Nuestro Padre entre los Santos Espiridón, el milagroso, Obispo de Tremfia en Chipre

Nuestro santo Padre Espiridón vivió pacíficamente en la isla de Chipre como un simple pastor a principios del siglo IV. Era sencillo y rústico; practicaba el amor al prójimo, la mansedumbre, las obras de bien, daba limosnas y cultivaba todas las virtudes. Como el Patriarca Abraham, era hospitalario con todos los que llegaban a su casa, atendiendo a cada invitado como si se tratase del propio Cristo que había venido a visitarlo. Jamás un pobre o un necesitado se fueron de su casa sin haber recibido consuelo a su dolor. Espiridón ponía su dinero en una caja, la cual siempre dejaba abierta y disponible a todos, sin preocuparse si estaba llena o vacía, o si los que metían la mano en ella merecían o no su ayuda. Vivió como un casto y piadoso esposo, y Dios le concedió una hija llamada Irene. Después de unos años su esposa murió, y libre ya de los cuidados de la carne, su única preocupación era crecer en la virtud y aumentar los dones eternos de la Gracia. 

Su estilo de vida le trajo un no deseado renombre en la isla por lo que, cuando el Obispo del pequeño pueblo de Trimos, cercano a Salamina murió, los fieles escogieron unánimemente a Espiridón para que lo sucediese, convirtiéndose así en pastor del rebaño espiritual de Cristo. A pesar de tal dignidad, el humilde pastor conservó su acostumbrado estilo de vida: llevaba la misma ropa pobre, andaba siempre a pie, ayudaba en los campos y cuidaba su rebaño como antes. Unos ladrones nocturnos irrumpieron en su majada pensando en huir con sus ovejas, pero quedaron adheridos al lugar por una fuerza invisible. Cuando Espiridón los encontró a la mañana siguiente temprano, avergonzadamente confesaron su fechoría. Movido por la compasión, los libró de sus ataduras invisibles y los conminó a vivir honestamente desde aquel momento; pero antes que se fueran les dio dos ovejas -como compensación, les dijo sonriente, por el sufrimiento de su larga noche de vigilia. 

Exigente consigo mismo, Espiridón siempre estaba lleno de compasión hacia sus hermanos, y demostró un gran conocimiento de sus debilidades. Por ejemplo interrumpía un ayuno sin vacilación, si lo consideraba necesario para darle consuelo a un caminan-te. Como Cristo el Buen Pastor, él estaba siempre listo a dar su vida por sus ovejas espirituales para que pudieran pastar en los prados de la gracia. Su mansedumbre, humildad y simplicidad encontraron tal favor con Dios, que éste le permitió realizar innumerables milagros para salvación y consuelo de su Iglesia. 
Cuando la isla de Chipre fue aquejada por una terrible sequía que amenazaba ser mensajera de hambre, los cielos se abrieron ante la oración de San Espiridón, y Dios envió una bondadosa lluvia sobre la tierra que dio sus frutos en el momento adecuado. Algunos hombres ricos habían acumulado grandes cantidades de maíz en sus graneros, pensando especular con la escasez y obtener grandes ganancias, pero por la oración del celoso Obispo sus graneros se derrumbaron, y él liberó a la isla del hambre distribuyendo el grano equitativamente entre la gente. Otra vez, para ayudar a un pobre, convirtió una serpiente en oro, de modo similar a lo que había hecho Moisés en el desierto (Núm. 21:9); pero una vez que la ayuda surtió efecto, restauró a la criatura a su estado normal para que el favor divino no diera ocasión a la codicia. Un día, mientras se dirigía apresurada-mente a liberar a un hombre condenado a muerte, encontró el camino bloqueado con un torrente infranqueable, entonces le ordenó al agua que se detuviera, cruzando así por el lecho seco del río. 

Espiridón tenía poder sobre la muerte, porque vivió en Cristo mediante las santas virtudes, y Cristo actuó en él a través del Espíritu Santo. Cuando una pobre mujer bárbara puso suplicante a sus pies el cuerpo inerte de su hijo, él le devolvió la vida al niño. Ante la súbita muerte de su amada hija, rechazó todo pensamiento de consuelo humano para sí y no le pidió al Señor que la resucitara; pero, a causa de cierta mujer que le había con-fiado su fortuna a Irene para que se la guardase, el santo Obispo se paró ante su tumba para preguntarle a la muchacha muerta donde había guardado el dinero, y ella le res-pondió. 
Su virtud iluminaba los secretos de las conciencias con el resplandor del relámpago, inspirando a los pecadores a confesar sus malas acciones y a comenzar una vida de arrepentimiento. En cierta ocasión, el hombre de Dios lanzó una mirada de compasión sobre una mujer, quién –al igual que la penitente del Evangelio -cayó a sus pies y los bañó con sus lágrimas mientras confesaba sus pecados. Espiridón la ayudó a levantarse y le dijo: Tus pecados te son perdonados (Lc. 7:48), como si el Salvador mismo estuviera hablando a través de su boca. Entonces, diciéndole que se retirara en paz, él se llenó de alegría como el buen pastor que ha encontrado la oveja que estaba perdida, y llamó a sus amigos y vecinos, diciendo: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido (Lc. 15:6). 

San Espiridón conocía poco de la sabiduría de este mundo pero rico en los dones de profecía y de predecir el futuro. Profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, una vez avergonzó a un prelado vanidoso que quiso presumir de su elocuencia alterando ciertas palabras del Evangelio demasiado comunes para su gusto.
Cuando el piadosísimo Emperador Constantino el Grande convocó al Primer Concilio Ecuménico (325) para dar fin a la condenable herejía de Arrios, Espiridón también se en-caminó a Nicea, vestido como un simple pastor, para dar testimonio de la Verdad junto con los santos obispos y confesores y los más ilustres personajes de la época. Durante una de las sesiones, un presumido filósofo arriano desafió a los Ortodoxos a un debate sobre la Santa Trinidad. El humilde pastor de Chipre avanzó entonces y, ante el asombro de todos, demolió los engañosos argumentos de su antagonista y las sutilezas lógicas con la simplicidad y autoridad de sus palabras inspiradas por el Espíritu Santo. No pudiendo refutar su respuesta, el filósofo admitió que lo había convencido; abrazó entonces la fe Ortodoxa con sinceridad, invitando a su vez a los demás seguidores de Arrios a abandonar las engañosas sendas de la sabiduría humana para encontrar en la Iglesia las fuentes de Agua Viva y el poder del Espíritu. 

Después de la muerte de San Constantino, su hijo Constancio, que heredó la parte Oriental del Imperio, mostró cierta inclinación hacia el arrianismo. Cayó enfermo mientras residía en Antioquía, y a pesar de los esfuerzos de sus médicos, su vida se extinguía; pero entonces tuvo una visión en la que San Espiridón era convocado al palacio. Apenas éste llegó al lado de la cama del Emperador en compañía con su discípulo San Trifilio (12 junio), lo curó de su enfermedad carnal, y le hizo prometer que cuidaría la salud de su alma mediante la fidelidad a la enseñanza Ortodoxa y la misericordia hacia sus súbditos. Regresó a Chipre cargado con oro y riquezas de todo tipo, las que pronto distribuyó. 

Estando ya por encima de las cosas mundanas, y con su mirada puesta en los Bienes Venideros, San Espiridón celebraba la Divina Liturgia y los oficios de la Iglesia como si ya estuviese ante el trono de Dios en compañía de los Ángeles y los Santos. Un día, mientras celebraba en una remota y poco frecuentada Iglesia, se volvió hacia la invisible congregación y dijo: ¡Paz a todos! y sus discípulos oyeron la respuesta, y con tu espíritu, de parte de una multitud de Ángeles que procedieron a acompañar la Divina Liturgia con sus melodías celestiales. 

Al final de una larga vida vivida con la inefable compañía del Espíritu Santo, San Espiridón entregó su alma en paz a Dios el 12 de diciembre de 348, a la edad de setenta y ocho años, animando por última vez a los que lo rodeaban a seguir a Cristo cargando sobre sí su yugo que es suave y liviano (cf. Mt. 11: 29-30). 

Su santo cuerpo se convirtió en una inagotable fuente de milagros y curaciones para los creyentes de Chipre hasta el siglo VII, cuando fue trasladado a Constantinopla para salvaguardarlo de la invasión árabe, descansando en la Catedral de Santa Sofía. Después que la ciudad cayó en poder de los turcos, sus preciosas reliquias fueron traslada-das secretamente a Corfú (1456), donde permanecen desde entonces, milagrosamente incorruptas. Numerosos milagros se han realizado a través suyo tanto para personas particulares como para toda la población, liberándolos de la epidemia del cólera y de la invasión extranjera, por lo que San Espiridón es considerado el principal protector de Corfú.