Megalomártir Santa Catalina la sabia

La gran mártir Santa Catalina era la única hija de Constus, el gobernador de Alejandría, Egipto, durante el reinado del emperador Maximiano (305-313). Por vivir en esta capital, centro del conocimiento helenístico, y poseyendo una gran belleza e inteligencia, Catalina recibió una excelente educación, estudiando las obras de los más grandes filósofos y maestros de la antigüedad. Los jóvenes de las familias más dignas del imperio pidieron la mano de la bella Catalina, pero ella no estaba interesada en ninguno de ellos. Así le dijo a sus padres que no iba a contraer matrimonio con nadie que no fuera de su misma nobleza o más grande.

La madre de Catalina, una cristiana en secreto, la envió a conversar con su propio padre espiritual, un anciano que vivía en una cueva en las afueras de la ciudad, para pedirle consejo sobre este asunto. Después de escuchar a Catalina, el anciano le dijo a la joven que había un hombre que la superaba en todo: “Su rostro es más radiante que el sol, y toda la creación se rige por su sabiduría. Sus riquezas se dan a todos, pero nunca disminuyen. Su compasión es inigualable”.

Esta descripción del Esposo Celestial produjo en el alma de la joven santa un ardiente deseo de conocerlo. “Si haces lo que te digo”, dijo el monje, “verás el rostro de este hombre ilustre”. El anciano entregó a Catalina un icono de la Virgen con el Divino Niño Jesús en sus brazos y le dijo que orara con fe a la Reina del Cielo, la Madre del Novio Celestial y Ella oiría a Catalina y concedería el deseo de su corazón.

Catalina oró toda la noche y pudo ver a la Santísima Virgen quien le pidió que abandonara su impiedad y se convirtiera a Cristo.

Catalina regresó de nuevo al anciano profundamente triste, y le dijo lo que había visto en el sueño. El anciano la recibió con cariño, la instruyó en la fe de Cristo, la amonestó para preservar su pureza e integridad, y le enseñó a orar sin cesar. Luego recibió el Misterio del santo bautismo. Una vez más Santa Catalina tuvo una visión de la Santísima Madre de Dios con su hijo. El Señor, en sueños, la miró con ternura y le dio un hermoso anillo, una muestra maravillosa de su compromiso con el Esposo Celestial.

En ese momento el emperador Maximiano estaba en Alejandría durante una fiesta pagana. Por lo tanto, la celebración fue especialmente espléndida y llena de gente. Los gritos de los animales para el sacrificio, el humo y el olor de los sacrificios, las interminables llamas de los incendios, y las multitudes bulliciosas en las plazas de toros profanaban la ciudad de Alejandría. Las víctimas humanas también fueron llevadas a la fiesta, los confesores de Cristo, los que no le negarían bajo tortura. Muchos fueron condenados a la hoguera. El amor de Catalina por los mártires cristianos y su ferviente deseo de aliviar sus sufrimientos hizo que hablara con el sacerdote pagano y con el emperador Maximiano.

Al presentarse a sí misma, Catalina confesó su fe en el Dios único y verdadero y con sabiduría expuso los errores de los paganos. La belleza de la joven cautivó al emperador. Con el fin de convencerla y mostrar la superioridad de la sabiduría pagana, el emperador ordenó cincuenta de los filósofos más eruditos del Imperio que discutieran con ella, pero la santa superaba a todos. Maximiano, con la esperanza de convencer a la santa, trató de seducirla con promesas de riquezas y fama. Pero al recibir un rechazo airado, el emperador dio órdenes para someter a Catalina a torturas terribles y luego arrojarla en la cárcel. La emperatriz Augusta, que había oído hablar mucho sobre la santa, quiso verla. Convenció a los comandantes militares de Porfirio que la acompañaran a la prisión con un destacamento de soldados. Allí la emperatriz quedó impresionada por el fuerte espíritu de Santa Catalina, cuyo rostro brillaba con la gracia divina. La santa mártir les explicó la fe cristiana y ellos se convirtieron a Cristo.

Al día siguiente, trajeron de nuevo a la mártir a la sentencia judicial donde, bajo la amenaza de ser pasada en la rueda, instaron a que renunciase a la fe cristiana y ofreciera sacrificios a los dioses. Catalina firmemente confesó a Cristo y sola se acercó a las ruedas, pero un ángel rompió los instrumentos de ejecución.

Después de haber visto esta maravilla, la Emperatriz Augusta y el cortesano imperial Porfirio junto con 200 soldados confesaron su fe en Cristo delante de todos, y fueron decapitados. Maximiano intentó de nuevo atraer a la santa mártir, proponiéndole matrimonio, y de nuevo fue rechazado. Santa Catalina confesó su firme fidelidad al Esposo celestial, y con una oración a Dios apoyó la cabeza en el bloque bajo la espada del verdugo.

Las reliquias de Santa Catalina fueron tomadas por los ángeles al monte Sinaí. En el siglo sexto, su venerable cabeza y su mano izquierda fueron encontradas a través de una revelación y trasladadas con todos los honores al monasterio del Sinaí, construido por el emperador Justiniano.

Santa Catalina es invocada durante un parto difícil. Los peregrinos a su monasterio en el Monte Sinaí reciben anillos de souvenirs como recuerdo de la visita.