Nuestro Venerable Padre Sisoes, el Grande

El 6 de Julio nuestra Iglesia recuerda a San Sisoe (de cuyo nombre se deriva el apellido o nombre árabe “Cesín”). Padre Sisoé vivió en el siglo V y fue monje en el desierto de Egipto. Su fama se difundió entre los fieles que acudían a él pidiendo su bendición y procurando consejo espiritual.  Entre sus enseñanzas destacamos estas:

Un hermano, habiendo sido maltratado, se levantó y vino a ver al Padre Sisoé y le dijo: “mi hermano me maltrató y quiero vengarme”. El Padre le suplicó: “no, hijo mío, eso no es tuyo, pues es de Dios”. Contestó el hermano: “no descansaré hasta vengarme de él”. Entonces el Padre le dijo: “vamos a orar juntos” y al hacerlo comenzó Sisoé a decir: “Señor, ya no necesitamos tu providencia, ni tu cuidado para nosotros; ya no eres nuestro auxilio, pues este hermano nuestro quiere depender de si mismo, seguir sus deseos y vengarse de su hermano”. Al escucharlo, el hermano cayó a los pies del padre y le dijo: “perdóname, ya no quiero la venganza”.

Algunos preguntaron al padre Sisoé: “¿Si un hermano cae, no debe arrepentirse por un año entero?” Dijo él: “Eso es muy duro”, dijeron: “¿entonces, le bastan seis meses?”, contestó: “Es mucho”, dijeron: “¿cuarenta días?”. Dijo “También es mucho”. Dijeron: “¿pues qué: si cae en el pecado, puede participar, de inmediato, con los hermanos en la Liturgia?”. El padre les dijo: “No. Pero un poco de tiempo es suficiente para arrepentirse; tengo fe de que, cuando el hombre se arrepiente de todo corazón, Dios lo acepta y le perdona”.

Un hermano preguntó al padre Sisoé: “¿Qué hago, padre, ya que he caído?” Le contestó el padre: “levántate pues”. Dijo el hermano: “me levanté pero volví a caer”. Le dijo el padre: “levántate de nuevo”. Le dijo el hermano: “¿y hasta cuándo?” El padre Sisoé le respondió: “hasta que te  mueras, pues el hombre está expuesto a caer pero no debemos perder las esperanzas de recibir la misericordia de Dios”.

La literatura monástica nos cuenta sobre el fin de su vida: cuando San Sisoé estaba por apartarse de este mundo, su rostro brillaba como el sol. Los padres se acercaron y él les dijo: “He aquí que veo a los ángeles acercándose para llevarme, y yo les suplico que me dejen un tiempo más para arrepentirme”. Los monjes le dijeron: “Tú no necesitas de arrepentimiento, padre nuestro”. Les contestó: “En verdad, todavía no se si he comenzado el camino”. Entonces todos comprendieron qué sublime estatura de santidad había alcanzado.