Nuestro venerable y Teóforo Padre, Antonio el Grande, Abad

San Antonio, la primera flor del desierto, nació alrededor del año 250 en el pequeño pueblo de Coma, en el Alto Egipto. Sus padres, cristianos ricos y de alto rango, lo educaron en la fe y el temor de Dios. Se ocuparon de su educación ellos mismos, pues Antonio no tenía deseos de participar en los juegos de otros niños bulliciosos y mostraba una fuerte aversión para el aprendizaje secular. Nunca salía de su casa salvo para ir a la iglesia, donde a escuchaba con atención la lectura de las Sagradas Escrituras y los relatos de las hazañas de los santos. 

Cuando tenía unos veinte años, la muerte de sus padres lo dejó como único heredero de la fortuna familiar y responsable de la educación de su joven hermana. Un día, después de haber oído en la iglesia una reflexión sobre la vida pacífica de los Apóstoles y los primeros cristianos, escuchó la lectura de las palabras del Evangelio que dicen: Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres… y después, ven y sígueme (Mt. 19:21). Convencido de que iban dirigidas solo a él, repartió sus tierras entre sus vecinos, vendió todos sus bienes y distribuyó lo obtenido entre los pobres, dejando lo necesario para el mantenimiento de su hermana. En otra ocasión, al oír la lectura de las palabras: No te inquietes por el día de mañana (Mt. 6:34), decidió renunciar al mundo definitivamente. Regaló qué bienes le quedaban, confió a su hermana al cuidado de una mujer virtuosa, y salió de su casa para abrazar la vida ascética. 

En esa época todavía no existían los monasterios, pero había hombres que vivían como ermitaños practicando el ayuno y la oración no muy lejos de sus aldeas. Uno de estos ancianos vivía cerca del pueblo de Antonio, y éste decidió seguir el mismo estilo de vida. Se estableció en un lugar aislado, donde, con su espíritu libre de toda preocupación y recuerdos de su vida pasada, trabajó con sus manos, repartiendo sus ganancias entre los pobres, meditado sobre las Escrituras y haciendo todo lo posible para mantener su oración inalterada en su corazón. Cada vez que oía sobre la virtud de alguno de los anacoretas, se apresuraba a ir a su encuentro como una abeja laboriosa para observar la humildad de uno, o la mortificación y perseverancia en la oración o la meditación de otro. Al regresar a su celda, trataba de reunir todas estas virtudes en sí mismo.

El Diablo, a quien irritan las buenas acciones de los hombres, no podía soportar tanta devoción en un hombre tan joven, y decidió luchar contra él. En primer lugar, le hizo recordar la fortuna que había dejado, a la hermana que había abandonado, y todos los placeres de su vida anterior. Luego le evocó las terribles dificultades de la vida ascética, de su debilidad física, y de las prolongadas pruebas que debería soportar a través de los años, trayendo sobre él toda una nube espesa de conflictivos pensamientos. Dado que Antonio se resistía a estos ataques con fe firme, paciencia y oración incesante, el Maligno decidió atacarlo por otro lado. Llevó a su mente pensamientos malos y lujuriosos aprovechándose de su juventud. Viendo que se mantenía firme en su fe, asumió durante la noche la forma de una mujer y con gestos desvergonzados lo invitó a pecar. Pero el valiente soldado de Cristo rechazó a Satanás con el recuerdo de las penas del infierno. El Diablo, reconociendo con exasperación que había sido golpeado, decidió manifestarse como el espíritu de la fornicación con el aspecto de un niño moreno. Antonio repelió esta aparición absurda con desprecio, y cantó: El Señor está conmigo y me ayuda, yo veré derrotado a mis adversarios (Sal. 118:7). De hecho, estaba convencido de que esta primera victoria no se debía a sí mismo, sino a la gracia de Dios que estaba con él (cf. 1 Cor. 15:10). En consecuencia, debidamente advertido por las Sagradas Escrituras de las distintas trampas de los demonios, no se dejó seducir por una falsa sensación de seguridad, manteniéndose siempre alerta, trabajando con más atención aún para armonizar entre su cuerpo y espíritu, no sea que tras superar una prueba, sea derrotado en otra. Después de reforzar su determinación con las costumbres piadosas, ya no encontró dificultades para pasar toda la noche en oración. Sólo comía un poco de pan y sal cada dos días, y se negaba a sí mismo todo consuelo humano. Olvidando el tiempo ya pasado en esta forma de vida, me lanzo hacia adelante (Flp. 3:13), considerando cada día como el inicio de su ascesis y haciendo suyas las palabras del Profeta Elías: El Señor está vivo y hoy mismo me presentaré ante él (1 Rey. 18:15).

Para cumplir con su cometido, habitaba una antigua tumba excavada por paganos, provocando la ira de Satanás, que todas las noches iba con varios demonios y caían sobre él asestándole terribles golpizas, dejándolo medio muerto en el suelo, cubierto de heridas. Cuando un amigo que le llevaba la comida lo encontró en este estado, lo llevó inmediatamente a la iglesia del pueblo. Pero apenas recuperó la conciencia, Antonio le pidió a su amigo que lo llevara de vuelta a la tumba. Como no podía ponerse de pie, oraba desde el suelo burlándose de los demonios, que se agolpaban en la tumba en forma de todo tipo de animales salvajes y reptiles. Atacado por todos lados, el valiente guerrero los rechazó exclamando: “Si tuvieran poder, uno solo de ustedes sería suficiente para destruirme, pero como el Señor los ha privado de su fuerza, tratan de asustar por su número. El hecho de que no puedan hacer nada mejor que tomar la forma de animales irracionales, muestra lo débil que son. Si tiene algún poder sobre mí, vamos, no pierdan su oportunidad, ¡atáquenme! Pero si no pueden hacer nada, entonces todo su esfuerzo es inútil. ¡La Señal de la Cruz y la fe son mi inquebrantable defensa! Los demonios, enfurecidos por su impotencia, sólo podían rechinar los dientes. Finalmente, el Señor Jesucristo apareció desde lo alto del cielo, en medio de una luz deslumbrante, y vino en su ayuda, poniendo a los espíritus de las tinieblas en fuga. “¿Dónde estabas, Señor?” preguntó Antonio. “¿Por qué no pusiste fin a esta lucha antes?” “Yo estuve allí a tu lado en todo momento”, respondió Cristo. “Pero quería ver si eras capaz de superar la prueba. Como has soportado tan valientemente, a partir de ahora seré siempre tu defensor y voy a hacer tu nombre famoso en todo el mundo.”

Antonio, de treinta y cinco (286) y habiendo superado todas las pruebas que se le presentaron, decidió entonces instalarse solo en el desierto. Caminó por la orilla izquierda del Nilo, hasta que llegó a un viejo fuerte abandonado en una montaña al borde del desierto. Expulsó a los reptiles que infestaban el lugar, viviendo en la mayor soledad durante veinte años, no abriendo la puerta a nadie. Un amigo venía cada seis meses con pan, que arrojaba por encima del muro. Sin embargo, muchas personas se sintieron atraídas al lugar por la reputación del Santo. Desde adentro se oían las voces de los demonios gritando al hombre que se había atrevido a venir a vivir en su morada. Un día algunos de sus visitantes, impulsados por su admiración por el Santo, rompieron la puerta y vieron a Antonio resplandeciente, como si saliese de un santuario místico, y sin embargo, a pesar de todas sus mortificaciones, parecía el mismo de hacía veinte años atrás.

A partir de ese momento (360) estuvo dispuesto a aceptar un número cada vez mayor de discípulos. Fundó dos monasterios, uno en Pispir, en la costa este del Nilo (su Montaña Exterior), y el otro al oeste del río, no lejos de Arsinoe. Con el corazón lleno de paz y su inquebrantable espíritu fijo en Dios, San Antonio tenía el poder de reconciliar a los enemigos con su mera presencia, para hacer reinar la caridad entre los que le rodeaban, y para sanar a los enfermos con su oración. Inspirado por el Espíritu Santo, instruyó a sus monjes en las ciencias espirituales. Los exhortó a no dejarse desanimar jamás por las pruebas ni a permitir que mermara su fervor inicial, sino a hacerlo crecer día a día como si recién empezase. Meditando las palabras del Apóstol: Cada día yo me enfrento con la muerte (1 Cor. 15:31). Él dijo:

Esforcémonos en no poseer nada, excepto lo que hemos de llevar con nosotros a la tumba, es decir, la caridad, la mansedumbre, la justicia y cosas similares. La virtud, es decir, el Reino de los Cielos, sólo necesita de nuestra buena voluntad, porque está dentro de nosotros. En realidad, consiste simplemente en mantener la parte espiritual de nuestra alma en la pureza y la belleza en la que ha sido creada.

Vigilando atentamente nuestro corazón para protegerlo de la mancha de los malos pensamientos, de la atracción de los placeres y de las explosiones repentinas de ira, vamos a ser capaces de soportar los ataques de los demonios que nos rodean, que hacen todo lo posible para evitar que los cristianos alcancen el cielo y ocupen los lugares de donde su orgullo y rebelión los han expulsado. Sólo mediante la ascesis y tenacidad de la oración abundante, podremos recibir el don de discernimiento de los espíritus para poder así frustrar sus artimañas. Primero nos asaltan con malos pensamientos, y luego, si los hemos rechazado por la fe, el ayuno y la oración, renuevan el ataque con todo tipo de imaginaciones engañosas, con la esperanza de aterrorizarnos. Retrocediendo una vez más por el poder de Cristo, a continuación, intentan engañarnos pretendiendo predecir eventos futuros, que sólo Dios puede hacer, pero que se las arreglan para imitar gracias a la agilidad de su naturaleza incorpórea. Si todavía nos encuentran inquebrantables, a continuación, su príncipe, el mismo Satanás, se nos aparece en toda su pompa, rodeado de una luz engañosa, imagen del fuego eterno preparado para él, y nos sugiere artísticamente todo tipo de visiones, revelaciones, proezas ascéticas y trampas de toda especie con el fin de hacernos caer en el orgullo y la ilusión. No tengas miedo de todos estos ataques. Habiendo perdido todo su poder desde la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, y siendo incapaces de permanecer quietos, su accionar solo se reduce a amenazarnos con palabras, ruidos y apariciones vanas. Si tuviesen algún poder, no tendrían que actuar como lo hacen, y hace tiempo que hubiesen impedido el aumento y el progreso de los cristianos. Debemos temer solo a Dios y, lejos de preocuparnos de los demonios, debemos mirarlos con desprecio. Pues a nada les temen más que al ayuno de los monjes, a su humildad, paciencia y amor a Dios y a sus hermanos. No debes hacerte ningún problema si se te aparece, solo pregúntale: ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? Si la aparición es santa, tus dudas inmediatamente desaparecerán y tu miedo se transformará en alegría, y si es del diablo, instantáneamente se esfumará al ver tu firmeza. De hecho, todas estas pruebas son para tu beneficio. Renuncia a la tentación y te salvarás.

Bajo la influencia de San Antonio, el desierto se convirtió en una verdadera ciudad poblada por monjes, que habían renunciado al mundo para convertirse en hombres libres de la ciudad celestial. Sus monasterios eran como templos donde los hombres, unidos en dulce armonía al tener un único objetivo en mente, se pasaban la vida salmodiando, meditando sobre las Sagradas Escrituras, ayunando y orando con la esperanza de los bienes venideros.

En aquellos días Maximino reavivó el fuego de la persecución en Egipto, y por la ciudad de Alejandría corría la sangre (311). Deseando fervientemente alcanzar la perfección del martirio, Antonio fue a Alejandría para servir a los confesores, y enfrentó audazmente el peligro para visitarlos en sus cárceles y en las minas, instándolos a pelear la buena batalla hasta el final. Pero a pesar de su deseo de poder compartir su suerte, Dios le tenía reservadas otras pruebas; por eso no fue detenido y regresó a su monasterio, donde se mantuvo firme en el martirio incruento de su conciencia por aumentar la austeridad de su ascesis.

A pesar de vivir como un anacoreta, continuó realizando milagros y recibiendo a la constante multitud de visitantes. Decidió, por tanto, retirarse a un desierto más profundo. Se fue tres días a pie con una caravana de beduinos hasta el monte Colzim (actualmente el Monte de San Antonio) en el desierto, cerca del Mar Rojo, y allí se instaló, inspirado por una revelación divina, en lo que se conoce como su Montaña Interior. La fuente de agua que fluía servía de abrevadero para los animales salvajes, pero esto no preocupaba al Santo, ya que ante su presencia, estos se retiraban mansamente. Vivía del producto de su pequeña huerta y, aparte de atender las escasas visitas de sus discípulos, se dedicaba ininterrumpidamente a la contemplación y el combate contra los enfurecidos demonios.

Después de muchos años Antonio, en su vejez, fue a visitar a sus discípulos de su Montaña Exterior de Pispir. En el camino, hizo brotar un manantial de agua en el desierto para saciar la sed de sus compañeros. Grande fue la alegría de los monjes ante la llegada del Hombre de Dios, y su visita fue una ocasión propicia para que todos encararan las pruebas de la virtud con renovado fervor. Una gran multitud lo siguió de regreso a su montaña: algunos pidieron la curación de enfermedades corporales, otros acudieron en busca de consuelo espiritual y consejo, y, como Dios mismo, el Santo le dio a cada uno según su necesidad. Solo rompía su silencio por inspiración del Espíritu Santo y, cuando hablaba, lo hacía a través de las palabras de las Sagradas Escrituras. Fue capaz de decir con confianza: “En cuanto a mí, ya no temo a Dios, pues lo amo. El amor perfecto elimina el temor” (cf. 1 Jn. 4:18). Por lo tanto, en sus enseñanzas, insistió principalmente en el amor fraterno y la purificación del corazón. También dijo: “De nuestro prójimo dependen la vida y la muerte, porque si ganamos a nuestro hermano, lo ganamos para Dios, pero si lo hacemos caer en pecado, entonces pecamos contra Cristo”. Lleno de compasión paternal, sabía cuál era el momento oportuno para atemperar la ascesis de sus discípulos con algunas actividades recreativas, y les enseñó la lección, que él mismo había aprendido de un Ángel, de la lucha contra la acedia (pereza) por la sabia combinación de la oración pura, salmos y el trabajo manual. Hizo suyo el sufrimiento de aquellos que lo buscaban, y oró por cada uno. Cuando Dios sanaba a alguien a través suyo, le daba las gracias y, cuando el Señor no la concedía, también le agradecía y exhortaba a los enfermos a perseverar en la esperanza.

Un día, San Antonio fue arrebatado en espíritu mientras oraba y fue llevado a las alturas por los Ángeles, mientras se defendía de una horda de demonios ávidos de hurgar en su vida desde su nacimiento. El resplandor de su rostro era tan brillantemente puro, y cada movimiento de su cuerpo mostraba tan claramente el estado impasible de su alma, que un ambiente de paz, alegría y benignidad se extendía a su alrededor. Sin necesidad de que lo conociesen, ejercía un atractivo irresistible hacia todos los que lo veían. Sus corazones eran como un libro abierto para él y, al igual que un médico hábil, siempre les recetaba la medicina correcta. Fue así considerado como padre y médico de todo Egipto. Los más altos dignatarios de la tierra iban a su desierto remoto para conversar con él o simplemente para recibir su bendición, y el gran emperador Constantino visitó al humilde monje.

No sintiéndose afectado por todos estos honores y con su intelecto dirigido siempre hacia Dios, Antonio había sido, además, divinamente instruido en todo el conocimiento necesario para desdeñar la sabiduría de este mundo. Algunos filósofos paganos, inflados de orgullo por sus conocimientos mundanos, veían con desprecio este hombre analfabeto que era la comidilla de Egipto. Ellos quedaban avergonzados ante las palabras del hombre de Dios. Les enseñó que la sabiduría de este mundo era desbaratada por la locura de la Cruz, dejando en claro la estupidez de sus intenciones de querer reducir a Dios a una simple semejanza con las criaturas o las cosas creadas, mientras que la doctrina de Cristo eleva al hombre a comunión con la naturaleza divina; les hizo comprender que ellos buscan en vano mediante la filosofía y el razonamiento humano, alcanzar las cosas que los cristianos sabemos por medio de la fe y el poder de la experiencia real. Confirmando su victoria mediante la liberación de algunas personas poseídas por el poder de Cristo, despidió a sus avergonzados visitantes.

San Antonio tenía un gran respeto por el clero y los líderes de la iglesia. A pesar de no desear inmiscuirse en los asuntos de la iglesia, fue un tenaz defensor de la fe ortodoxa en los días peligrosos. Dado que los arrianos de Alejandría habían cuestionado la doctrina del renombrado anacoreta tratándola de demente, el Santo no dudó en salir de su ermita rumbo a la populosa metrópolis. Allí, en presencia del pueblo que se había reunido para verlo, proclamó claramente su fe en la divinidad del Hijo y Palabra de Dios, su adhesión a la doctrina del Concilio de Nicea, y su apoyo incondicional a San Atanasio (18 ene.).

Al llegar a los 105 años de edad, salió como de costumbre a visitar a los monjes en su Montaña Exterior y les dijo con alegría que pronto Dios lo llamaría de vuelta a su verdadera patria. Los exhortó a perseverar diariamente en la ascesis como si la muerte se encontrara esperando en la puerta, a imitar el ejemplo de los santos y apreciar la tradición de los Padres, evitando toda relación con los herejes. Luego se retiró a su Montaña Interior con Macario (19 ene.) y Amato, dos de sus discípulos. En el momento de morir, les dijo que no llevaran su cuerpo a Egipto para que no fuese embalsamado (una práctica pagana que aún estaba vigente), sino que lo enterrasen en un lugar desconocido. Dejó parte de su ropa a San Atanasio y San Serapio de Tmuis (21 mar.), dos grandes confesores de la Ortodoxia, y la túnica a sus dos discípulos más cercanos, para que revestidos con su ropa, pudiesen ser cubiertos por su protección invisible. Luego estiró las piernas y pacíficamente devolvió su alma a Dios, con el rostro alegre por ver a su alrededor a sus amigos. Era el 17 de enero de 356. La fama del Padre de los monjes se extendió hasta los confines de la tierra, y la historia de su vida, escrita con amor por San Atanasio de Alejandría, proporciona una guía preciosa para alcanzar la perfección en la vida cristiana para los que tienen el corazón puesto en Dios.

El cuerpo de San Antonio fue descubierto, por lo que parece, a raíz de una revelación, y llevado a Alejandría en 561. Ante la amenaza de la invasión árabe (637), fue llevado a Constantinopla. Según una tradición occidental, una parte de las reliquias fue llevada a Saint-Antoine en Dauphiné, en el sudeste de Francia (1050), que se convirtió así en un lugar de peregrinación.