;[4] en su Introducción a estas obras, que contienen una profunda enseñanza sobre la contemplación, San Nicodemo declara que tales libros no han sido escritos sólo para los monjes, sino también para los laicos, ya que todos los cristianos están llamados a vivir la perfección del Evangelio. Él escribió un Manual del Confesor[5] y reunió en una sola colección los Cánones a la Madre de Dios cantado en los monasterios, al final de las Vísperas o Completas en cada día de la semana. Junto con muchas otras composiciones litúrgicas,[6] años después publicó dos obras adaptadas de famosos libros espirituales occidentales: Guerra Invisible de Lorenzo Scuppoli (1589)[7] y los Ejercicios Espirituales,[8] que hasta nuestros días son un éxito indiscutible. Lejos de ser meras traducciones, estas obras fueron profundamente adaptadas por el santo hesicasta, quien añadió maravillosas enseñanzas sobre el arrepentimiento, la ascesis y la Oración de Jesús. Mientras tanto, el libro sobre la comunión frecuente había provocado una violenta reacción entre los monjes que apoyaban la práctica -contraria a los cánones sagrados y apostólicos tradicionales- de recibir la Comunión sólo tres o cuatro veces al año. Acusado de herejía innovadora, el libro fue condenado por el Patriarca Procopio. Pero apenas fue entronizado Neófito VII (1789), la prohibición fue levantada y los ‘Collyvades’ fueron reconocidos como los defensores de la verdadera fe. Sin embargo, insidiosas y ridículas calumnias continuaron circulando en algunos ámbitos monásticos contra San Nicodemo, acusándolo incluso, de ocultar el Santísimo Sacramento en el tocado monástico (Skoufo) para poder consumirla durante sus viajes. Pero el Santo decidió guardar silencio, mirando a Dios para justificarse, y derramó lágrimas por la conversión de los que estaban en el error sobre la conmemoración de los domingos.
El Hieromonje Agapio del Peloponeso fue al Monte Athos para pedirle a San Nicodemo que se encargase de traducir una colección de Cánones sagrados que él había compuesto, enriqueciéndolo con sus comentarios. El Santo, para quien la vida y la disciplina de la Iglesia eran lo más importante en su vida, se puso a trabajar con entusiasmo sin demora junto a cuatro calígrafos, para completar esta colección indispensable, a la que llamó El Timón (Pedalion). Trabajó día y noche durante más de dos años, compilando, corrigiendo textos distorsionados o contradictorios, clasificando por separado los Cánones de los Concilios, los textos de los Santos Padres y los decretos legales de los emperadores bizantinos, enriqueciendo todo el trabajo con una impresionante serie de notas, exponiendo criterios claros para la aplicación de estos Cánones a la vida de la Iglesia.[9] Una vez completado y enviado a Constantinopla, el manuscrito tuvo que esperar un largo tiempo para obtener la bendición patriarcal, y luego fue enviado al Hieromonje Teodoreto, que estaba por entonces en Rumania, para ser editado, gracias a un convenio con los monjes de Monte Athos. Pero Teodoreto, rival de los ‘Collyvades’ y de la comunión frecuente, presentó sus propias correcciones de El Timón, torciendo así el pensamiento del escritor y la Tradición de la Iglesia. Cuando el libro, que fue publicado en Leipzig en 1800, llegó a manos del Santo, éste se angustió mucho y exclamó: ‘Hubiera sido preferible que me atraviesen el corazón con una espada antes que añadir o quitar algo de la versión original.’
Casi al mismo tiempo, la noticia de que el manuscrito de las obras completas de San Gregorio Palamás (14 nov.), que San Nicodemo, a petición de San Atanasio de Paros (24 jun.) y el Metropolita León de Heliópolis, compiló y corrigió con gran dificultad, había sido incautado por un editor de Viena y destruido por los austríacos que estaban buscando el Manifiesto de Antonio Rigas Feraios, convocando a los griegos a levantarse contra los otomanos. Esta noticia profundizó su aflicción y lo hizo derramar un mar de lágrimas, no sólo por el insustituible tiempo perdido en este trabajo, sino sobre todo lo valioso de este tesoro.

Después de haber pasado algún tiempo con Silvestre de Cesarea, en el Kellion de San Basilio, donde anteriormente había vivido San Teófilo el Miroblita (8 jul.), Nicodemo volvió su solitaria vida nuevamente y continuó su trabajo apostólico. Vestido con harapos y calzando pesados zuecos, se veía a sí mismo como el más pequeño de todos. Nunca preparaba comida, sólo se alimentaba con arroz hervido o miel diluida, añadiendo unas aceitunas y habas remojadas. Cuando el hambre se hacía insoportable, iba a pedirles comida a los vecinos, pero generalmente en tales ocasiones, se entusiasmaba con algún debate y se olvidaban de comer. Sólo desarrollaba dos actividades: la oración y el estudio. A cualquier hora del día o de la noche, se lo encontraba inclinado sobre un libro o en su escritorio, con la barbilla contra el pecho para que su mente se introdujese lo más profundamente posible dentro de su corazón, invocando fervientemente el Santo Nombre de Jesús. Todo su ser se había convertido en oración, y fue a través de esta íntima unión con Cristo que la gracia divina puso en su corazón todo el tesoro de la Iglesia. Cuando escribía, se concentraba tanto en lo que hacía que un día, un monje que fue a visitarlo lo encontró trabajando, y le puso un trozo de pan en la boca. Cuando regresó por la tarde, se encontró con el Santo permanecía en la misma posición, con el pedazo de pan en la boca, como si no se hubiera dado cuenta de nada.
Luego editó un vasto comentario sobre las Epístolas de San Pablo por San Teofilacto de Bulgaria, compuso sus propias Epístolas Católicas, escribió un comentario sobre las nueve Odas que él llamaba El Jardín de la Gracia, y tradujo el Comentario de los Salmos de Eutimio Zigabinos. Al igual que en el resto de sus obras, San Nicodemo superó con creces la simple tarea de traducir. Tomando el comentario original como base, él lo enriquecía con abundantes notas llenas de testimonios de otros Padres de la Iglesia en muchos temas. Como una fuente inagotable, también editó una selección de las Vidas de los Primeros Santos (Neón Eklogion) y el Nuevo Martirologio: una colección de la vida de los Nuevos Mártires destinada al apoyo de los cristianos bajo la opresión del yugo otomano, gracias a las cuales muchos apóstatas se convirtieron y se unieron a las filas gloriosas de los mártires. Siempre preocupado por la educación del pueblo de Dios, también escribió un Manual de Buena Conducta (Christoetheia) para los cristianos, una maravillosa antología de la enseñanza moral de San Juan Crisóstomo.

Aquellos que habían sido heridos por el pecado o la apostasía, ignorando a obispos y confesores, acudían todos los días a a ver al asceta de Kapsala para encontrar la curación y el consuelo del alma. No sólo los monjes, sino también gente común acudía de lejos, razón por la cual el Santo se lamentaba de no poder entregarse a la oración como él quería, y trató de encontrar una vez más un lugar desierto donde fuese desconocido, pero su enfermedad le impedía cumplir este proyecto. Sólo tenía cincuenta y siete años de edad, pero, agotado por la ascesis y su obra literaria, con la que se podría llenar una biblioteca, fue presa de tal debilidad, que ni siquiera comiendo un poco más podría remediarlo. Por lo tanto, dejó su ermita en Kapsala para ir a vivir durante un tiempo al Kellion de sus amigos en Eskourtaioi en Karyes,[10] y luego con uno de sus vecinos, un monje iconógrafo. Fue allí donde, a costa de dos años de duro trabajo, compiló el Sinaxarion.[11] Después de eso, regresó a su celda en Kapsala, donde escribió su rico comentario sobre los cánones para las fiestas (Heortodromion) y otro en el Anavathmoi (Nea Clímax), cantado los domingos en los Maitines.[12] Completó este último trabajo, en el que se encuentra todo su conocimiento teológico y vitalidad espiritual, mientras que afectado por la anemia, perdió los dientes y se volvió casi sordo (1808). Surgieron nuevas calumnias que hicieron que el Patriarca Gregorio V condenara injustamente a Atanasio de Paros y a otros tres Collyvades. San Nicodemo no pudo defenderlos, pero escribió una confesión de fe. Su estado de salud se estaba deteriorando rápidamente. Después de haber hecho una última revisión de su comentario sobre el Anavathmoi, dijo: ‘¡Señor, déjame ir, estoy cansado de este mundo!’ Día a día, la parálisis se apoderó de todos sus miembros. Repetía la Oración de Jesús en voz alta, pidiéndoles perdón a los hermanos por no poder hacerla en silencio. Después de confesarse y recibir la Santa Comunión, tomó las reliquias de San Macario de Corinto y de Partenio Eskourtaios en sus manos, las besó con lágrimas y dijo: ‘Ustedes han ido al cielo a descansar en las virtudes que han adquirido en la tierra, y a saborear la gloria de nuestro Señor. Yo sigo aquí sufriendo por mis pecados. Les ruego, padres míos, que intercedan por mí ante el Señor para que se apiade de mí y me haga digno alcanzar el lugar donde se encuentran.’ Durante la noche, gritó: ‘¡Me muero, me muero, tráiganme la comunión!’ Después de haber recibido los Santos Misterios, se tranquilizó, y, cruzando las manos sobre el pecho, les respondió a los monjes que le estaban preguntando si estaban en paz: ‘He dejado entrar a Cristo en mí, ¿cómo no podría estar en paz? En la madrugada del 14 de julio de 1809, entregó su alma en las manos del Señor. Uno de los presentes dijo: ‘¡Hubiera sido mejor que miles de cristianos muriesen hoy en vez de Nicodemo!’ Sin embargo, aunque la luz de esta estrella se apagó, sus rayos no cesaron de iluminar a la Iglesia, y sus libros siguen siendo una fuente inagotable de enseñanza, consuelo y exhortación a la plenitud de vida en Cristo.

[1] Ver la Vida de San Macario de Corinto, 17 abril.
[2] Cf. 17 abril.
[3] Una primera versión fue escrita anónimamente por Neófito de Kavsokalibia alrededor de 1771. El trabajo fue revisado por San Macario y luego enriquecido con numerosas referencias patrísticas por San Nicodemo. Al parecer, con esta nueva forma, con el nombre del autor, en 1783.
[4] Esta traducción lleva el nombre de Dionisio de Zagora, como se la conoce en otros lugares. Por lo tanto, es probable que si él no lo escribió bajo este seudónimo, San Nicodemo al menos la revisó en profundidad. También compuso un admirable Oficio litúrgico en honor a San Simeón, cuya conmemoración se instituyó el 12 oct.
[5] Todavía es el manual más utilizado en la Iglesia Griega.
[6] Especialmente los Oficios de los Santos Padres de Athos y los Nuevos Mártires, cuya conmemoración se instituyó en el segundo y tercer domingos después de Pentecostés.
[7] San Nicodemo utilizó un manuscrito de traducción italiana, hecho por Emmanuel Romanites, un cretense que fue secretario del monasterio de Patmos a principios del siglo XVIII. Sin dudas le fue prestado por San Macario de Creta, que se había alojado en el Monasterio de San Juan el Teólogo y estaba vinculado a él.
[8] A menudo considerado como una adaptación del famoso tratado de Ignacio de Loyola, este trabajo está, de hecho, inspirado en los Ejercicios Espirituales y otras obras del escritor espiritual italiano JP Pinamonti (1632-1703). Emmanuel Rominates también había hecho una traducción griega del mismo, que San Nicodemo probablemente habría utilizado. Estas traducciones han sido recientemente descubiertas entre los manuscritos de Patmos.
[9] El Timón es todavía el libro canónico ortodoxo de uso más frecuente y sus notas se ven a menudo como una autoridad equivalente a la de los propios Cánones.
[10] Allí se encuentran sus reliquias en la iglesia de reciente construcción, en su honor.
[11] Esta traducción del Sinaxarion de Constantinopla, ampliamente revisada de los manuscritos, todavía tiene vigencia en la Iglesia Griega y ha servido de base para este Sinaxarion.
[12] Esta lista de sus obras no es exhaustiva.