Nuestro Padre entre los Santos Gregorio el milagroso, Obispo de Nueva Cesarea

San Gregorio el milagroso, Obispo de Neocesarea, nació en esa misma ciudad (ubicada al norte de Asia Menor) en el seno de una familia pagana. Después de haber recibido una buena educación, desde muy joven se esforzó por buscar la Verdad, pero los pensadores de la antigüedad no eran capaces de saciar su sed de conocimiento. La verdad le fue revelada a él sólo en atenta lectura del Santo Evangelio, y el joven se convirtió a Cristo.

Para continuar sus estudios San Gregorio se fue a Alejandría, conocida entonces como un gran centro de aprendizaje pagano y cristiano. El joven, ávido de conocimiento, fue a la escuela catequética de Alejandría, donde el presbítero Orígenes, un famoso maestro cristiano, le enseñó. Tiempo después, el santo escribió sobre su maestro: “Este hombre había recibido de Dios un don sublime, el ser intérprete de la Palabra de Dios para la gente y que ellos sean capaces de entenderlo”. San Gregorio estudió durante ocho años con Orígenes, y fue bautizado por él.

La vida ascética de San Gregorio, la pureza y la falta de codicia despertaron la envidia de sus colegas paganos que lo calumniaron. Una vez, cuando estaba conversando con los filósofos y maestros en la plaza de la ciudad, una famosa prostituta se le acercó y le exigió el pago de sus supuestos servicios. Al principio San Gregorio discutió suavemente con ella, diciendo que tal vez lo confundía con otra persona. Pero ella no se calló. San Gregorio le pidió a un amigo que le diera el dinero. Al momento que la mujer tomó el dinero, inmediatamente cayó al suelo en un ataque demoníaco, y el fraude se hizo evidente. San Gregorio rezó por ella, y el diablo la dejó. Este fue el primer milagro de San Gregorio.

Habiendo regresado a Neocesarea, el santo huyó de los asuntos de este mundo al que habitantes influyentes de la ciudad persistentemente trataron de empujarlo. Se fue al desierto, donde por medio del ayuno y la oración alcanzó un alto nivel espiritual sumado a los dones de clarividencia y profecía. San Gregorio amaba la vida en el desierto y quería permanecer en la soledad hasta el final de sus días, pero el Señor quiso otra cosa.

El obispo de la ciudad Amasea de Capadocia, llamado Thedimos, al enterarse de la vida ascética de San Gregorio, decidió ordenarlo obispo de Neocesarea. Pero conociendo la intención del Obispo Thedimos, el santo se escondió de los mensajeros del obispo que fueron a buscarlo. Entonces el obispo Thedimos ordenó al santo ausente como obispo de Neocesarea, suplicando al Señor que Él mismo lo santificara en esta ordenación inusual. San Gregorio percibió un acontecimiento extraordinario como una manifestación de la voluntad de Dios y no se atrevió a protestar. Este episodio de la vida de San Gregorio fue escrito por San Gregorio de Nisa.

Durante este tiempo, la herejía de Sabelio y Pablo de Samosata comenzó a difundirse. Ellos enseñaban erroneamente sobre la Santísima Trinidad. San Gregorio oró con fervor y diligencia, implorando a Dios y su Madre purísima que le revelaran la verdadera fe. La Santísima Virgen María se le apareció, radiante como el sol, y con ella el Apóstol Juan vestido con vestiduras episcopales.

El apóstol Juan le enseñó al santo cómo confesar correctamente el Misterio de la Santísima Trinidad. San Gregorio escribió todo lo que San Juan el Teólogo le revelaba. El misterio del Símbolo de la Fe, escrito por San Gregorio de Neocesarea, es una gran revelación divina en la historia de la Iglesia. La enseñanza sobre la Santísima Trinidad en la teología ortodoxa se basa en estos escritos. Posteriormente fueron utilizados por los Santos Padres de la Iglesia: Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Gregorio de Nisa. El símbolo de San Gregorio de Neocesarea fue examinado después y afirmado en el año 325 por el primer Concilio Ecuménico, mostrando su importancia para la Ortodoxia.

La predicación de san Gregorio en Neocesarea fue directa, viva y fecunda. Enseñó e hizo milagros en el nombre de Cristo: sanando enfermos y ayudando a los más necesitados.

Cuando una nueva persecución contra los cristianos comenzó bajo el emperador Decio (249-251), San Gregorio llevó a su rebaño a una montaña lejana. Un pagano, que conocía el escondite de los cristianos, informó a los perseguidores. Los soldados rodearon la montaña. El santo salió a un lugar abierto, levantó sus manos al cielo y ordenó a su diácono que hiciera lo mismo. Los soldados buscaron por toda la montaña, y pasaron varias veces junto a los que oraban, pero no podían verlos, entonces se dieron por vencidos y se marcharon. En la ciudad se informó que no había ningún lugar para esconderse en la montaña: no había nadie ni nada, sólo dos árboles uno junto al otro.

San Gregorio volvió a Neocesarea después del fin de la persecución. Por su bendición se establecieron celebraciones en la iglesia en honor de los mártires que habían sufrido por Cristo.

Por su santa vida, por su predicación, por los milagros y como honrado guía de su rebaño, el santo aumentaba constantemente el número de convertidos a Cristo. Cuando San Gregorio subió por primera vez a su cátedra, sólo había diecisiete cristianos en Neocesarea. A su muerte, sólo diecisiete paganos permanecían en la ciudad.