Nuestro Padre entre los Santos Juan Crisóstomo, Arzobispo de Constantinopla

San Juan Crisóstomo nació en Antioquia en el año 344. Después de terminar sus estudios ocupó el puesto de abogado y se hizo muy famoso por su elocuencia. Al recibir el bautismo a edad adulta, según las costumbres de aquellos tiempos, quiso alejarse al desierto, pero se quedó en la ciudad por petición de su madre. Del 374 al 381 llevó vida monástica en una ermita cerca de Antioquia; su extremo ascetismo minó su salud obligándolo a regresar a Antioquia, donde San Meletios lo ordenó diácono en el año 381. En 386 el obispo Flaviano lo ordena presbítero. Los doce años de su servicio en Antioquia fueron los años más felices de su vida. Predicaba sin parar y participaba de manera muy activa en las alegrías y tristezas de sus parroquianos. Muchas veces sus sermones eran interrumpidos por fuertes aplausos. Juan calmaba al público diciendo: “¿Para qué me sirven sus aplausos? Arrepentimiento y conversión de vida hacia Dios, son los mejores elogios para mí de parte de ustedes”. Muy pronto, Juan se hizo famoso como “El Crisóstomo” (Boca de oro). Dada su fama fue elegido por el pueblo como Patriarca de Constantinopla y fue consagrado el 28 de febrero de 398 por Teófilo, Patriarca de Alejandría. Los primeros tiempos de su patriarcado fueron muy agradables para Juan: empezó a luchar contra el arrianismo, por establecer la paz entre algunos obispos que estaban en conflicto entre sí y por corregir al clero y a los parroquianos. Pero esta enérgica actividad le trajo muchos enemigos, la más importante de entre ellos, la emperatriz Eudoxia, quien encabezaba la lucha contra Juan. Eudoxia era una mujer frívola y ambiciosa, había atraído a su grupo al Arzobispo Teófilo y junto con él se unieron los obispos descontentos con Juan. Estos obispos organizaron un sínodo en una ciudad cercana a Calcedonia llamada la Encina en agosto del 403 y condenaron a Juan a dejar la cátedra y al exilio en el Ponto. “La iglesia de Cristo no comenzó conmigo ni terminará conmigo” les dijo Juan a los fieles y dejó la capital. Pero la misma noche hubo un terrible terremoto y sus golpes más fuertes se escucharon en el palacio. Asustada Eudoxia mandó pedir a Juan que regresará a la ciudad. Pronto el ambiente de reconciliación se transformó en nuevos enfrentamientos con Eudoxia. En la fiesta de San Juan Bautista, el Crisóstomo inició su sermón con estas palabras: “Ya se enfurece nuevamente Herodías, nuevamente se conmueve, baila de nuevo y nuevamente pide en una bandeja la cabeza de Juan”. Sus adversarios consideraron estas palabras como una alusión a Eudoxia. Esta vez Juan fue condenado por rebeldía y fue enviado al exilio a Cucusa en el año 404, en la frontera de Cilicia y Armenia, adonde durante tres años acudían desde Antioquia muchos de sus antiguos fieles, por lo que sus enemigos decidieron desterrarlo a Pitio, lugar inhóspito cerca del Cáucaso. El arduo viaje de 3 meses estuvo lleno de contrariedades y sufrimientos; los rudos guerreros llevaban al Santo caminando a través de las montañas con calor y lluvia torrencial. El Santo no alcanzó a llegar a Pitio; entregó su alma al Señor cerca de Comana, en el Ponto, en la capilla del Mártir Basilicos, donde, durante la noche tuvo la visión del Santo Mártir, quien le dijo: “No te entristezcas, hermano, mañana estaremos juntos”. Al día siguiente, por la mañana, después de comulgar los Santos Dones, y de pronunciar las palabras: “¡Gloria a Dios por todo!” San Juan falleció. Era el año 407. Sus santas reliquias fueron trasladadas a Constantinopla 31 años después por el Emperador Teodosio el Joven; el retorno de estas santas reliquias es celebrado el 27 de enero. El Crisóstomo hizo exhaustivos comentarios sobre las Sagradas Escrituras y es el autor con más número de obras entre los Padres de la Iglesia. Escribió 1447 sermones y 240 epístolas.