Los Cuarenta Santos y Gloriosos Mártires de Sebastea, Armenia

Los 40 santos mártires sufrieron en Sebastea, al sur de Armenia, bajo el mando del Emperador Licinius en el año 320. Venidos de distintos lugares, pero unidos en la misma tropa y en la flor de la edad, los jóvenes eran conocidos por su espíritu de esfuerzo y de servicio. San Gregorio de Niza y San Procopio dicen que pertenecían a la Legión del Trueno, famosa bajo el mando de Marco Aurelio por la milagrosa victoria obtenida bajo la lluvia. Pertenecían a la Duodécima Legión establecida en Armenia.

Lysias fue un duque, o tal vez un general, y Agrícola el gobernador de la provincia. Este último comunicó a la armada la orden emitida por el Emperador Licinius que todos los soldados debían ofrecer sacrificios a los dioses paganos. Los cuarenta jóvenes se presentaron ante él diciendo que eran cristianos y que no había tormentos que les hiciera cambiar su fe. El juez primeramente quiso ganarlos utilizando artimañas, hablando sobre el deshonor que sufrirían por negarse a cumplir una orden imperial. Luego les hizo promesas que recibirían preferencias y grandes favores con el Imperio si cumplían lo ordenado. Pero dándose cuenta que dichos métodos no tenían efecto, decidió amenazarlos con terribles torturas. A esto, ellos solo respondieron que nada era peor que quedar privados de la fe en Jesucristo y que en definitiva todas esas torturas afectarían sus cuerpos pero nunca sus almas. Cuando el Gobernador supo tal respuesta, ordenó que fueran azotados y encadenados en la cárcel.

Unos días después, Lysias, el general, habiendo llegado de Cesarea a Sebastea, decidió reexaminarlos. Nuevamente los cuarenta jóvenes rechazaron las nuevas promesas. Tal ofensa, especialmente el coraje de los jóvenes sumados a su libertad de hablar sobre la fe, produjo en el Gobernador el gran deseo de que el martirio que soportaran fuera lento y doloroso para quebrar tal constancia. El frío en Armenia es muy duro, especialmente en Marzo, llegando a los últimos días del invierno en el que el viento procede del norte. Entonces sucedió que el lago que se encontraba alrededor de la ciudad se congeló de tal manera que podía soportar gente caminando sobre él. El juez ordenó que los santos fueran expuestos desnudos sobre el hielo y para tentarlos a renunciar a la fe les prometió que un baño de agua caliente estaba listo para cada uno de los que renegaran de la fe en Cristo. Los cuarenta mártires corrieron con alegría al frío del río diciéndose el uno al otro que una noche de frío les concedería una eternidad de alegrías. Pero antes hicieron esta oración todos juntos: “Señor, somos cuarenta quienes nos encontramos en este combate; concede que recibamos cuarenta coronas”. Los guardias al mismo tiempo solo gritaban a los mártires que renunciaran a la fe y que se apresuraran a tomar el baño de agua caliente que los aguardaba. Y pese a que no podemos formarnos una justa idea de lo dura que pudo haber sido la prueba por la que pasaron, uno de ellos cayó en la trampa y perdiendo el coraje se acercó a los guardias dispuesto a ofrecer sacrificios a los ídolos y renunciar a la fe. Nunca llegó al baño de agua caliente. Murió allí mismo.

Los jóvenes vieron que ya no eran cuarenta y que este número tan significativo para la fe cristiana pasaba a ser de treinta y nueve. Pero milagrosamente el número volvió a ser el anterior. Un guardia que se encontraba cerca del agua caliente para los jóvenes que renunciaran a la fe, y que tenía como función observar si alguno de los jóvenes decidía abandonar al grupo, tuvo una visión: pudo ver que espíritus benditos descendían del cielo sobre los mártires y que les distribuían presentes y vestidos preciosos. San Efrén agrega el termino “coronas” para estos grandes soldados de Cristo. Pero uno de los espíritus se quedaba con todo eso en sus manos: la corona de la victoria y los vestidos reales, debido al compañero que los había abandonado. El guardia, atónito con la visión celestial y la deserción del apóstata, se convirtió a Cristo; y por una particular moción del Espíritu Santo tiró sus ropas y tomó el lugar junto a los treinta y nueve mártires. San Efrén dice “nadie conoce los impenetrables secretos de Dios pero sucedió lo mismo que cuando Judas traicionó y Matías fue elegido para tomar su lugar”.

La mañana siguiente el juez ordenó que tanto aquellos que estuvieran muertos por el frío como los que todavía estaban vivos fueran puestos sobre carruajes y arrojados al fuego. Cuando casi todos habían sido puestos sobre el carruaje, sucedió que el menor de ellos (a quien las actas llaman Melitón) se encontraba vivo, y los verdugos pensaron que cambaría de opinión por lo que lo dejaron en el hielo. Su madre, una mujer viuda y pobre, pero rica en fe, y orgullosa de tener un hijo mártir, reprochó a los verdugos tal falsa actitud de compasión, y llegando a donde estaba su hijo, lo exhortó a perseverar hasta el final. Fortalecida por el Espíritu Santo, lo tomó en sus brazos y lo puso sobre el carruaje que llevaba al resto de los mártires. Con coraje le dijo: “ve hijo, procede hasta el fin de este alegre viaje con tus compañeros, se también uno de los que se presentan ante el Rostro Divino”. Los cuerpos de los cuarenta mártires fueron quemados y cuando los verdugos se disponían a tirar sus cenizas al río, los cristianos de la ciudad, secretamente las consiguieron pagando un alto precio.

Algunas de estas preciosas reliquias se conservaron en Cesarea.

San Basilio dice de ellas: “Como una fortaleza, ellos son nuestra protección contra nuestros enemigos”.

Basilio y Emilia, los padres de San Basilio el Grande, San Gregorio de Niza, San Pedro de Sebastia y Santa Macrina consiguieron una gran parte de dichas reliquias.

Santa Emilia colocó parte de ellas en la Iglesia que hizo construir cerca de Anesis, la villa donde ella residía. La solemnidad con la que fueron recibidas fue extraordinaria y los fieles fueron bendecidos con distintos milagros, como San Gregorio nos lo relata. Uno de los milagros fue la cura de un soldado agonizante, esto nos lo relata San Gregorio como también la tradición allí contada. Este soldado nos dice: “enterré a mis padres cerca de las reliquias de estos mártires para que en el día de la resurrección ellos puedan resucitar con el mismo coraje por la fe que los cuarenta tuvieron”.

San Gaudentio, Obispo de Brescia, escribe en su sermón sobre estos mártires: “Dios me dio una parte de estas venerables reliquias y me concedió el honor de fundar una Iglesia en su honor”. El dice que las dos sobrinas de San Basilio, ambas abadesas, se las habían entregado a él el día que paso por Cesarea. Porciones también de estas reliquias fueron llevadas a Constantinopla, lo sabemos por los testimonios de San Sosomen y San Procopios, quienes recuerdan la gran veneración que tenían.

Pese a que no todos hemos sido llamados al martirio, todos luchamos diariamente por nuestra fe. Por medio de las victorias sobre nuestras pasiones, sobre nuestros enemigos espirituales, por medio del ejercicio de la paciencia, de la humildad, de la pureza, y de todas las virtudes conseguiremos las coronas de la bendición.

Parte de estas reliquias se encuentran en la Capilla San Jorge en Villa Mariano Moreno, Tucumán.