Nuestro Venerable Padre Alexis, el Hombre de Dios

En el siglo IV vivían en Roma Eufemio y Aglaya, un acaudalado matrimonio conocido por su caridad y compasión. Todos los días ofrecían comida a los pobres, huérfanos, viudas y peregrinos. Si un día había poca gente para comer, Eufemio decía con tristeza: “Soy indigno de caminar sobre la tierra de Dios”. Todos amaban a Eufemio y a su esposa, pero ellos no tenían hijos. Ambos sufrían y cada día rogaban a Dios que les concediera un hijo, quien los alegraría en su vejez. Finalmente Dios escuchó su petición y nació el hijo a quien bautizaron con el nombre de “Alexis”. Los padres hacían todo lo posible para que el hijo creciera bueno y devoto. Teniendo a sus devotos padres, quienes lo guiaban desde temprana edad, Alexis amaba al Señor, ayunaba, sé vestía humildemente y rezaba mucho. Cuando llegó a la mayoría de edad sus padres le encontraron una novia y los casaron. En el primer día de su matrimonio, cuando los jóvenes esposos quedaron solos, Alexis se acercó a su esposa virgen, le dio el anillo de oro, un cinturón de mucho valor y le dijo: “Guarda esto y que Dios esté entre nosotros hasta que su bondad nos haga nuevos”. Al decir esto Alexis se alejó. Se sacó su rica vestimenta nupcial, se vistió como un simple aldeano y se fue de la casa. Vagando por varios países, Alexis llegó finalmente a la ciudad Edesa. Allí dio a los pobres sus últimas monedas y empezó a vivir como mendigo cerca de la iglesia de Santísima Virgen. Alexis rezaba día y noche y comulgaba los domingos. Así durante 17 años vivió en la miseria haciendo esfuerzos espirituales. 

Poco a poco muchos habitantes de Edesa conocieron al mendigo que estaba sentado cerca de la iglesia y apreciaron su alta espiritualidad. Uno de los servidores de la iglesia vio en el sueño a la Santísima Virgen María, quien le dijo: “Haz entrar a mi Iglesia al hombre de Dios, porque sus oraciones llegan a Dios y como el rey tiene su corona así sobre él está el Espíritu Santo”. El servidor se extrañó, no sabía quien era, pero la visión se repitió y la Madre de Dios indicó al mendigo que estaba sentado delante de las puertas de la iglesia. A partir de este momento aumentó el aprecio a Alexis. Empezaron a alabarlo y citarlo abiertamente como ejemplo. Entonces, para alejarse de la gloria terrena, se fue de Edesa. Llegó al mar Mediterráneo y se embarcó para ir a algún otro país. Durante la travesía se desató una gran tormenta y después de unos días el maltrecho barco llegó a Italia, cerca de Roma, donde años atrás vivía Alexis. Ya sobre la tierra, Alexis se fue a su casa y en el camino encontró a su padre quien regresaba de la iglesia. Inclinándose delante de su padre, Alexis dijo: “Ten piedad del mendigo y dame un lugar en tu casa. Por eso el Señor te bendecirá y otorgará el Reino Celestial y si tenéis a alguno de los tuyos viajando Él lo devolverá”. Estas palabras hicieron acordar a Eufemio de su hijo desaparecido y se le cayeron lágrimas y ordenó que le dieran al mendigo una pequeña casa en su estancia. Así Alexis empezó a vivir en la estancia paterna, sin ser reconocido, porque viviendo tantos años con privaciones había quedado irreconocible. En la casa Alexis llevaba la misma vida como anteriormente en Edesa: oraba constantemente a Dios, comulgaba cada domingo, soportaba ser mendigo y se conformaba con muy poco. Era difícil para Alexis vivir cerca de sus padre, madre y esposa, ver su dolor por la pérdida del hijo y esposo. Así pasaron otros 17 años. Cuando Alexis sintió que se acercaba su muerte, escribió sobre un papel su vida, empezando por el día de su alejamiento de sus seres queridos y empezó a esperar la muerte. El domingo siguiente el obispo de la ciudad de Roma, Inocencio, en la presencia del emperador Honorio oficiaba la Liturgia. Había muchos fieles presentes. Durante la celebración se escuchó una voz que decía: “Busquen al hombre de Dios en la casa de Eufemio”. El emperador preguntó a Eufemio: “¿Por qué no nos dijiste que en tu casa vive el hombre de Dios?” Eufemio contestó: “Dios sabe que no sé nada”
Entonces el emperador Honorio y el papa Inocencio decidieron ir a la casa de Eufemio para conocer al hombre de Dios. Cuando llegaron a la estancia, supieron de los criados que en la pequeña casa vivía un mendigo que rezaba y ayunaba. 
Entraron a la casita y vieron al hombre muerto acostado sobre el piso. Su cara resplandecía y su cuerpo exhalaba un agradable aroma. El emperador vio el papel en la mano de Alexis, lo tomó y leyó en voz alta, entonces, finalmente Eufemio y todos los presentes supieron que el mendigo, quien vivía desde hacía tantos años ahí, era su perdido hijo. Los padres sufrieron mucho porque tan tardíamente supieron sobre su amado hijo, pero al mismo tiempo se consolaban que él había alcanzado tan alta santidad.