Nuestro Venerable Padre Isaac el Sirio

Este resplandeciente astro de la Iglesia brilló en Oriente en la lejana ciudad de Nisibis (hoy Nusaybin, Turquía) alrededor del año 306. Sintió atracción por el cristianismo desde muy joven y, por esta razón, su padre, un sacerdote pagano, lo echó de la casa familiar. Fue amparado por el santo obispo Santiago (13 ene.), quien le enseñó a amar las virtudes y entregarse a la constante meditación de la Palabra de Dios. Su corazón se inflamó al estudiar las Sagradas Escrituras, por lo que, para elevar su alma para disfrutar de los bienes celestiales, dejó de lado las riquezas mundanas y las preocupaciones. Su fe y confianza en Dios eran tan inamovibles como el Monte Sión, lo que lo llevó a adoptar una maravillosa forma de vida. Con una pureza de cuerpo y alma superior a los límites de la naturaleza humana, cada movimiento de su alma estaba sujeto a tal obediencia de su regla de vida, que ningún mal tenía la menor posibilidad de elevarse en el horizonte de su espíritu. Al final de su vida, confesó que nunca había hablado mal de nadie ni jamás pronunció una mala palabra.

Libre de toda posesión al igual que los Apóstoles, luchaba de día contra el hambre y durante la noche contra el sueño; tanto sus obras como sus palabras siempre estaban acompañadas con la bendita humildad de Cristo, recibiendo de Dios los dones de compunción y de lágrimas incesantes a tal punto, que era reconocido en el coro de los Santos como el “maestro de la compunción”. A través de un milagro conocido sólo por aquellos que se entregan a sí mismos sin reservas, como una ofrenda agradable al Señor, sus ojos se convirtieron en dos manantiales inagotables de lágrimas. Esta brillante, límpida y clara agua de santificación fluía todo el año, tanto de día como de noche, de modo que su rostro se convirtió en un clarísimo espejo de la presencia de Dios. Lloraba continuamente por sus pecados y por los pecados de los demás, y a veces, cuando meditaba sobre las maravillas realizadas por Dios para nosotros, derramaba lágrimas de alegría. En un maravilloso círculo sin principio ni fin, sus lamentos daban a luz a las lágrimas, las lágrimas a la oración y la oración a la predicación de la palabra, que a su vez daba lugar a las renovadas lamentaciones. Ni siquiera el más duro de corazón podía permanecer impasible ante sus escritos sobre el remordimiento o su descripción muy realista del Juicio Final. Durante muchas generaciones, hasta el día de hoy, la lectura de San Efraín ha hecho derramar lágrimas en abundancia, abriendo el camino del arrepentimiento y la conversión a los pecadores.

Efrén (Efraín) fue bautizado a la edad de veinte años, y se retiró poco después al desierto, huyendo de la conmoción de la ciudad para vivir en paz con Dios y en compañía de los Ángeles. Libre de todo apego, fue a donde el Espíritu Santo lo llevase para su propio beneficio y para el de sus hermanos. Se dirigía a Edesa en peregrinación en busca un hombre santo con quien pudiese llevar una vida monástica, cuando se cruzó en su camino con una mujer de mala reputación. Fingió aceptar sus proposiciones y le dijo que lo acompañara a la ciudad, pero en vez de ir a uno de los oscuros lugares de costumbre para pecar, la llevó hacia la plaza principal. “¿Por qué me traes aquí?” le dijo la prostituta, al ver la dirección en la que se dirigían. “¿A caso no sientes vergüenza de que la gente vea lo que haces?” “Pobre mujer”, respondió el Santo: “Tienes miedo de ser vista por otras personas.” ¿Por qué no temes más bien ser vista por Dios, que todo lo ve y, en el último día, juzgará nuestras acciones y pensamientos más secretos?” Presa del miedo, la mujer se arrepintió y el Santo la acompañó hasta un lugar donde podía trabajar por su salvación.

Luego de varios años en Edesa, San Efrén regresó al desierto. Después de haber escuchado grandes elogios sobre las virtudes de San Basilio, supo por Dios en la visión que el Obispo de Cesarea era como una columna de fuego que unía la tierra al cielo. Entonces partió de Capadocia y llegó a Cesarea el día de la Teofanía. Entró a la iglesia mientras celebraban la santa Liturgia y, a pesar de no conocer el idioma griego, quedó sorprendido durante el sermón del gran Obispo al ver una paloma blanca en su hombro murmurándole palabras divinas al oído. Cuando la presencia del humilde asceta sirio le fue revelada a San Basilio por la misma paloma, lo fue a buscar de entre los fieles y lo llevó al santuario. Notando después de unos momentos de conversación que Efrén no sabía griego, San Basilio obtuvo para él de parte de Dios la gracia de hablar griego, como si fuera su lengua materna. Luego lo ordenó diácono y lo dejó retornar a su propio país.

Comenzó entonces, el período de guerra entre romanos y persas (338-387) que ocasionó feroces persecuciones de los cristianos persas, que eran considerados partidarios de los romanos. Al enterarse de los sufrimientos de sus hermanos, San Efrén regresó desde el desierto hasta Nisibis a fin de ayudarlos con palabras y obras. Supo por medio de una revelación en su infancia que Dios lo llamaría, cuando vio en una visión, una vid ricamente cargada que salía de su boca y se esparcía por toda la tierra. Todas las aves del cielo se posaban sobre ella y satisfacían su hambre con sus uvas y cuanto más comían más cantidad había. La gracia del Espíritu Santo lo llenó con tanta profusión, que cuando se dirigía a la gente tendía a balbucear, pues su lengua carecía de tiempo para expresar todos los pensamientos celestiales que Dios le inspiraba, por lo tanto, solía repetir frecuentemente esta inusual oración: “¡Señor, detén el torrente de tu gracia!” 

Cuando no estaba confirmando la fe de sus enseñanzas contra los paganos y herejes, se dedicaba, como un verdadero diácono, a servir al prójimo, -así como Cristo se hizo nuestro servidor- y por humildad se negó a ser ordenado sacerdote. Jamás guardó para sí las gracias, dones y virtudes que Dios le dio como fruto de su oración, de su contemplación y de su meditación, sino que con ellas adornó a la Iglesia, la Esposa de Cristo, como con una corona de oro engarzada con piedras preciosas. Gracias a sus oraciones y a las de San Santiago, el asedio a Nisibis fue levantado en el 338, pero cuando la ciudad finalmente cayó sometida por el cruel rey persa en 363, San Efraín y muchos otros cristianos partieron a Edesa para no tener que vivir bajo un régimen pagano. Allí, durante los últimos diez años de su vida, enseñó en la Escuela de Edesa, conocida más adelante como “a Escuela de los Persas”, donde continuó la obra que había comenzado en Nisibis en la escuela de exégesis, fundada por San Santiago. Fue en Edesa donde compuso la mayor parte de sus maravillosos escritos, en los que expresa su conocimiento de Dios y de los dogmas sagrados en poética dicción de esplendor sin igual. Escribió más de tres millones de líneas de versos siríacos: comentarios sobre la mayoría de los libros de las Sagradas Escrituras, tratados contra las herejías, himnos sobre el Paraíso, la virginidad, la fe, los grandes misterios del Salvador y las festividades anuales. Un gran número de sus himnos han sido incorporados en los libros litúrgicos de la Iglesia siríaco-parlante. Podríamos citar “Arpa del Espíritu Santo” y “Maestro del Universo”. Muchas otras obras, especialmente tratados sobre la compunción, la ascesis y las virtudes monásticas, han llegado hasta nosotros bajo el título de San Efrén en Griego.

Después de haber organizado la ayuda humanitaria a la ciudad durante la hambruna de 372, San Efraín devolvió su alma a Dios en el 373, rodeado de numerosos monjes y ascetas que habían venido de sus monasterios, desiertos y cuevas, a fin de estar presentes en sus últimos momentos. En un testimonio lleno de humildad y compunción, les solicitó a todos los que lo amaban que evitaran en su funeral los gastos superfluos en flores y finas especias para poner su cuerpo, y que en su lugar, lo acompañaran con sus oraciones durante su entierro en el cementerio de los extranjeros.