Nuestro Venerable Padre Eutimio el Grande

San Eutimio el Grande nació en la ciudad de Melitene en Armenia, cerca del Rio Eufrates. Sus padres, Pablo y Dionisia, eran cristianos muy piadosos y de herencia noble. No podían tener hijos y suplicaban a Dios que les diera progenie. Por fin, recibieron una visión y escucharon una voz que decía, “¡Alégrense! Dios les concederá un hijo que traerá alegría a las iglesias”. Llamaron a su hijo “Eutimio”, que significa “buen ánimo”

El padre de Eutimio murió poco después de su nacimiento. Su madre cumpliendo con su promesa de dedicar su hijo a Dios, dio su hijo a su hermano, el sacerdote Eudoxio, para que recibiera de él la educación. El sacerdote presentó el niño al Obispo Eutrois de Melitene, y el lo aceptó con mucho amor. Viendo su buena conducta el Obispo pronto lo hizo lector. 

Después Eutimio se convirtió en monje y fue ordenado al sagrado sacerdocio. A la misma vez se le encargó la supervisión de todos los monasterios en la ciudad. Muy a menudo San Eutimio iba a visitar el monasterio de San Poliecto y durante la cuaresma se retiraba al desierto. Sufría mucho con la responsabilidad de los monasterios porque el asceta deseaba tener tranquilidad. Por eso en secreto salió de la ciudad y se fue a Jerusalén. Después de venerar los sagrados santuarios, visitó a los Padres en el desierto 

En Taran encontró una celda solitaria y decidió establecerse allí tejiendo canastas para sobrevivir. Su vecino era San Teoctisto (3 de septiembre) que también buscaba vivir una vida de asceta. Compartían el mismo celo por Dios y por la lucha espiritual y se esforzaban para alcanzar lo que el otro deseaba. Poseían un gran amor el uno para con el otro, tanto que parecía como si tuvieran una sola alma y una sola voluntad.  

Después de la Fiesta de la Epifanía se retiraban al desierto de Coutila cada año, cerca de Jericó. Un día encontraron un desfiladero empinado y aterrador donde corría un arroyo. Vieron una cueva encima de un peñasco y se establecieron allí. Sin embargo, el Señor pronto empezó a revelar su lugar solitario para el beneficio de otros. Unos pastores encontraron la cueva cuando estaban atendiendo al rebaño. Volvieron a sus pueblos y contaron a su gente sobre los ascetas viviendo en el lugar. 

La gente que buscaba beneficio espiritual empezó a visitar a los ermitaños y les traían comida. Gradualmente una comunidad monástica creció alrededor de ellos. Vinieron monjes del monasterio de Taran y con el crecimiento de la comunidad San Eutimio decidió encomendarle la supervisión a su amigo Teoctisto.

Eutimio exhortaba a sus hermanos vigilar sus pensamientos, “Quién desea llevar la vida monástica no puede seguir su propia voluntad. Debe de ser obediente, humilde y atento a la hora de la muerte. Debe temer el juicio final y el infierno eterno y buscar el Reino de los Cielos”.

El santo enseñaba a los monjes jóvenes como fijar sus pensamientos en Dios mientras que participan en el trabajo físico. “¿Si los laicos trabajan para comer y dar comida a sus familias, también para dar limosna y ofrecer sacrificio a Dios, entonces nosotros los monjes ¿No tenemos la obligación de trabajar para sostenernos y evitar la pereza? No debemos ser dependientes de los extranjeros”

El santo exigía que los monjes mantuvieran silencio en la iglesia durante los servicios y también durante las comidas. Cuando se daba cuenta de que unos monjes jóvenes estaban ayunando más que los demás, les instruía que tenían que cortar su propia voluntad y adherirse a la regla designada del ayuno. Les urgía que no llamaran la atención con sus ayunos sino que debían de comer con moderación.

En este tiempo San Eutimio convirtió y bautizó a muchos árabes. San Eutimio curó a Aspebet y a su hijo Terebon, los líderes Sarraceno. Aspebet fue bautizado con el nombre de Pedro y después fue Obispo.

Los reportes de los milagros de San Eutimio se difundieron rápidamente. Gente de todas partes iba al monasterio del santo para que los curase de sus enfermedades. Cuando el monje no pudo aguantar la fama humana y la gloría se escapó del monasterio en secreto. Se retiró al desierto de Ruba y se estableció en el Monte Marda, cerca del Mar Muerto, con su discípulo más cercano, el monje Domiciano.

El santo se embarcó en una búsqueda por la soledad. Explorando el desierto de Zif se hospedó en una cueva donde David se escondía del Rey Saúl. San Eutimio estableció un monasterio al lado de la cueva de David y construyó una iglesia. Convirtió a muchos monjes de la herejía Maniquea y también curaba a los enfermos y los endemoniados. 

Los peregrinos molestaban la tranquilidad del desierto. El santo decidió volver al monasterio de San Teoctisto porque quería el silencio. En el camino encontraron un lugar tranquilo encima de un monte y se quedaron allí. Este sitio se volvió el monasterio de San Eutimio. Una cueva pequeña al principio servía como su celda, y al fin fue su tumba. 

San Teoctisto se fue al monasterio de San Eutimio con los hermanos del monasterio para rogarle que volviera al monasterio. El santo no consintió volver pero les prometió que asistiría a los oficios en el monasterio los días Domingo. 

El deseo de San Eutimio no era convivir con otra gente, tampoco era de organizar una comunidad cenobita ni un monasterio. Sin embargo, el Señor le dio una visión donde le mando que no corriera a las personas que iban a venir para la salvación de sus almas. Poco tiempo después empezó a venir gente y el santo organizó una comunidad monástica según el modelo de Taran. El Patriarca Juvenal de Jerusalén consagró la iglesia en el año 429 cuando San Eutimio tenía cincuenta y dos años y proveyó presbíteros y diáconos. 

Al principio la comunidad fue muy pobre, pero el santo creía que Dios proveería a sus siervos. Una vez cuando un grupo de 400 armenios pasaron por el monasterio en camino a Jordán, San Eutimio ordenó que prepararan comida para los peregrinos. El administrador le dijo que no tenían comida suficiente para el grupo. Sin embargo el santo insistió que comenzara con las preparaciones. El administrador se fue al almacén y allí encontró una cantidad enorme de pan. Además los barriles de aceite y de vino estaban llenos. Los peregrinos comieron lo que les apeteció. El administrador no podía cerrar la puerta del almacén los siguientes tres meses por la abundancia de pan. La comida no disminuía justo como con le sucedió a la viuda de Sarepta (I Re 17:8-16).  

Llamamos a San Eutimio “El Grande” por su vida ascética y su confesión firme de la Fe Ortodoxa. Cansado por el contacto con el mundo el santo abad se retiró por un tiempo al desierto. Cuando volvió los hermanos notaban que cuando él celebraba la Divina Liturgia un fuego del Cielo descendía y rodeaba al santo. San Eutimio mismo reveló a unos de los monjes que durante la Divina Liturgia veía a menudo a un ángel que celebraba junto con él. El santo poseía el don de profecía y podía percibir los pensamientos de otras personas y su estado espiritual por su apariencia. El santo sabía cuales eran los monjes que recibían dignamente los Santos Misterios y quienes no los recibían con dignidad.  

Dios reveló a San Eutimio el tiempo de su muerte. En la víspera de la Fiesta de San Antonio el Grande (17 de enero), el santo dio la bendición para oficiar una Vigilia. Cuando el oficio terminó el santo reunió a los sacerdotes y les dijo que esta había sido su última Vigilia porque el Señor lo estaba llamando de esta vida terrenal.  

Todos se llenaron con gran tristeza, pero el santo dijo a los hermanos que tenían que venir a la iglesia por la mañana. Empezó a enseñarles, “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn 14:15) y “Sobre todas estas cosas vestíos de caridad, la cual es el vínculo de la perfección” (Col 3:14). “Examínense y guarden en pureza el alma y el cuerpo. Siempre deben asistir a los oficios en la iglesia y mantengan las tradiciones y reglas de nuestra comunidad. Consuelen, corrijan y apoyen a sus hermanos si están luchando con pensamientos impuros para que no caigan en las trampas del diablo. No nieguen hospitalidad a los visitantes. Ofrezcan una cama para cada extranjero. Den lo que pueden para aliviar la desgracia de los pobres”.

Cuando terminó con su enseñanza el santo les prometió que siempre estaría con ellos en espíritu. San Eutimio despidió a todos salvo a su discípulo Domiciano. Él estuvo en el altar por tres días y murió el 20 de enero del año 473, cuando tenía noventa y siete años. 

Vinieron una multitud de monjes de todos los monasterios y del desierto para el funeral del santo abad, incluso San Gerasimo. Domiciano se quedó al lado de la tumba de su Abad por seis días. Vio al santo Abad el séptimo día en su gloria y llamaba a su discípulo, “Ven, mi hijo, el Señor Jesucristo quiere que estés conmigo”.

Domiciano contó la visión a los hermanos y se fue a la iglesia con mucha alegría y entregó su alma a Dios y fue enterrado a lado de San Eutimio. Las reliquias del santo quedaron en su monasterio en Palestina. El peregrino ruso Daniel vio las reliquias en el siglo XII.