Nuestro Padre entre los Santos Tarasio, Arzobispo de Constantinopla

Esta gran luminaria de la ortodoxia, nació en Constantinopla en una prominente familia de rango patricio. En su rectitud y preocupación por la defensa de los débiles e inocentes siguió a su padre, un eminente miembro de la magistratura, y compartía la gran piedad de su madre. Completó una extensa educación durante los reinados de Irene y de su hijo Constantino VI. En 780, fue elevado a la dignidad consular y designado secretario general del Estado (protasecretis), una función en la que combinó sus destacadas dotes políticas con un fuerte sentido de la dimensión eterna en los asuntos humanos.

En 784, el Patriarca Pablo IV, que había vuelto a la ortodoxia después de apoyar a los iconoclastas, renunció y se retiró al Monasterio de Floro, desanimado por los complicados problemas que afectaban a la Iglesia. Ante las amargas críticas de la emperatriz regente y de su hijo por su renuncia, respondió que él ya no podía luchar, y recomendó a Tarasio como el único hombre capaz de restablecer la verdadera fe, y de llevar a la Iglesia de Constantinopla de nuevo a la comunión con los otros Patriarcados. 

Tarasio se sintió muy perturbado por tal proposición, rechazándola de plano con el argumento de que él era simplemente un laico. Pero ante la presión de los gobernantes, del Senado y de todas las personas reunidas frente al palacio, finalmente aceptó con la condición de que se convocara sin demora a un Concilio Ecuménico para poner fin a la herejía. El 25 de diciembre de 784, fue consagrado Arzobispo de Constantinopla. 

Apenas ocupó el lugar de luminaria de la Iglesia, su principal preocupación fue iluminar con la luz de las santas virtudes mediante vigilias, ayuno, larga noche de oración y meditación de la Palabra de Dios, y a través de obras evangélicas de caridad. Imitando al Señor, se hizo servidor de todos, negándose a que las personas actuaran como sus siervos. Vestido con sencillez y sin pretensiones en todo lo que hacía, su ejemplo fue un sermón en sí mismo contra el lujo arrogante de los clérigos de la época. Tantas eran sus obras de caridad que se hizo conocido como “el nuevo José”. Construyó hospicios y albergues, invitó a los pobres a su mesa a compartir su comida sencilla, y proporcionó un subsidio mensual para los demás, cuyos nombres fueron inscriptos en un registro. Durante el invierno, vestido con su hábito episcopal, servía personalmente a los pobres abundante comida.

Muchos de sus discípulos fueron atraídos por su enseñanza y ejemplo de renunciar al mundo, y para ellos fundó un gran monasterio en la orilla izquierda del Bósforo. San Miguel de Synnada (23 may.) y Teófilo de Nicea, pilares de la renaciente ortodoxia, fueron dos de una serie de obispos que recibieron su formación allí. De acuerdo con su promesa, el Patriarca se encargó de que los gobernantes convocaran a una gran asamblea de obispos, que se reunió en Constantinopla en la Iglesia de los Santos Apóstoles, en agosto de 786. Sin embargo, los iconoclastas irrumpieron en la iglesia y expulsaron a los Padres. El motín fue sofocado con dificultad y el Concilio se trasladó a Nicea, donde abrió la primera sesión el 24 de septiembre de 787. San Tarasio presidió sus reuniones con prudencia y autoridad, orientando los debates celebrados hacia la condenación de la herejía y la restauración de la veneración de las imágenes santas.

El buen pastor dedicó todos sus esfuerzos a la restitución de los herejes al seno de la Santa Iglesia con suavidad, tratando de disuadirlos sin una severa censura, aunque esta política encontró algunos opositores como los rigurosos Estuditas, San Platón y su sobrino San Teodoro (cf. 11 nov.). Luchó contra la corrupción, y no dudó en actuar en defensa del derecho de amparo. Así dio su protección a un funcionario acusado de dilapidar el dinero público, que temeroso, había buscado refugio en un rincón del altar en Santa Sofía. Cuando los soldados usaron la fuerza para detenerlo, el arzobispo los excomulgó.

Cuando Constantino VI tuvo edad suficiente, se convirtió en único emperador (790). Suponiendo que él estaba por encima de las leyes de la Iglesia, repudió a su esposa, María de Armenia, para casarse con Teodota, una de sus sirvientas. El Patriarca se negó a bendecir esta unión adúltera y protestó enérgicamente ante el emperador, a quien amenazó con excomulgarlo si persistía en su pecado. Lleno de ira, el emperador confinó al patriarca. Obligó a su esposa legítima a tomar el velo y tuvo su boda ilícita bendecida por José, el sacerdote encargado de la Gran Iglesia. Pero no pasó mucho tiempo en manifestarse el juicio de Dios, al año siguiente Constantino VI fue cegado y destronado.

Al recuperar su libertad, San Tarasio excomulgó al sacerdote José, y pudo así llevar a cabo una reconciliación con los Estuditas, que se habían separado de su comunión, lo que llevó a una gran parte de la gente al cisma.

Al igual que Job, el santo Patriarca se mantuvo firme y tranquilo, con recogimiento en su alma en medio de todas estas tribulaciones, y continuó exhortando al pueblo a restaurar los frutos de la fe, preservando los mandamientos. Cuando asumió el emperador Nicéforo (802-11), se restauró la paz de la Iglesia y la obra de San Tarasio se llevó a cabo después de un episcopado de veintidós años. Contrajo una larga y dolorosa enfermedad, pero continuó sirviendo en la Liturgia diaria, apoyado en su bastón. En el umbral de la muerte, se lo veía librando una gran batalla contra los demonios, que trataban de acusarlo de crímenes imaginarios. Pero teniendo una conciencia pura ante Dios, los apartó con la mano porque ya no podía hablar. Mientras estaba en la iglesia, cuando llegaron a Salmo [86 (85):1] y comenzó a cantar: Inclina tu oído, oh Señor, respóndeme, su alma bendita se deshizo de su túnica de piel y se elevó para encontrar su lugar en las mansiones eternas, acompañado por el llanto de toda la ciudad. Fue enterrado en su monasterio una semana después, el 25 de febrero de 806. Muchos milagros sucedieron en los días venideros, a través del aceite de la lámpara que ardía delante de su tumba.

En 820, el emperador León el Armenio, que durante siete años había apoyado a los iconoclastas y había perseguido ferozmente a los ortodoxos, tuvo un sueño inquietante. Vio la mirada severa San Tarasio ordenándole a un hombre de nombre Miguel que ejecutara al propio León con su espada. Seis días más tarde, León, de hecho, fue asesinado por Miguel el Tartamudo, quien tomó el poder, (4 dic. 820)., Se dice que San Tarasio se parecía mucho físicamente san Gregorio el Teólogo.