Megalomártir Bárbara

Santa Bárbara, la gran mártir, vivió y sufrió durante el reinado del Emperador Maximiano (305-311). Su padre, el pagano Dióscoro, era un rico y famoso hombre de Siria que vivía en la capital, en Heliópolis. Después de la muerte de su esposa, dedicó su vida a su única hija.

Viendo la extraordinaria belleza de Bárbara, Dióscoro decidió esconderla de los ojos de los extraños. Así fue como construyó una torre para Bárbara donde solo sus maestros paganos podían verla. Desde la torre ella veía los valles que rodeaban la zona. Durante el día podía ver los bosques, los ríos y los jardines, durante la noche el armonioso y majestuoso cielo que traía un increíble espectáculo de belleza y de majestuosidad. Fue pronto cuando la joven comenzó a preguntarse por la primera causa y creador de tan armonioso y espléndido mundo.

Gradualmente, se convenció de que los ídolos de su época eran solamente el trabajo de manos humanas, pese a que su padre y sus maestros los adoraban. Sin embargo llegó a la convicción que los ídolos no podían haber creado el mundo que la rodeaba. El deseo de conocer a Dios consumió tanto su alma que Bárbara decidió dedicar su vida a esta meta, entregando su vida en virginidad.

La fama de su belleza se dispersó por toda la ciudad, y muchos pedían su mano. Pero pese a las súplicas de su padre, rechazó a todos aquellos. Bárbara avisó a su padre que su persistencia podía terminar trágicamente y separarlos por siempre. Dióscoro pensó, que el temperamento de su hija había sido afectado por la vida de encierro que llevaba. Fue entonces que permitió que saliera de la torre y decidió darle total libertad en su elección de amigos y conocidos. Así fue como Bárbara encontró a los cristianos en la ciudad, quienes le enseñaron sobre el creador del mundo, la Trinidad y el Divino Logos. Por la Providencia divina un sacerdote llegó a la ciudad desde Alejandría diciendo que era solo un mercader. Habiendo instruido a Bárbara en los misterios de la fe cristiana bautizó a Bárbara y regresó a su ciudad.

Durante este tiempo un lujoso baño era construido en la casa de su padre. Por sus órdenes los trabajadores prepararon la construcción para poner dos ventanas en el lado sur. Bárbara, sin embargo, aprovechando la ausencia de su padre, ordenó que construyeran una tercer ventana, formando así la luz de la Santa Trinidad. En una de las paredes de este baño, Bárbara trazó una cruz con su dedo. La Cruz pareció incrustarse en el mármol como si hubiera sido hecha por un instrumento de hierro caliente. Poco después, sus pies quedaron impresos sobre las piedras de la escalera de esta casa baño. El agua allí puesta tenía poderes milagrosos. San Simeón el traductor (9 de Noviembre) comparó esto con las aguas del Jordán y la piscina de Siloé, porque el poder de Dios producía milagros allí.

Cuando Dióscoro regresó a su hogar y expresó su enojo por los cambios en la construcción, su hija le dijo de cómo había conocido al verdadero Dios, los poderes del Hijo de Dios y sobre lo inefectivo de servir a los ídolos. Dióscoro se enfureció, sacó su espada y estuvo a punto de matarla. La santa virgen escapó de su padre y él la siguió persiguiéndola. Su camino de escape se cortó ante la presencia de una montaña. Al estar en frente de ella, la montaña se abrió y Santa Bárbara pudo pasar. Así, ella se quedó en el otro lado de la montaña escondida en una cueva.

Luego de una larga búsqueda sin sentido, Dióscoro vio a dos pastores cerca de la montaña donde Bárbara se refugiaba. Uno de ellos le mostró el lugar donde la Santa se escondía. Su padre la golpeó con vehemencia y la llevó de vuelta al palacio donde fue puesta bajo guardia y dejándola sin comer por largo tiempo. Al poco tiempo la entregó a un soldado de la ciudad llamado Martiano. El y sus ayudantes golpearon a Bárbara gravemente. Durante la noche Santa Bárbara pidió fervientemente al Novio Celestial y su Salvador apareció y curó sus heridas. Al otro día los tormentos fueron todavía peores.

En el lugar donde Santa Bárbara era torturada también se encontraba otra mujer cristiana, Juliana, habitante de Heliópolis. Su corazón se llenó de simpatía por el martirio voluntario de esta bella e ilustre joven. Juliana entonces denunció las torturas que sufría Bárbara a los gritos pese a saber que eso la llevaría también a ella al martirio. Así fue como la atraparon.

Ambas mártires fueron torturadas por largo tiempo. Sus cuerpos estaban llenos de llagas y heridas y así fueron conducidas a caminar desnudas por medio de la ciudad. El Señor, entonces envió a su ángel que cubrió la desnudez de ambas y las vistió con una espléndida capa. Por último ambas fueron decapitadas. Dióscoro ejecutó a su hija y la ira de Dios no fue menos para con sus torturadores, Martiano y Dióscoro. Fallecieron después de ser rodeados por un gran resplandor de luz.

En el siglo VI las reliquias de la gran Mártir Bárbara fueron llevadas a Constantinopla. Seis siglos después a Kiev por Bárbara, la hija del emperador bizantino Comnenos quien contrajo matrimonio con el príncipe Miguel Izyaslavich. El día de hoy reposan en la Catedral de San Vladimir de Kiev donde un oficio especial es recitado cada martes.

Muchos piadosos cristianos ortodoxos tienen el habito de cantar el Tropario de Santa Bárbara cada día, recordando la promesa que el Salvador le hizo a Santa Bárbara de que aquellos que la recordaran serían preservados de la muerte fortuita y no se irían de este mundo sin antes haber recibido el Santo sacramento de la Eucaristía.