Presentación al Templo de la Santísima Madre de Dios y Siempre Virgen Maria

Durante los primeros días del ayuno de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la presentación de la niña María en el Templo de Jerusalén. Llamada en la Iglesia como “la Entrada de la Santísima Madre de Dios en el Templo”, esta fiesta, que no se cuenta entre los eventos recordados en el Evangelio, es una de las doce fiestas mayores del año litúrgico de la Iglesia Ortodoxa. El propósito de la misma no es conmemorar un evento histórico sino más bien celebrar un misterio dogmático de la fe cristiana: el que cada ser humano ha sido creado para que llegar a ser un templo viviente de Dios.

La fiesta en sí celebra que la niña María, de tres años de edad, cumple una promesa hecha por sus padres Joaquín y Ana en el momento de la concepción: ser ofrecida a Dios en el Templo de Jerusalén. La pequeña niña es honrada con algunos versículos extraídos del Salmo 45, místicamente interpretado como una profecía de su vocación a ser madre del Mesías.

¡Escucha, hija mía, mira y presta atención! Olvida tu pueblo y tu casa paterna, y el rey se prendará de tu hermosura. El es tu señor: inclínate ante él; la ciudad de Tiro vendrá con regalos y los grandes del pueblo buscarán tu favor.

Embellecida con corales engarzados en oro y vestida de brocado, es llevada hasta el rey. Las vírgenes van detrás, sus compañeras la guían, con gozo y alegría entran al palacio real.

Tus hijos ocuparán el lugar de tus padres, y los pondrás como príncipes por toda la tierra.

Yo haré célebre tu nombre por todas las generaciones; por eso, los pueblos te alabarán eternamente.

Salmo 45: 11-18

Espiritualmente la historia cuenta como, llegando al Templo, la niña María fue ingresada al Santo de los Santos por el Sacerdote Zacarías, el padre de Juan el Bautista, para ser alimentada por los ángeles en preparación a la concepción virginal del Hijo de Dios. Al entrar al santo lugar trae ella misma el final a la “sombra” de las cosas terrenales, al templo físico de Dios para comenzar la “realidad” del templo humano y espiritual en donde Él habita, realidad que se cumple en ella y que, por medio de ella, todos los seres humanos se convierten en Cristo y al Santo Espíritu en la Iglesia.

¡Fieles! Regocijémonos hoy cantando al Señor con salmos y ala­banzas; venerando Su Taberná­culo Santo, el Arca Viviente que contuvo al Verbo que no puede ser conte­nido. Pues Ella, es presentada en la carne al Señor, como niña y de ma­nera sobrenatural; y Zacarías, el gran sumo sacerdote, lleno de alegría, la re­cibe pues Ella es la morada de Dios.

Hoy, el Templo Vivo de la Glo­ria Santa de Cristo nuestro Dios, Ella quién es la Única Pura y Ben­dita, es presentada en el templo de la Ley, para habitar en el Santuario. Hoy Joaquín y Ana se regocijan en espíritu con Ella, y los coros de las vírgenes, con himnos alaban al Señor, honrando a Su Madre.

Por el Espíritu Santo, la Santa Exenta de toda mancha, es lle­vada para morar en el Santo de los San­tos; y es alimentada por un Án­gel, Ella quién está por ser, en ver­dad, el Templo Santísimo de nuestro Dios Santísimo. Quién, al mo­rar en Ella, ha santificado la crea­ción en­tera, y ha deificado la caída naturaleza humana.

¡Venid hoy, multitudes de fieles! Congregándonos espiritualmente, celebremos con buena ala­banza, a la niña de Dios, la Vir­gen Madre de Dios. Siendo ofrecida en el Templo del Señor; la preesco­gida de todas las generaciones, para ser Morada de Cristo, el Rey de to­dos. ¡Acérquense, vírgenes, llevando las lámparas, honrando la majes­tuosa entrada de la Siempre-Virgen! Y vo­sotras, madres, dejad de lado toda angustia; y seguidlas, ala­bando a Aquella que ha llegado a ser Ma­dre de Dios y causa de alegría para el mundo. Exclamémosle pues jubilo­samente, con el Ángel: “¡Salve!”, a la Llena de Gracia, Que intercede siempre por nuestras al­mas.

La fiesta de la Presentación de la Madre de Dios en el Templo es llamada en el himno principal de la fiesta como el “cumplimiento de la buena voluntad de Dios” anunciada por los ángeles al mundo en el nacimiento de Cristo. Esta es la primera celebración de la salvación que viene al mundo en Jesús, de quien María misma es la primera y más excelsa recipiente.

La Virgen, que es la prefigurada complacencia de Dios y la primicia del anuncio de la salvación de la humanidad; hoy se revela públicamente, en el Templo de Dios, y an­ticipa en anunciar a Cristo a todos. Exclamémosle, pues con voz alta, diciendo: “¡Salve!, Tú que eres el cumplimiento de la buena voluntad del Creador”.

El Templo Purísimo del Salva­dor, la Virgen y preciosísima Cá­mara nupcial, el Tesoro sagrado de la Gloria de Dios; hoy es introducida en la casa del Señor, trayendo con­sigo la gracia del Espíritu Divino. ¡Que la alaben pues los ángeles de Dios! Porque Ella es el Tabernáculo celestial.

R.P. Thomas Hopko