Nuestro Padre entre los Santos Ambrosio, Obispo de Milán

San Ambrosio, obispo de Milán, nació en el año 340 en el seno de la familia de un Prefecto romano de Galia (lo que ahora conocemos como Francia). Se dice que aún en su infancia se presentía el gran futuro que tendría este niño. Una vez, unas abejas cubrieron su rostro entrando y saliendo de su boca y dejando miel en su lengua. Después de eso se alejaron y sus padres, que habían visto esto supieron desde ese momento que Ambrosio sería grande cuando creciera.

Después de la muerte de su padre, Ambrosio viajó a Roma donde el futuro santo y su hermano recibieron una excelente educación. Cerca del año 370, a punto de terminar sus estudios, Ambrosio fue puesto como gobernador (un prefecto) de los distritos de Liguria y Emilia mientras continuaba viviendo en Mediolanum (ahora Milán).

En el año 374 Auxentius, el obispo Arriano de Mediolanum, falleció. Esto llevó a complicaciones entre los ortodoxos y los arrianos, debido a que cada sector quería tener su propio obispo. Ambrosio, como el encargado de la ciudad, fue a la Iglesia para resolver esta disputa.

Mientras hablaba a la multitud, un niño gritó: “Que Ambrosio sea Obispo”. La gente comenzó a unirse a este grito. Ambrosio, quien hasta ese momento era un catecúmeno, se consideraba indigno de recibir tal posición y por eso trató de rechazarla para lo cual se alejó de la ciudad. El tema fue finalmente ante el Emperador Valentiniano (364-375) cuyas órdenes Ambrosio no pudo desobedecer. Ambrosio aceptó recibir el bautismo de parte de un sacerdote ortodoxo y pasando por todos los rangos eclesiásticos en siete días, el 7 de diciembre de 374 fue consagrado obispo de Mediolanum. Entregó todas sus posesiones, dinero y propiedades para utilizar su dinero en el embellecimiento de las iglesias, la creación de orfanatos y lugares para atender a los pobres y dedicó su vida a un estricto régimen ascético.

Ambrosio es el hombr que combinó un estricto auto control, una intensa vigilancia y trabajó incansablemente para cumplir sus obligaciones de obispo. San Ambrosio defendió siempre la unidad de la Iglesia y con energía se opuso al crecimiento de las herejías. En 379 viajó para establecer un obispo en Sirmium y en 385 rechazó enérgicamente entregar la Basílica de Mediolanum a los arrianos.

La predicación de San Ambrosio en defensa de la ortodoxía fue determinante. Uno de los padres de la igl4esia occidental como fue San Agustín (conmemorado en nuestra iglesia el 15 de junio), atestiguó esto, habiendo aceptado el bautismo en 387 por la gracia de la predicación del Obispo de Mediolanum.

La fama del Obispo Ambrosio y sus acciones le trajeron seguidores de todas partes del mundo. Desde la lejana Persia hombres bien formados llegaban a Milan a hacerle preguntas y recibir su sabiduría. Fritigelda, reina de la tribu germánica de Marcomanni quien siempre atacaba la ciudad de Mediolanum le pidió al santo que la instruyera en la fe cristiana. El santo en sus cartas le recomendaba una y otra vez la persuadía a conservar siempre los dogmas de la Iglesia. Cuando ella confesó su fe convenció a su marido a firmar un tratado de paz con el imperio romano.

San Ambrosio combinó su estricta personalidad con una gran bondad. Dios le había concedido el don de la curación y por eso son muchos los enfermos que se recuperaron por sus oraciones. Una vez en Florencia, estando en la casa de Decentes, resucitó un niño que había fallecido.

La partida de San Ambrosio al regazo del Señor en la noche de Pascua fue acompañada por numerosos milagros. El santo apareció en una visión a unos niños que eran bautizados esa misma noche. San Ambrosio fue enterrado en la basílica de Mediolanum, detrás del Altar, entre los restos de los mártires Protasios y Gervasios (recordados el 14 de octubre).

Como un celoso predicador y un valiente defensor de la fe cristiana, San Ambrosio fue reconocido como un gran escritor cristiano. En sus escritos dogmáticos estableció la enseñanza ortodoxa sobre la Santa Trinidad, los Sacramentos y el arrepentimiento: “Los cinco libros sobre la fe” (De Fide); “La explicación del Símbolo de la Fe” (Explanatio Symboli); “Sobre la Encarnación” (De Incarnationis); “Tres libros sobre el Espíritu Santo” (De Spiritu Sancto); “Sobre los Sacramentos” (De Sacramento); “Los dos libros sobre el arrepentimiento” (De Paenitentia). Escribiendo sobre moral cristiana, explicó la excelencia de la enseñanza de la moral cristiana comparada con la moral pagana.

Una de las obras más conocidas de San Ambrosio es su “Sobre los deberes de los Clérigos” (De Officiis Ministrorum) evidencia su profunda dedicación a los deberes pastorales. En su ministerio  repitió una y otra vez que aquellos que sirven en la iglesia deben no solo conocer los oficios religiosos, sino también tener un conocimiento acabado sobre los preceptos morales.

Recordamos a San Ambrosio como un reformador en la música de la Iglesia. Él fue quien introdujo los cantos antifonales en los servicios occidentales, que se llegaron a  conocer como “los cantos ambrosianos”. También fue él quien compuso doce himnos que fueron usados durante su vida. El himno, “Te alabamos oh Dios” (Te Deum), atribuido a San Ambrosio, ingresó a los oficios litúrgicos de la Iglesia Ortodoxa.